abril 11, 2026, Puebla, México

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Una semana no tan santa / Luis Gerardo Ortiz Corona

I am the one who knocks

Sé que has escuchado esta frase en algún lugar. Probablemente, si tu vocación teológica es grande y traes muy vivo el espíritu de la Pascua, estarás pensando en la referencia bíblica de Apocalipsis 3:20, donde Jesucristo pide entrar a nuestras vidas para estar en comunión con nosotros. Pero si formas parte de esa feligresía contemporánea que ha colocado a Breaking Bad en el podio mayor de la televisión, sabrás que la cita a la que recurro pertenece al cenit argumentativo de Heisenberg, el polémico personaje interpretado por Bryan Cranston.

La frase me acompañó durante estos días de asueto. Resulta —y resalta, como diría mi esposa— que, después de casi cuatro años viviendo en esta hermosa ciudad de Chihuahua, finalmente organizamos nuestra aventura más ambiciosa hacia el estado de Nuevo México, superando con holgura las distancias y los tiempos que en otras ocasiones habíamos invertido para ir a Ruidoso o a Las Cruces. Mis hijos, Doña Regia de Talavera y yo —su valiente poblano con botas— trazamos un itinerario que incluyó Santa Fe y Albuquerque, la ciudad más habitada y desarrollada del estado, además de ser el principal escenario de filmación de Breaking Bad. Con eso quizá ya se entienda por qué mi mente traía tan aferrada una frase que, en apariencia, nada tenía que ver con el viaje.

En Santa Fe nos propusimos visitar la otrora iglesia de Loreto. Sospecho, de hecho, que esa fue la razón verdadera de toda la travesía. Ahí se encuentra una misteriosa escalera construida, aparentemente, por el propio San José; sí, ese: el carpintero, el tutor de Jesús —para no meterme en si era o no su papá, por aquello de las malas lenguas de la época—. La fama del prodigio es tal que mucha gente, como nosotros, llega en plan de peregrinación para contemplar la serpenteante escalinata. Juzga tú, querida lectora, querido lector, si no vale la pena ir: 33 peldaños —uno por cada año de vida de Jesús— hechos con un tipo de madera que no existía en Santa Fe ni, al parecer, en ningún otro punto del continente, menos aún en el siglo XIX; unidos sin clavos ni pegamento, con un diseño que desafía cualquier examen de resistencia, calidad o ergonomía; todo ello atribuido a un hombre mayor, acompañado de un burro, que no cobró por su trabajo y que apareció providencialmente después de que las monjas pidieran a San José un milagro.

Después de la bellísima capital neomexicana —que sin problema podría ser considerada pueblo mágico para los estándares de nuestra bendita patria— nos dirigimos a Albuquerque, donde el fanático que vive en mí tomó el control de la agenda y de los días santos para organizar una versión bastante pagana de la visita de las siete casas, sustituyéndolas por locaciones de Better Call Saul y Breaking Bad. La primera parada, que en la tradición cristiana equivaldría al trayecto del Cenáculo al Huerto de los Olivos, fue la casa de Walter White y su familia; luego vinieron su lugar de trabajo, el car wash, la casa de Jesse Pinkman y así sucesivamente. Sin darme cuenta, el deseo de identificarme con un programa televisivo me llevó a recorrer la ciudad entera, con toda mi familia a cuestas, como si estuviéramos metidos en un rally. Pese a ello, y como diría Édith Piaf, Non, je ne regrette rien; es decir: fue muy mi gusto, y qué, y qué.

La aventura cerró con visitas inolvidables al zoológico, al acuario y al parque botánico. Mientras conducía, recordé un refrán que mi abuela repetía cuando quería describir una situación difícil, en la que las personas alrededor serían previsiblemente hostiles: “es como amar a Dios en tierra de indios” (sic.). Nunca he compartido esa visión despectiva hacia las comunidades autóctonas, y tampoco sentí que la gente en Nuevo México fuera grosera ni violenta. Lo recordé porque en ese estado conviven agrupaciones indígenas que dominan extensas regiones: los Pueblo, los Navajo y los Apache. Las ciudades están rodeadas de inmensas jurisdicciones con economías, normas y formas de organización política muy auténticas. A ratos, uno siente que entra y sale de Estados Unidos cada vez que cruza una reserva; pero luego aparecen los casinos, las gift shops, los clubes de golf y los hoteles spa-resort, y entonces regresan, nítidas, las barras y las estrellas del Tío Sam.

Nos despedimos de la “tierra del encanto” con la certeza de que volveremos. Quedaron pendientes algunos altares de mi devoción televisiva, sí, pero también varios de esos rincones históricos, culturales y naturales que no se visitan: se merecen. Porque así son los viajes que importan de verdad: cansan, obsesionan un poco más y dejan a uno feliz. Siempre en familia, claro, como debe ser.

Voy y vengo.