marzo 4, 2026, Puebla, México

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El mar, un amante impredecible / Ángeles Mastretta

Una crónica de Ángeles Mastretta sobre el ciclón Gilberto en Cozumel el 8 de septiembre de 1988, publicada originalmente en Nexos

Por Ángeles Mastretta

Exhausto el mar, indiferente a los destrozos de su ira, lame las rocas que hizo florecer. No hay arena, no hay playas, no hay mujeres buscándolo. Enloqueció unas horas, paga con abandono su barbarie. Para su suerte hay luna, porque de la orilla no recibe una gota de luz: la brillante tierra del Caribe está apagada. Ni todos los exorcismos pudieron detener el ataque del mar sobre sus casas, sus trabajos, sus valientes y leales moradores.

El mar es una cosa seria, saben los que viven junto a él. El mar es un amante impredecible : desconoce, abandona, lastima, pero brilla, acompaña, alimenta. El mar traga, roba, vomita. El mar abraza. El mar es un amante, y quienes lo aman entienden su locura y lo perdonan. Por eso no se fueron cuando llegó el aviso de su próxima cólera, por eso no lo dejan después de padecerlo, por eso vuelven a empezar junto a él, recién acallado, la fiebre de vivir a su vera.

Los turistas se han ido por un tiempo. Volverán. Nunca dura el miedo más que las otras pasiones. Pero ahora es de noche en Cancún, en Isla Mujeres, en Punta Allen, en Holbolx, en Cozumel. Es de noche en silencio y no se ve el rencor.

La ropa mojada brilla bajo el sol de la selva. La carretera va de Cancún a un pueblo que se llama como Leona Vicario.

Entre otras cosas, Leona quiso con todas sus ganas a Andrés Quintana Roo. Ambos trabajaron en la lucha de México por la República y la paz a fines del siglo pasado. No creo que Leona haya pedido nada a cambio, pero a cambio la República le dio su nombre a un pueblo de niños ojones y mujeres que le extienden su bravura a la catástrofe.

Son las nueve de la mañana, el sol es intenso, como el del más fiero mediodía. En la plaza del pueblo conversan con nosotros varias mujeres que se han puesto huipiles floreados sobre faldas blancas y que hablan del huracán para contar sin escándalo que arrancó el techo de sus casas y dejó a la intemperie sus cuatro pertenencias y sus muchos hijos. Ayer lavaron la ropa, por eso brilla, pero no tienen otra. El sol derrite las bolsas de plástico en que la guardan y vuelve a confundirla con el lodo y las pestilencias que trajo el agua de tantos días.

Han empezado a llegar láminas negras para reponer los techos perdidos, y con la comida enviada en desorden desde donde se puede, han llegado también sabores nuevos, sabores que se irán cuando el olvido envíe a otra parte la caridad golondrina que hoy los provee.

Valeriana Caamal se llama una mujer que los mismo tiene 30 o 50 años. Es intrépida y conversadora.

– Nosotros estamos jodidos, pero ya de antes. El huracán nomás reforzó. Y no nos fue tan mal. Sólo los techos. El que poco tiene, poco pierde. Ora que no estaría mal tener mucho que perder, ¿verdad?

                         *              *               *

Cada pedazo de la selva es un paisaje original. Antes del ciclón, uno caminaba entre ella viendo a los árboles repetirse hasta el horizonte. Ahora cada quien es desdichado a su manera. Cada cosa tiene su experiencia privada de los hechos, cada uno los enfrentó diferente, aun los árboles más cercanos entre sí. Unos tienen las ramas arrancadas, otros se partieron en dos, saltaron de la tierra con todo y las raíces que ahora exhiben despatarrados, otros nada más se inclinaron tras una lucha de horas. Unos cuantos permanecieron erguidos, miran desde su soledad, la soledad.

Los letreros que avisan el nombre de los pueblos, la distancia o cercanía de cada sitio, se cayeron todos. Unos quedaron torcidos hacia arriba como si fueran de papel y los hubiera masacrado un niño, otros hacia adentro, resguardados. Unos están plegados como olanes, otros hechos pedazos, con sus letras regadas al borde del camino. En mitad del cementerio una palmera chiquita, redonda, quedó viva, perfecta. La barda roja que decía “se vende”, entera se fue de espaldas como una desmayada, y el molino de viento de una granja cayó de bruces retorcido por la epilepsia.

Nueve personas a bordo de una combi recorrimos cuarenta kilómetros sin decirnos una palabra. Estupefactos y aturdidos, tratando de imaginar el desenfreno con que el ciclón Gilberto recorrió nuestro camino.

                         *              *               *

Hace algunos años oí a una mujer lamentar la flojera de su marido. Contaba con sus labios apresurados que cuando Chetumal era un pueblo remoto y mínimo, la gente se decía dueña de la cantidad de terreno que alcanzaba chapear: la cantidad de selva, de espinas y culebras, árboles gigantescos y fieras yerbas que arrancaba del monte. Su marido chapeó lo inevitable, otros chapearon más y ahora sus mujeres son ricas. Ella tiene que conformarse con la tierra en la que está su casa. Recuerdo las quejas de doña Jose cuando entramos a la colonia 96 en Cancún.

Hace apenas un año sus habitantes tomaron el pedazo de selva en que ahora sientan sus casas. Desnudas, peor que desnudas, como despellejadas, calaveras de palitos chit a las que el huracán arrebató los techos y las paredes, sus casas están como al principio, recién sembradas.

Esto también se llama Cancún. Aquí también brilla la tierra y el sol podría dorar la piel de las más pálidas europeas. Pero aquí sólo hay eso: tierra y sol. Tierra y sol bajo las casas como calaveras, dentro de ellas, porque las codiciadas láminas negras, las horribles láminas negras, volaron como pájaros de rapiña siguiendo el torbellino del ciclón.

Las plaquitas con número que distinguen una vivienda de otra no se perdieron con los techos, Fue ganancia : así cada quien sabe qué pedazo de pobreza es el suyo.

Hace calor. el pródigo calor de Quintana Roo abrasa las viejas sombrillas, las eternas flacuras de niños y perros, el palabrerío en torno a las cuarenta y dos láminas que hay para cada quien.

– No alcanzan – dice una señora de voz lacia que arrastra los pies al caminar.

– Tú no protestes, que son regaladas- le contesta una vieja de pelos alborotados que se encarga de contarle a quien la oye cómo se destrozó las piernas y los brazos para abrir camino hasta su casa; cómo le gusta vivir ahí, en la colonia 96, rascada con sus manos, sin pedirle al gobierno más que la luz que ahora le piden, cómo ella ha visto y le han tocado peores ciclones que el Gilberto arrebatándole unos techos.

Hay mucha gente con ganas de hablar y nadie se las aguanta. Platican y platican como si estuviéramos sentados bajo una palapa bebiendo agua de coco. Son cientos de conversadores con causas y leyendas distintas. Se atropellan, se enciman, se vuelven un coro alebrestado. Uno quisiera oír cada historia, registrar cada voz, recordar cada gesto, contar cada pena y cada porvenir. Estamos en el centro de una gran pajarera y nos vamos, vale decir, nos escapamos. Entonces ellos esgrimen su adiós mientras vuelven al litigio por las láminas, las ayudas, los pequeños privilegios. El coro crece de últimas y después se achica con la distancia. Sí, también esto es Cancún, de qué manera.

                         *              *               *

Sobre el pantano cayó un avión. Es pequeño y rojo, tiene números en las alas, está muerto.

¿Cómo habrá sido su derrota? ¿Dónde están sus tripulantes?

Uno se lo pregunta al verlo desde el cielo y después lo abandona. No es que lo olvide.

                                 *              *               *

La orilla de Isla Mujeres tenía tantos albergues como podía albergar. Ahora no albergan a nadie.

El hotel Presidente está ladeado sobre las rocas que lo sostenían. Algunos se habían hecho la promesa de vivirlo cuando viejos. También con las promesas cargó el ciclón Gilberto .

En cambio al local de la cooperativa de pescadores no le sucedió nada. El ciclón entró por una puerta y salió por la otra sin hacerlo temblar. Ahora estamos ahí oyendo a su líder, un Neptuno del Caribe grande y rizado, que habla como si lo escuchara el mundo : “Nosotros no estamos familiarizados con los ciclones”, pero tampoco nos aterran. No vamos a dejar la isla aunque el mar la haya cruzado de lado a lado. De aquí somos y aquí seguiremos viviendo”.

La mitad de la isla está inundada, los ductos por los que recibían agua desde el continente se rompieron, pero ellos ahí viven y ahí se quedan. Ahí han empezado a trabajar, ahí buscan su comida y la de otros.

El ciclón acercó las langostas y las pescan por montones. Acaban de bajar dos cajas llenas de joyas. Son brillantes y anaranjadas, se antoja echarse una a la bolsa, asarla junto al mar, traerla a nuestra cocina, comérsela a mordiscos ahí mismo. Dentro de poco estarán en el congelador del supermercado y habrá que pagarlas como el oro que son.

Sin embargo, quienes las pescan no están ricos, ¿quién ganará con la fiereza que entre el ciclón y ciclón les pide el mar a cambio de langostas?

                         *              *               *

En Cozumel el sol se mete sobre el mar y difícilmente hay algo más consolador en el planeta. Ya era de noche y el niño seguía fuera de la casa contemplando a las olas tragarse el malecón. El y su tío fueron los últimos en abandonar la orilla. Entonces aún servían los teléfonos y el abuelito andaba recorriendo casas y tiendas como si toda la isla dependiera de su esfuerzo, la abuelita había vuelto a revisar cada la ventana antes de poner leche en el fuego, su hermano armaba un rompecabezas al que le faltaban tres piezas. Todos, con más o menos ruido, esperaban. El mar iba a volverse loco, ya lo sabían, por eso cruzaron los vidrios con cinta adhesiva, protegieron la comida, levantaron del suelo la jaula del tucán. Por eso habían ayudado a correr la última alarma antes de que un señor se presentara al radio para exigir al distraído medio que lo hiciera formalmente. Por eso los aviones no entraban ni salían de la isla, por eso los pocos turistas estaban encerrados y nadie había pasado la tarde viendo ponerse el sol desde la baranda del malecón.

Como a las ocho el niño entró a su casa y habló de últimas con su papá en la ciudad de México.

A las nueve el tío abuelo decidió salir otra vez a contemplar la desaforada naturaleza. Volvió casi arrastrado por su hermano que regresaba por fin de prevenir desgracias propias y ajenas.

Poco a poco los ruidos se fueron convirtiendo en fieros rugidos y el ciclón poseyó hasta el último escondite de la isla. Durante horas quienes no vieron sus casas volar o hundirse, las oyeron estremecidas sobre sus cabezas. Los mayores habían sentido otros ciclones, nunca uno como éste. Los menores, quizás no vivan el tiempo necesario para dar con uno igual. Llegan cada cien años, muchos dicen que es mejor morirse antes, el niño no. Bendito el niño que no tuvo miedo. Toda la noche estuvo vigilante, y ni al romperse la ventana de abajo sintió un poco de susto. Era feo decirlo, pero le gustó el ciclón.

A salvo, sin nada que perder, toda la curiosidad y ningún miedo, ¿qué puede dar la naturaleza más fascinante que un huracán? Así lo creía también el tío y es siete veces más sabio que el niño.

Por fin tarde, con la luz alta, pudieron salir. El refrigerador de doña Celeste estaba del otro lado de la calle, y la sala de la señora Cardín voló 500 metros. Los árboles de la plaza, las tiendas, los restoranes, los hoteles, el parque, el acuario, la paletería, la calle de los escondites, todo quedó lastimado. No había agua, faltaba comida, mucha gente tenía frío, muchos niños no  tenían casa, el joven abuelito volvió a irse quién sabe a dónde.

Entonces sí, el niño odió al ciclón. Maldito ciclón.

Fue con su hermano a recorrer la isla en bicicleta. El hermano iba platicando como si las cosas no se vieran si él no las nombrara. El iba callado, es un niño callado, por eso le gusta pescar. Los dos trotaban sobre palos y ladrillo mirando los destrozos. A veces los árboles  cayeron sobre el camino y no los dejaban pasar, a veces había gente levantándolos y ellos jugaban a meterse por debajo justo cuando la cuerda de la que jalaban unos hombres levantaba el árbol. Fue en uno de esos pasos cuando su hermano se abrió un hoyo en la frente. Nunca se sabrá si se atrasaron los levantadores o si su hermano se adelantó, el hecho es que dio con su cabeza contra el tronco del árbol.

Lo llevaron a la Cruz Roja, ahí le pusieron cinco enormes puntadas con hilo negro y gordo. Todo entró dentro de los mismo. Cuando crezca, alguien le besará la cicatriz del huracán. Mientras, volvieron a montarse en la bicicletas.

Querían ayudar, iban de un lado a otro con mensajes y penas ajenas. La escuela se convirtió en el asilo, la isla en la isla. Durante muchas horas, ni una sola palabra pudo entrar o salir de Cozumel. Estaban sólo con lo que unos tenían para otros, con lo que nadie podía tener para nadie. Faltaban medicinas, cobijo, agua dulce, ayuda. Sobraban niños. Por eso ellos andaban en las bicicletas de un lado a otro, para notarse menos. Iban en las bicicletas cuando oyeron el ruido de un avión, de un gran avión, del primer avión que se acordó de la isla.

Poco después el mar recuperó los colores. La abuelita sacó al tucán de su escondite y tomó café con el abuelo que por fin se estuvo quieto un rato. El niño se fue con el tío Aurelio a una cresta en la punta de la isla a ver cómo el mar, exhausto, acaricia las rocas.

Desde lejos uno podía ver la cabeza morena y el cuerpo suave del tío Aurelio, acompañado por la espalda de un niño que pintó con grandes letras en su camiseta roja : “Soy sobreviviente del Gilberto”.