febrero 5, 2026, Puebla, México

febrero 5, 2026, Puebla, México

Ecocidio en Coatepec, Ver. ¿Quién merece ser salvado? / Jaime Eduardo Velasco Meunier

El dilema del bienestar animal en Coatepec o la incapacidad institucional de ver más allá del antropocentrismo



El 14 de enero del presente año una noticia recorrió el pueblo mágico de Coatepec, Veracruz y sus alrededores: el rescate de Warrior, un perro dóberman que vivía en condiciones de maltrato extremo. La respuesta institucional fue inmediata. En cuestión de horas, distintas áreas del Gobierno Municipal, junto con una organización protectora de animales y cuerpos de emergencia, activaron los protocolos para asegurar la integridad del animal. El alcalde declaró: Gracias a la intervención oportuna, este valiente canino tiene una segunda oportunidad de vida

Sin duda el mensaje que se quiso enviar a la comunidad fue contundente: ningún ser vivo merece vivir en condiciones de sufrimiento. Algo con lo que estoy de acuerdo por completo, de manera incuestionable. El rescate de Warrior era necesario y justo. La atención oportuna mostró que, cuando existe voluntad política y presión social, las instituciones pueden actuar con rapidez.

La pregunta no es si estuvo bien salvar a Warrior aunque se trate de un individuo, de una sola especie. La pregunta es por qué esa misma urgencia no se aplica cuando lo que está en riesgo son ecosistemas completos, territorios enteros y la vida de cientos de especies, animales y vegetales, que sostienen el equilibrio ecológico del municipio.

A pocos kilómetros del domicilio donde Warrior fue rescatado, en algunas comunidades de Coatepec, Veracruz, el bosque de niebla continúa siendo fragmentado por la tala, el cambio de uso de suelo y la expansión del monocultivo de papa. Ahí, las denuncias ciudadanas no reciben atención inmediata… ¡Vaya! ¡No reciben ningún tipo de atención! ¡Ni siquiera merecen una inspección de campo! La diferencia es evidente: mientras un caso individual (e indudablemente mediático) logra movilizar funcionarias y funcionarios públicos en tan solo un par de horas, la degradación ambiental del bosque de niebla ha continuado su avance durante años sin respuesta de ningún tipo.

No se trata de oponer o comparar unas vidas contra otras. Se trata de reconocer una asimetría institucional profunda. Voy a llamarle: “Un sesgo de preservación”.

El bosque de niebla no es un paisaje decorativo. Es uno de los ecosistemas más frágiles del planeta y uno de los más importantes para la regulación hídrica y climática de la región. Alberga una biodiversidad única y funciona como una esponja natural que capta humedad, alimenta manantiales y sostiene los ciclos del agua que abastecen a comunidades enteras.

Cuando ese bosque se fragmenta, no solo desaparecen árboles. Se rompe una red compleja de relaciones entre suelos, hongos, insectos, aves, mamíferos y plantas. Se altera el microclima. Se debilitan los acuíferos. Se pierde resiliencia frente al cambio climático.

En ese mismo territorio habitan especies endémicas cuya existencia depende exclusivamente de la conservación de su hábitat. Es flora y fauna que no puede ser trasladada a un refugio, ni rescatada con patrullas. Su supervivencia está ligada, de manera directa, a la permanencia del bosque.

Especialistas han insistido en ello durante años: la protección de la fauna silvestre no se logra retirando individuos, sino garantizando la integridad de los ecosistemas. Sin bosque no hay refugio posible.

Me viene a la mente un concepto incómodo pero necesario: el especismo. Esta forma de discriminación asigna valor a las vidas según su cercanía con lo humano. Los animales domésticos, visibles y emocionalmente próximos, despiertan empatía inmediata. La fauna silvestre, en cambio, suele quedar relegada a informes técnicos y estadísticas. Su sufrimiento es silencioso. Su desaparición no genera titulares.

El resultado es una política de hechos aislados. Se atienden casos que conmueven a la opinión pública, que dan “likes” mientras se normaliza la pérdida progresiva de territorios completos. Nuestra empatía está condicionada por lo que conocemos. Las mascotas son parte de nuestra comunidad social, lo que crea un mutualismo (nos vemos como iguales). Los animales silvestres, al estar fuera de nuestra vista, son vistos bajo una óptica de dominación o utilidad, a esto se le conoce como sesgo de preservación, como menciona la profesora Inmaculada Álvarez-Manzaneda […]Las especies más carismáticas y de un mayor tamaño suelen recibir una mayor atención y financiación para su conservación. Sin embargo, otras especies que no son consideradas igual de atractivas pero que se hallan en una situación más vulnerable, no reciben el apoyo que debieran. Debemos tener en cuenta que el valor de una especie no se debe a su apariencia, los hongos, anfibios o reptiles también tienen un papel fundamental en el funcionamiento de los ecosistemas y a menudo pasan desapercibidos.

Esto nos obliga a una reflexión colectiva (o debería)

La expansión del monocultivo de papa en zonas de alta pendiente implica remoción profunda de suelos, eliminación de cobertura vegetal y uso intensivo de agroquímicos. Investigadores, investigadoras, colectivas, colectivos, asociaciones civiles locales han documentado cómo estas prácticas aceleran la erosión, contaminan escurrimientos y afectan cuerpos de agua que abastecen a varias comunidades.

No es un problema abstracto. Es una transformación material del territorio que compromete la soberanía hídrica, la salud del suelo y la permanencia de especies nativas. A diferencia del caso de Warrior, donde el daño es visible y localizado, aquí hablamos de un proceso sistémico que opera día a día, sin cámaras ni comunicados oficiales.

A pesar de que desde hace tiempo se han presentado denuncias formales por estas afectaciones, la respuesta institucional ha sido mínima o inexistente. No hay inspecciones regulares, no hay medidas preventivas contundentes, no hay sanciones ejemplares. En algunos casos, ni siquiera hay presencia de autoridades en el terreno.

¿Por qué seguimos destruyendo e ignorando a lo que nos sostiene? El filósofo Luc Ferry propone una distinción que trata de explicar esto. La mayoría practicamos una “Ecología Superficial” (antropocentrista): protegemos el bosque solo porque nos es útil, viéndolo como un simple “recurso”. Frente a esto, la “Ecología Profunda” nos invita a ver la naturaleza como un sujeto de derecho con valor intrínseco. Armando Contreras, director del Inecol, señala que enfrentamos una “cerrazón” mental: la incapacidad de reconocer que podemos vivir en armonía con la naturaleza con menos dispendio. Necesitamos recuperar la filosofía de nuestros abuelos: “nada se tira, nada se desperdicia”. Esa sabiduría no era tacañería, sino la comprensión de que la vida es un equilibrio frágil.

Flora y fauna silvestres, las grandes perdedoras

Si el principio rector es que ningún ser vivo debe sufrir, ese compromiso no puede limitarse a los animales domésticos. Debe extenderse a la fauna silvestre, a los suelos vivos, a los cuerpos de agua y a los bosques que hacen posible la vida en la región. El bienestar animal no puede desligarse del bienestar ecológico.

Cuidar a un perro es un acto de humanidad. Cuidar un ecosistema es un acto de responsabilidad histórica.

La protección ambiental no puede depender de la visibilidad mediática de un caso. Requiere políticas públicas coherentes, sostenidas y verificables. Requiere voluntad para frenar la tala ilegal, regular el cambio de uso de suelo y poner límites claros a los modelos agrícolas que degradan el territorio. Requiere escuchar a las comunidades que viven en contacto directo con estos procesos y reconocer su conocimiento del entorno.

También exige asumir que la defensa de la vida no se agota en gestos simbólicos. Implica decisiones estructurales que muchas veces incomodan intereses económicos, pero que son indispensables para garantizar el futuro común.

Celebrar el rescate de Warrior no está en disputa. Lo que está en juego es algo más profundo: si como sociedad estamos dispuestas y dispuestos a ampliar nuestra noción de cuidado. Si nuestras autoridades están dispuestas a proteger con la misma determinación a quienes no tienen voz en redes sociales, pero sostienen el equilibrio ecológico del territorio.

Porque salvar individuos mientras se permite el colapso de los ecosistemas no es una política de bienestar. Es una respuesta fragmentada frente a una crisis integral.

La vida, toda la vida, merece ser protegida. Y esa protección no puede ser selectiva. Debe partir del territorio, de lo común y de la comprensión de que sin bosques, sin agua y sin biodiversidad, ningún rescate será suficiente. Retomando la interrogante ¿quién merece ser salvado? la ecología profunda dicta una respuesta absoluta: el ecosistema entero.

Jaime Eduardo Velasco Meunier

Zoncuantla, Coatepec, Ver. 4 de febrero de 2025

Referencias:

Bibliografía

  • BlueWire. (2025, abril 4). El Bosque de Niebla de Veracruz está desapareciendo…. Bluewire. https://bluewire.mx/2025/04/04/bosque-de-niebla-veracruz-en-peligro/
  • La ecología profunda (Vol. 192). (1992). Vuelta. https://www.uv.mx/mie/files/2012/10/SEION4-9Sept-Ecologia-Profunda-Ferry.pdf
  • López, L. (2025, marzo 31). Destrucción de bosque de niebla en Veracruz amenaza biodiversidad y suministro de agua. Excelsior. https://www.excelsior.com.mx/nacional/destruccion-de-bosque-de-niebla-en-veracruz-amenaza-biodiversidad-y-abastecimiento-de-agua
  • Manrique, D. L. R. A., Medina, A. M. de J., & Vanda, C. B. (2019). Ecoética y ambiente. https://archivos.juridicas.unam.mx/www/bjv/libros/13/6014/9.pdf
  • Salcedo, I. Á.-M. (2025, febrero 24). Los esfuerzos de conservación se centran en unas pocas especies muy populares. SMC España. https://sciencemediacentre.es/los-esfuerzos-de-conservacion-se-centran-en-unas-pocas-especies-muy-populares