El pasado 4 de octubre el papa Leon XIV publicó su primera Exhortación Apostólica con el nombre de Dilexi te (Te he amado), con el subtítulo de “Sobre el amor hacia los pobres”. En ella, ofrece algunas líneas claves de los temas que va a privilegiar en su cargo como sucesor de san Pedro, a sólo meses de haber asumido el liderazgo de la Iglesia católica.
En la introducción, León XIV cuenta que el papa Francisco trabajaba en esta exhortación, que por su muerte ya no pudo terminar, y que ahora concluye su redacción con algunos añadidos propios. Dice estar convencido “de que la opción preferencial por los pobres genera una renovación extraordinaria tanto en la Iglesia como en la sociedad, cuando somos capaces de liberarnos de la autorreferencialidad y conseguimos escuchar su grito”.
El grito de los pobres
Sostiene el papa que el grito de los pobres:
interpela constantemente nuestra vida, nuestras sociedades, los sistemas políticos y económicos, y especialmente a la Iglesia. En el rostro herido de los pobres encontramos impreso el sufrimiento de los inocentes y, por tanto, el mismo sufrimiento de Cristo. Al mismo tiempo, deberíamos hablar quizás más correctamente de los numerosos rostros de los pobres y de la pobreza, porque se trata de un fenómeno variado; en efecto, existen muchas formas de pobreza: aquella de los que no tienen medios de sustento material, la pobreza del que está marginado socialmente y no tienen instrumentos para dar voz a su dignidad y a sus capacidades, la pobreza moral y espiritual, la pobreza cultural, la del que se encuentra en una condición de debilidad o fragilidad personal o social, la pobreza del que no tiene derechos, ni espacio, ni libertad
La pobreza no surge por casualidad y hay hombres y mujeres que “trabajan desde la mañana hasta la noche” y no logran salir de la pobreza y “mejorar verdaderamente su vida. No podemos decir que la mayor parte de los pobres lo son porque no hayan obtenido ‘méritos’, según esa falsa visión de la meritocracia en la que parecería que sólo tienen méritos aquellos que han tenido éxito en la vida” y “no es posible olvidar a los pobres si no queremos salir fuera de la corriente viva de la Iglesia que brota del Evangelio y fecunda todo”.
Dios opta por los pobres
A partir de la realidad de un Jesús que nace en la pobreza, “se puede hablar también teológicamente de una opción preferencial de Dios por los pobres, una expresión nacida en el contexto del continente latinoamericano y en particular en la Asamblea de Puebla, pero que ha sido bien integrada en el magisterio de la Iglesia”, afirma el papa.
Y añade que esta “preferencia” no indica exclusividad o discriminación de los otros grupos, pero si quiere subrayar que el Dios de Jesús se compadece ante la pobreza y la debilidad de toda la humanidad, y la Iglesia, es ese horizonte, trabaja a favor de un reino de justicia, fraternidad y solidaridad. Por eso se preocupa y atiende de manera particular a aquellos que son discriminados socialmente.
Al inicio de su ministerio público, Jesús se presenta en la sinagoga de Nazaret leyendo el libro del profeta Isaías y aplicándose a sí mismo la palabra del profeta: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha consagrado por la unción. Él me envió a llevar la Buena Noticia a los pobres” (Lc 4,18). El papa, después de hacer un recorrido por el Nuevo y Antiguo Testamento donde subraya algunos textos donde se hace mención de los pobres, dice: “Muchas veces me pregunto por qué, aun cuando las Sagradas Escrituras son tan precisas a propósito de los pobres, muchos continúan pensando que pueden excluir a los pobres de sus atenciones”.
La primera comunidad cristiana
El papa afirma que en la primera comunidad cristiana el programa de caridad no derivaba de un análisis, sino del ejemplo de Jesús, de las mismas palabras del Evangelio. Se compartían los bienes y asistía a los pobres, y en el centro de la vida comunitaria estaba la caridad y ayuda a los más necesitados.
Así, “la vida de las primeras comunidades eclesiales, narrada en el canon bíblico y que ha llegado a nosotros como Palabra revelada, se nos ofrece como ejemplo a imitar y como testimonio de la fe que obra por medio de la caridad, y que continúa como exhortación permanente para las generaciones venideras. A lo largo de los siglos, estas páginas han interpelado los corazones de los cristianos a amar y a realizar obras de caridad, como semillas fecundas que no cesan de producir frutos”.
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