Diario de trabajo, 21 de Sep., 20.45 Hs.
“Lo que es cierto es que yo no soy marxista”(Marx)… como tampoco Freud fue freudiano, ni Lacan , lacaniano . Por suerte, en su testamento, ninguno de ellos designó custodios, exégetas acólitos, o pontífices, que protegieran la obra de alguna mancha o herejía; toda esa runfla de parásitos y mercenarios que crecen en las universidades y viven gracias a la invención de alguna especie de fundamentalismo teórico y por el cual obtienen recompensas de todo tipo, desde las que otorgan los reflectores hasta las monetarias.
La voluntad del filósofo de fabricar un búnker para resguardar la propia obra de los avatares de la guerra, lo dice todo de el impostado pensador de la Selva Negra; ese filósofo para señoras encopetadas, según Benhard: Heidegger fue el primer heideggeriano.
Hoy, cualquier folletinero se convierte, en automático, en publicista de sí mismo, y la institución literaria – el Parnaso – en agencia de colocación de genios y meritócratas de dudosa reputación.
Como alguna vez lo dijo David Huerta, cada vez hay más premios, más becas y menos poetas . También , podemos decir, cada vez hay más comentaristas y menos obras y, en último caso, las obras se convierten cada vez más en comentarios a comentarios de los comentarios. Los títulos se otorgan de acuerdo al número de citas de cada tesis e, incluso, las instituciones educativas tienen ya normado el número de las mismas para la obtención de un grado; número abajo del cual el aspirante a ese grado no solo es rechazado del cónclave universitario sino, también, estigmatizado como hereje . Yo mismo, después de revisar páginas enteras de bibliografía en sendas investigaciones he tenido el atrevimiento de preguntar a sus autores un escueto “ ¿ y usted qué opina?”, provocando un terrible malestar tanto en el presentador del trabajo como en el muy honorable jurado que lo acompaña, empeñado en demostrarle al incauto público que, si a esas vamos, nadie posee un mayor número de citas que sus integrantes, ni ego tan grande. La hiperregulacion que sufre la vida académica, en lugar de debilitar la tesis de los aparatos ideológicos del estado, la hace más fuerte, aunque bien sabemos después de Foucault, que esos aparatos no se concentran exclusivamente en el estado, pero sí en las instituciones de saber. La. sobreproducción de posgrados, en lugar de elevar la calidad educativa, la abarata, hasta funcionar solo como una forma de inserción en la cadena burocratica, con sus consabidas jerarquías de poder.
El ejemplo más claro es el de la propia BUAP, cuya parte importante de su burocracia ostenta, de la noche a la mañana – y mediante algún extraño artificio- el grado de doctor, obtenido en funciones, y sin haber abandonado nunca su condición de analfabetas funcionales. La institución universitaria se ha convertido en el panóptico de nuestra vida hoy. El gesto de Benjamin al presentar su tesis de “habilitación “ exigiría, en estos días unos años de cárcel, o el exilio como lo aplicaban griegos y romanos. Solo hay que ver el daño ecológico que significa la acumulación de libros en las bodegas universitarias, cuya existencia se justifica por la obtención de un puntaje, y su caducidad, al semestre en que ese puntaje es válido- un negocio redondo para todos.
No hay duda que la industria cultural ha suplido a la producción de bienes tradicionales con daños igualmente irreversibles a la humanidad. Sufrimos la peor de las contaminaciones : la de la sobreproducción simbólica; los ejércitos de trabajadores y desempleados, con la característica de su lumpenización, se han desplazado de las fabricas a las redes y a las escuelas. Y la contaminación aumentará, exponencialmente, en función de la IA. Pensar parece hoy una tarea superada y, posiblemente, en ello descanse el “ fin de la historia” o, por lo menos, el orden que conocimos como humano. Juan Carlos Canales













