junio 15, 2026, Puebla, México

junio 15, 2026, Puebla, México

La otra cancha / Eduardo R. Villegas

No estoy anunciando el descubrimiento del agua tibia si digo que vivimos en una sociedad cada vez más egoísta, entregada al hedonismo cínico del gran espectáculo optocrático que los dueños del mundo nos ponen enfrente para hacernos consumir y ser consumidos, sin descanso, minuto tras minuto. Hace apenas dos horas que terminó el primer partido del mundial de futbol, que, a pesar de la mediocridad del encuentro inaugural, nos dio a los aficionados mexicanos la primera alegría de la justa: bien que mal, nuestra selección acaba de ganar su primer partido. Aún estoy con la resaca del triunfo cuando alguien hace llegar a uno de mis grupos de WhatsApp un video que circula en redes sociales y que, al parecer, fue grabado el miércoles por la tarde, en la víspera del inicio de la justa futbolera más grande de la historia. En él veo a un grupo de policías, de esos que genéricamente solemos llamar granaderos, con sus cascos, sus armaduras y sus escudos, formando una barrera para contener a un grupo de madres buscadoras que intentan llegar al estadio Azteca (nunca le llamaré de otra manera), con el único fin de que el mundo se entere de su lucha de años por dar con el paradero de sus hijos e hijas. Mientras veo el video, pienso que la denominación de “Madres buscadoras” tiene un tufo postapocalíptico. Parece el nombre de guerra de un grupo de mujeres errantes en un mundo distópico. Detengo el video porque, sorprendido por mis propios pensamientos, no me logro concentrar y me pregunto si esas mujeres no son justamente eso: un grupo de combatientes, que han vivido su propio apocalipsis, para terminar errando en busca de sus hijos en esta distopía en que se ha convertido México. Finalmente, vuelvo al video. En él una de las madres se adelanta uno o dos pasos e increpa al grupo de policías, especialmente al que tiene frente a sí y al que vicariamente se dirige, primero, sacando toda la rabia contenida durante quien sabe cuánto tiempo, exige a gritos que las dejen pasar, que no son más que madres que quieren encontrar a sus hijos, pero poco a poco va pasando de los gritos a los ruegos y de la rabia a la desesperación. La mujer termina hincada, implorando al policía que tiene más cerca que les abran paso, que sólo quieren mostrarle al mundo la tragedia que viven desde hace años y a lo largo de cientos y cientos de kilómetros. La imagen es desgarradora, no sólo por ella, sino por el propio policía que parece que en cualquier momento va a estallar en llanto y va a hacer algo por esa mujer devastada que le ruega que las deje pasar. Pero el hombre no acierta a hacer nada más que inclinar la cabeza y desviar la mirada. Una mirada que expresa a la vez una gran impotencia y una insoportable vergüenza.

El estadio es enorme, el mayor de América Latina y uno de los más grandes del mundo, una magnífica obra de ingeniería deportiva. Adentro, una cancha de poco más de siete mil metros cuadrados, hecha para que una pelota ruede alegremente perseguida por 22 jugadores sobre un pasto verdísimo, espera el momento en que el mundo entero se rinda festivamente a la fusión de esas dos geometrías perfectas: la de la cancha y la de la pelota. Afuera, la cancha mide dos millones de kilómetros cuadrados, y en ella, miles de madres, padres, hermanas y hermanos, buscan a sus familiares. Ellas, las madres buscadoras, no quieren llegar al estadio para unirse a la fiesta, sino para mostrarle al mundo lo que ocurre fuera de esa mole de concreto, en la que mañana, gracias al feliz matrimonio de la tecnología y el dinero, cabrá el mundo entero. Adentro, la cancha que el mundo admirará cuando la fiesta empiece es pareja, verde y hermosa; la de afuera no es verde, ni es pareja, ni mucho menos hermosa; es horrorosa: está teñida de rojo, un rojo que se deslava con las lágrimas de miles de mujeres que buscan a sus hijos e hijas y está llena, literal y metafóricamente, de amontonamientos y de agujeros.

En el inicio de “Conversación en La Catedral”, Zavalita se preguntaba “en qué momento se había jodido el Perú”. Yo lo que menos quiero es echarle a perder la fiesta a nadie, pero, viendo a una mujer hincada implorando un poco de compasión y, frente a ella, a un policía que hace su trabajo con el alma desgarrada, me pregunto: ¿Cómo fue que llegamos a esto? ¿Cómo carajos llegamos a esto? Adentro del estadio, la pelota seguirá rodando y, durante poco más de un mes, las alegrías y tristezas del mundo dependerán de lo que suceda con ella. Las madres, mientras tanto, presas de una tristeza infinita que nadie parece entender, seguirán buscando a sus hijos e hijas.

Sucríbete al Patreon de Mundo Nuestro
para apoyar al periodismo independiente