La paradoja es ser incognoscible por la evidencia de su fulgor…
Oscar del Barco
1.
El origen2 del hombre3 es la cuestión central de la investigación paleoantropológica, pero los fundamentos teóricos que la guían y el registro fósil de sus hallazgos no se han discutido desde las perspectivas de otras disciplinas. En gran parte, esto se debe a que la paleoantropología es una suerte de resumen de investigaciones y técnicas de múltiples disciplinas científicas afines, y en la que los especímenes fósiles, al clasificarlos y fecharlos, requieren la participación de geólogos, anatomistas, genetistas, biólogos, primatólogos y otros. Es una disciplina que, además, abarca un tiempo arcaico casi imposible de concebir: estimado en unos 70 millones de años, correspondientes al tiempo aproximado de la presencia de primates en el planeta.
Contribuye a ello también el hecho de que el sistema clasificatorio al que recurren los paleoantropólogos4 ha sido por largo tiempo solo una herramienta para organizar fenómenos morfológicos y funcionales que solo idealmente sirven como criterios para agrupar fósiles en una u otra categoría taxonómica.5 Toda clasificación de fósiles homínidos resulta provisional y también un “caos de nomenclaturas antropológicas”,6 incluso para quienes se entrenan en esta especialidad. La clasificación del nombrado “hombre de Java” descubierto por Eugene Dubois en 1891 y fechado en el temprano Pleistoceno (2 a 3 millones de años)7 da cuenta de ello: clasificado originalmente como Pithecanthropus erectus y del género en transición entre mono y hombre; treinta años después otro paleoantropólogo, Henry Fairfield Osborn, lo reclasificó como Paleoanthropus trinilensis. A mediados de 1930, a partir de nuevos ejemplares fósiles, von Koeningswald lo devuelve al género Homo y especie erectus, adjudicándole dos variedades o subespecies con los nombres pekinensis y mauritanicus.
Hasta el presente, la clasificación taxonómica fósil sigue siendo contenciosa, abundante y discrepante, y se requiere necesariamente el nombre del paleoantropólogo que llevó a cabo el rescate –y la argumentación de su equipo– para sostener o descartar la clasificación adoptada. Además, hasta hace unos quince años, el registro fósil se basó preferentemente en la morfología ósea del espécimen recuperado, infiriendo su posicionamiento en estratos geológicos y geográficos. Las fechas de las principales capas de la tierra, sin embargo, son también aproximativas: ninguna excavación que produzca fósiles contiene todas las secuencias estratificadas completas de todos los principales periodos geológicos del planeta. Así, las distintas periodizaciones asociadas a fósiles necesariamente divergen en distintas geografías. Las secuencias de bloques de tiempos geológicos (llamados eras) se calculan sobre un consenso previo que abarca periodos de millones de años8 y tiene que considerar fluctuaciones en movimientos telúricos, asentamientos e interferencia de fauna, entre otros factores. Por si eso no fuera suficiente para marear incluso al estudiante de paleoantropología, las técnicas para fechar y asociar geografía y fósiles solo entregan fechamientos aproximativos y relativos.9 El recurso técnico del radiocarbono o carbono-14, el más utilizado, complementado con técnicas estadísticas (teorema de Bayes, entre otras) al analizar fósiles da fechas aproximativas que solo abarcan hasta 50,000 años de antigüedad.10 En la última década, el registro fósil, tradicionalmente más o menos consensuado, se discute modificado esencialmente por la introducción de técnicas químicas y el análisis genómico de investigadores del Max-Planck-Institut für Evolutionsbiologie en Leipzig, entre otros. El escenario evolutivo de los primates, específicamente del Homo sapiens actual, se muestra radicalmente distinto del que estudiamos los antropólogos en el siglo XX.
A mayor antigüedad,11 ciertamente se vuelve más contenciosa la clasificación y el fechamiento del registro fósil orgánico e inorgánico, independientemente de las técnicas a las que se recurra.
El descubrimiento de fósiles en este vasto planeta –considerando que a veces son fortuitos y resultado de excavaciones aleatorias realizadas por personas no entrenadas en paleoantropología– enterrados en hondas secuencias geológicas o en cuevas, es aún insuficiente para comprender inequívocamente lo que narra el registro fósil sobre la evolución de los primates. El misterio de la vida animal (o de la vida del sapiens) en el planeta sigue siendo una suerte de hiladas y provisionales conjeturas, porque cualquier propuesta sobre el origen, o el lugar que un espécimen ocupa en el registro fósil, solo se sustenta desde la hipótesis y la observación previa que la guía: el continuismo darwiniano, por decirlo así, que no puede comprobarse como enteramente coherente y consistente desde ese mismo postulado previo. Esos postulados en la investigación paleoantropológica que gobiernan el registro fósil no admiten, además, debates no científicos o debates desde un lenguaje no matemático ni cuantitativo. La validación de los postulados y hallazgos empíricos de la paleoantropología está comprometida y atravesada por algo ineludible: toda pregunta por el origen del hombre involucra mucho más que su evidencia fósil y los artefactos asociados. La vida animal no admite reducirse a su sola expresión física y química.
Y al mismo tiempo, las esenciales propuestas de la investigación científica sobre la vida animal, y en particular sobre los primates en la paleoantropología, resultan también ineludibles para la reflexión sobre cómo presencia la vida animal en el planeta. El registro fósil que la paleoantropología organiza, formula empíricamente y formaliza físicamente en teorías o contrateorías, refleja evidencias de una realidad, digamos, objetiva que no se puede obviar.12
Una contribución ineludible de la investigación paleoantropológica, por ejemplo, es la demostración, sustentada en evidencia empírica, de que Homo sapiens pertenece al orden de los primates y al reino animal. Homo sapiens (es decir, nuestra especie) está clasificado como un primate, y esa clasificación refleja un origen evolutivo compartido con los demás primates. Ello no implica la existencia de un único ancestro ni de un “eslabón perdido”, sino de una sucesión de poblaciones ancestrales y de múltiples formas transicionales a lo largo de una historia evolutiva que se remonta aproximadamente 70 millones de años.
La secuencia tardía del registro fósil del Homo sapiens, a pesar de ser una clasificación taxonómica que crea homogeneidades entre fósiles donde también persiste una radical heterogeneidad, esencialmente borra la distinción entre la vida del sapiens y la de otros especímenes del reino animal. Y así también borra supuestos valores jerárquicos entre animales, y entre estos y el sapiens. El registro fósil no comprueba un primate “superior” o de “mayor” o más “complejo” desarrollo entre primates, salvo desde un prejuicio antropocéntrico. El registro fósil demuestra solo jerarquías geocronológicas, sin “mejores” atributos de adaptación y evolución respecto a otros del reino animal. Cada animal presenta capacidades y cualidades propias, y todos tienen un tiempo de, digamos, caducidad; además de que comprenden una enorme multiplicidad y entrecruzamientos de formas vivientes y extintas. Solo con intención antropocéntrica el Homo sapiens sapiens, es decir nosotros, es valorado como un animal con una evolución “superior” dentro del reino animal.
Actualmente el registro fósil da cuenta (de manera provisional, porque los rescates aún son limitados) de nueve especies del género Homo contemporáneas con sapiens.14 En el caso de los fósiles rescatados de la Cueva del Ciervo Rojo en China, incluso se observa la presencia de Homo que compartieron tiempo y geografía con sapiens hasta hace aproximadamente 11,500 años, cuando la agricultura y la habitación sedentaria se registran en algunas geografías.
Ciertamente, entre las nueve especies del género Homo actualmente aceptadas en el registro fósil –y pueden recuperarse más–, sapiens sapiens es la última aún no extinta, aunque presencia un tiempo relativa y comparativamente corto: aproximadamente 300,000 años en su registro fósil. Es decir, de una múltiple presencia de homínidos del género Homo, estos se van reduciendo o extinguiendo en el tiempo hasta que actualmente solo existe viva una sola variedad: sapiens sapiens.
La recuperación de fósiles del sapiens arcaico lo muestra habituado a una dieta carnívora y –aunque no es el único animal que recurre a herramientas para procurarse alimento ni el único animal carnívoro– es también el primate que más recurre a instrumentos o herramientas que sirven y se usan como armas, incluso contra su propia especie: “especie invasora”, anotan algunos paleoantropólogos para describir la presencia del Homo sapiens en su tiempo evolutivo y en diversas geografías.15
El creciente desarrollo de técnicas para producir herramientas y armas asociado a los homínidos –en particular al sapiens tardío– es una buena pista para comprender su larga persistencia, pero una mala noticia, digamos, para las ballenas o los babuinos; incluso para otros homínidos y para la infinidad de animales que comparten con el sapiens el planeta Tierra.
2.
El registro paleoantropológico da cuenta de depósitos en el mismo tiempo geológico, en el Pleistoceno Temprano y Medio (hace 4 millones a 1 millón de años en algunas secuencias), de fósiles clasificados entre los homínidos más precoces: Australopithecus y Homo erectus.16 El primer descubrimiento corresponde a Raymond Dart y es de un cráneo con una antigüedad aproximada de dos millones de años que se conoció como “Niño de Taung”. Desde entonces, excavaciones en diversas regiones de África han rendido nuevos especímenes, retrotrayendo la aparición de fósiles con morfología compartida homínida a unos 3.5 millones de años de antigüedad. La discusión continúa y gira en torno a la extinción, a mediados del Pleistoceno, de variedades de australopiteco –el mono del sur –, si ello se relaciona con la presencia de Homo erectus, o si alguna variedad de australopiteco desembocó en la línea evolutiva de Homo sapiens.17
Al australopiteco, la paleoantropología lo describe antropocéntricamente como “antropoide prehumano” (una suerte de simio en transición hacia el Homo sapiens) mediante la clasificación de fósiles de más de 300 individuos recuperados en África e Indonesia. Se estima que perduró aproximadamente 900,000 años; es decir, tres veces más tiempo del que lleva en la Tierra el Homo sapiens. Algunas secuencias lo ubican desde finales del Plioceno al Pleistoceno Medio (5,500,000-700,000 a.C.) y describen al Australopithecus africanus, por sus características craneales y dentales, como un primate herbívoro erecto; Paranthropus robustus, por su parte, ha sido descrito como un carnívoro ocasional que hace un uso importante de herramientas creadas con huesos y piedras. La asociación entre su condición carnívora y el empleo de herramientas y armas es un factor considerado de evolución “superior” dentro del continuismo darwiniano y se vuelve un elemento taxonómico comparativo que ubica al sapiens, por esas mismas características, en un escalafón superior.18 Es decir, ese escalafón jerárquico que asocia la condición carnívora y el uso de herramientas y armas con el desarrollo de mayor capacidad y volumen cerebral es un factor central para clasificar al sapiens como el ejemplar más complejo y mejorado en la evolución animal.19
Es de considerar también que, en esa valoración evolutiva, jerárquica y antropocéntrica, las evidencias empíricas de diversidad dentro de la clasificación taxonómica homínida se pierden, por ejemplo, en relación con los homínidos australopitecos arcaicos y tempranos. Documentado empíricamente por el paleoantropólogo R.A. Dart desde sus excavaciones de fósiles en 1949 (Tang, Sudáfrica), se margina el dato de que el Australopithecus africanus, igual que el sapiens posterior, recurrió extensamente a la producción de herramientas para usos letales.20 El uso de herramientas, asociado al desarrollo cerebral, solo da cuenta de las técnicas a las que recurrieron tempranamente los homínidos para ampliar su presencia en universos geográficos dispares; valorado antropocéntricamente, sin embargo, se toma como factor evolutivo “superior”.
Raymond Dart y otros investigadores recuperaron evidencias materiales que llevaron a Dart a proponer que los australopitecos no eran solo “lanzadores”, sino también “apaleadores”: cazadores capaces de matar babuinos y otros animales mediante herramientas elaboradas con huesos, cuernos y, en particular, caderas de antílopes. Según esta interpretación, dichos instrumentos no solo se utilizaban para la caza, sino también para golpear a las presas hasta causarles la muerte. Con las propuestas de Dart se inició un debate que continúa hasta la actualidad: si los homínidos más antiguos dedicados a la caza y con una dieta parcialmente carnívora empleaban herramientas como armas de manera sistemática y qué papel desempeñó la violencia en la evolución humana.
Y más aún: si el registro fósil borra la distinción entre el hombre y el animal, el antropocentrismo se introduce en el registro fósil con las comparaciones físico-biológicas jerarquizadas de los rescates homínidos. La multiplicidad de formas de vida y perspectivas de aquellos especímenes clasificados y agrupados dentro de un solo género deja de lado la especificidad de cada espécimen fósil y la manera singular en que estuvo presente en el mundo. Y también el dato evidente más importante: por miles de años, la cohabitación en las mismas geografías implica aprendizajes y adopciones entre diversas formas de habitar: herramientas, armas y muestras de vida simbólica o social se copian y se contagian. Por eso mismo, el registro fósil no da cuenta de “revoluciones”, cambios rápidos asociados a la aparición, por ejemplo, de uno u otro homínido, sino más bien de adopciones y contactos graduales durante miles de años, copiando, imitando y a veces innovando desde la diversidad compartida en el reino animal. El factor demográfico, a su vez, contribuye a la hibridación de poblaciones que cohabitan. Tom Highman concluyó, por eso mismo, que aquel árbol con ramas de la evolución homínida del antiguo modelo evolucionista tiene que transformarse actualmente en un “ancho y trenzado río con tributarios que a menudo fluyen y descargan sus aguas entre ellos”.22













