La gente no llora porque sea débil; llora porque ha sido fuerte durante demasiado tiempo. —Bárbara Delinsky.
En la Calzada México-Tacuba, entre las calles Mar Blanco e Instituto de Higiene, se conservan los restos carbonizados de un ahuehuete que, hace más de 500 años —dice la leyenda—, fue testigo de las lágrimas copiosas del polémico capitán Hernán Cortés. Según los chismes que más tarde se volvieron historia oficial —e incluso propaganda nacionalista en pleno siglo XXI—, aquel militar europeo oriundo de Extremadura (en la actual España) armó su berrinche frente a ese árbol tras la huida de sus tropas de Tenochtitlán. Todo porque Pedro de Alvarado no respetó sus órdenes y, abusando de la confianza en él depositada, atacó injustificadamente a los mexicas, desatando con ello la ira de todos los dioses hechos pueblo.
No sé si Cortés lloró por haber perdido una posición estratégica frente a quienes deseaba conquistar; tal vez se le mojaron los ojos de impotencia por haber delegado el liderazgo en un loco como Alvarado. Quizá se sintió traicionado. Sea cual fuere la causa, los libros de texto en México sacaron raja de aquel episodio histórico para enaltecer la bravía de los mal llamados aztecas y colocar a Cortés como un ser patético, digno del adjetivo de “chillón”.
Siglos más tarde, ya entrados en otros aires —los de la República y el proyecto liberal—, un personaje tan ilustre como funesto, bautizado como José de la Cruz Porfirio Díaz Mori, enfrentó en mayo de 1876 a las fuerzas del gobierno del estado de Nuevo León en el municipio de Icamole, en el marco de su insurrección contra la presidencia de Sebastián Lerdo de Tejada. Las consecuencias no pudieron ser peores para el futuro dictador oaxaqueño: sus tropas rebeldes fueron diezmadas; los milicianos que sobrevivieron se retiraron a salto de mata, dejando atrás numerosas pérdidas. Ante el caos y la derrota, la voz popular — esa que bien pudo haber sido representada por una versión beta de Paty Chapoy o Pedro Sola— aseguró que Porfirio derramó ríos de lágrimas y le colgó el mote del “Llorón de Icamole”.
Nunca sabremos si, en verdad, el general Díaz se puso sentimental. Quienes lo suponen creen que no lloró por una causa noble, sino como consecuencia de su soberbia desbordada: no por sus compañeros caídos, sino por la impotencia de no haber vencido con facilidad a quienes, eventualmente, consideró inferiores. Sin que su estado de ánimo haya sido plenamente corroborado, la historia oficial —especialmente intolerante con él— terminó coronándolo con ese apodo: una forma de restarle solemnidad a lo que vendría y de desacreditarlo como militar.
En ambos episodios, el llanto funciona como arma narrativa: burla, rechazo y calumnia. Se insiste en las lágrimas para despojar a los hombres de carácter, formalidad y presencia; una castración simbólica. Lo curioso es que, en medio de tanto relato épico, solemos olvidar que la guerra también se libra por dentro, en silencio, sin desfile ni medalla.
Hoy el guion se invierte. Esta semana supimos que una operación de la SEDENA cobró la vida de elementos del Ejército y la Guardia Nacional. En la mañanera, el general secretario Ricardo Trevilla Trejo dio el pésame y reconoció a quienes, pese a las bajas, cumplieron la encomienda. De pronto, su voz se quebró: asomó un llanto mudo y a más de uno se nos ablandó el alma. Para sorpresa de muchos, la comentocracia fue benévola: el grueso de la vox pópuli leyó esa emoción como valentía y humanidad, y no como flaqueza.
Pese a que las nubes del crimen tiñen el cielo, me complace pensar que maduramos un poco: entender, al fin, que las lágrimas de un militar —o de un líder— no son prueba automática de debilidad. Hay dolores que no caben en los uniformes ni en los discursos; se asoman, como agua terca, por las grietas de la voz. Tal vez eso —que el corazón se desborde por otros— sea de las pocas cosas que todavía nos separan de las bestias.
Voy y vengo.