Cablebús Puebla: tecnología antes que la pregunta de cómo podemos mejorar de fondo el transporte público que tiene que responder el gobierno
Hay decisiones públicas que se sienten como una respuesta antes de conocer la pregunta. El Cablebús de Puebla anunciado por el gobernador Alejandro Armenta corre ese riesgo: no la tecnología en sí misma, que en ciertas circunstancias y para ciertos contextos puede ser una buena solución, sino por la sensación de que el proceso se hizo al revés. Pareciera que primero se eligió una tecnología y después se buscó dónde meterla, quizá con calzador.
En política pública, el orden de los factores sí altera el producto. En el caso de proyectos de transporte masivo, primero se estudia la demanda, luego se comparan alternativas de tecnología, modelos operativos y financieros, y al final se elige qué es más conveniente.
Cuando el proceso se invierte y primero se decide el “qué” y después se busca el “dónde”, corremos el riesgo de desperdiciar los recursos que se están invirtiendo. Eso es lo que hoy inquieta del Cablebús de Puebla. No porque un teleférico urbano sea una mala idea. No lo es. Puede ser una solución potente en contextos específicos: pendientes pronunciadas, barrancas, colonias aisladas en laderas y largos tiempos de acceso al transporte masivo.
La Línea 1 del Cablebús en la Ciudad de México implementada por la ahora presidenta Claudia Sheinbaum cuando era Jefa de Gobierno, conecta Cuautepec (una zona densamente poblada y con altos niveles de marginación) al norte de la Alcaldía Gustavo A. Madero, en la Sierra de Guadalupe, con el sistema de movilidad integrada de la ciudad, en Indios Verdes, donde convergen otros sistemas como la Línea 3 del Metro, las Líneas 1, 3 y 7 del Metrobús, la Línea 4 del Mexibús, y la Línea 2 del Mexicable, además de varias decenas de transportes concesionados que conectan municipios del Estado de México con el norte de la CDMX.
Allí el sistema de cable demostró que, cuando hay un problema geográfico claro y una demanda concentrada, esta alternativa puede reducir tiempos de traslado y mejorar la calidad de vida, pero ese ejemplo no convierte al cablebús en una receta universal. La tecnología no es el fin. Es el medio.
En cualquier proyecto serio de transporte masivo, el proceso de decisión debería ser transparente y secuencial: primero se realiza un estudio entre orígenes y destinos, para entender patrones reales de viaje (de dónde sale la gente, a dónde va, a qué hora, en qué volumen). Posteriormente se establece una definición de capacidad requerida (personas por hora por sentido, tiempos objetivo y niveles de servicio). Después se debe hacer un estudio de mercado para ver qué tecnologías y modelos de operación existen, para poder comparar las alternativas: BRT, trolebuses, trenes ligeros, o bien, teleféricos, e incluso una combinación entre varias, analizando las propias bondades de cada una, sus costos de implementación (gasto de capital) y sus costos operativos (gasto corriente). Sólo hasta contar con toda la información anterior es que se debería tomar una decisión con todas las cartas sobre la mesa.
En Puebla, sin embargo, los estudios que sustentan la decisión fueron reservados por cinco años, como se informó hace un par de semanas. Reservar los estudios nos impide evaluar el costo de oportunidad.
Hoy no sabemos si el Cablebús era la opción con mayor beneficio social por peso invertido, porque no están sobre la mesa las comparaciones. No se trata solo de si el Cablebús nos gusta o no nos gusta. Se trata de que no podemos evaluar si era la mejor opción porque no tenemos acceso a la comparación técnica que lo justificaría.
La inversión anunciada ronda los 6,752 millones de pesos según algunas fuentes periodísticas locales, para satisfacer una demanda de no más de 50 mil viajes diarios en un corredor de 13 kilómetros. Con ese monto podrían financiarse cuatro líneas nuevas de RUTA en corredores estratégicos de aproximadamente 10 kilómetros cada uno con una capacidad mucho mayor (sólo la Línea 2 de RUTA mueve a 140 mil personas al día). Justamente ahí está el punto: el costo de oportunidad es enorme y hoy no puede discutirse con evidencia pública.
¿Cuál es el costo anual de operación y mantenimiento? ¿Cómo se integrará tarifariamente con la red existente? ¿Qué alternativas fueron descartadas y por qué?
Esas preguntas siguen abiertas, aunque de algunas ya tenemos respuesta. Por ejemplo, que no habrá integración tarifaria y que se necesitará una tarjeta para RUTA y otro medio distinto de pago para el Cablebús poblano, como ya lo anunció el jefe de gabinete del gobernador el mismo día que acusaban a RUTA de ser un “cártel de las concesiones”.
En vez de que sean servicios que funcionen entre sí y se complementen como parte de un sistema integrado, se implementan sistemas aislados que obligan a contar con medios de pago distintos para cada uno. Mientras en CDMX el Cablebús fue la apuesta para conectar una parte de la Sierra de Guadalupe con el Sistema de Movilidad Integrada, en Puebla el Cablebus parece ser una apuesta más bien política que pretende borrar RUTA.
Puebla no está sola. Proyectos similares avanzan en otras ciudades como Morelia y Uruapan, presentados como símbolos de modernización urbana (y de hecho son la imagen institucional de la actual administración estatal). En un contexto donde la política consiste en una competencia por hacerle guiños a la Presidencia para ganar el favor de la mandataria, las obras “emblemáticas” inspiradas en su legado empezarían a cundir por el territorio. El teleférico es visible, fotogénico y fácil de comunicar. Pero la movilidad no debería decidirse por estética ni fetiche.
No estoy en contra del Cablebús. Sería absurdo oponerse a una tecnología per se. Estoy en contra de invertir miles de millones sin que el proceso sea discutido públicamente. Si el Cablebús es la mejor opción para el corredor elegido, entonces debería poder demostrarse con datos públicos. Y si no lo es, todavía estamos a tiempo de aprender de la experiencia para no repetir el error.
La discusión de fondo no es el Cablebús. Es si nos van a ofrecer políticas públicas basadas en evidencia y el gobierno le va a entrar en serio a la atención de las necesidades de transporte de la población. Antes del Cablebús está la pregunta de cómo podemos mejorar de fondo el transporte público en Puebla. Sobra decir que esa pregunta aún no ha sido respondida con la claridad que Puebla merece. La respuesta no puede ser un “usted confíe”.
@dobbyloca
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