junio 16, 2026, Puebla, México

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Rápido y sin pensar: sobre la impulsividad / Revista Elementos BUAP

María Fernanda Guardado Xolo, Ana Lis Heredia Espinosa
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¿Alguna vez te has preguntado cuántas decisiones tomas de manera impulsiva a lo largo de tu vida? Desde iniciar una discusión solo por miedo a quedarte en silencio, hasta encender un cigarrillo antes de recordar que intentabas dejar el hábito, la impulsividad es una fuerza que atraviesa decisiones grandes y pequeñas. Es la reacción que se anticipa al pensamiento (Abella Pons et al., 2015). Por ello, la psicología se ha interesado tanto en estudiarla, medirla, clasificarla y desarrollar estrategias para contrarrestarla.

¿QUÉ ES LA IMPULSIVIDAD?

Históricamente, el acto impulsivo ha sido una inquietud observada tanto con angustia como con fascinación no solo por la psicología, sino también por otras disciplinas como la filosofía. Los estoicos, por ejemplo, ya advertían sobre la pasión como una amenaza al dominio racional y, mucho antes, Platón la describía en su alegoría del carro alado, ilustrando la lucha de fuerzas opuestas en el alma –el alma racional y el alma irascible. No es sorprendente, entonces, que, tras siglos de ser contemplada con desconfianza, la impulsividad terminara atrayendo la mirada de la psicología como un fenómeno digno de estudio y entendimiento. El acto impulsivo es la fuerza que nos golpea antes de preguntar. Y, ciertamente, su etimología no decepciona, pues impulsus, del latín, literalmente quiere decir “golpear” o “empujar” (Sánchez et al., 2013). Si bien su estudio ha atravesado las décadas, definir la impulsividad con precisión todavía es una tarea compleja debido a su naturaleza multifacética.

     Pero, ¿qué es en esencia la impulsividad? A primera vista, podría pensarse como una emoción o incluso una reacción. Sin embargo, los autores coinciden en que la impulsividad es, más bien, un rasgo de personalidad, un patrón del ser relativamente estable a lo largo del tiempo (Abella Pons et al., 2015).

     Entre los estudiosos que se han aproximado al constructo con la intención de analizarlo con mayor profundidad destaca Ernest S. Barratt (1994), quien lo define como un rasgo de personalidad complejo, vinculado al actuar precipitado y sin planificación (citado en Vales et al., 2018; Rueda et al., 2016). Esta tendencia puede expresarse mediante la conducta observable y que, además de caracterizarse por el actuar apresurado y sin reflexión, suele desentonar con el contexto y trae consigo un elevado nivel de riesgos.

     Una escena quizás demasiado humana que esclarezca esta idea puede ocurrir cuando, en medio de una discusión, uno levanta la voz o lanza un golpe sobre el escritorio en un intento de enfatizar cierto punto, pero sin detenerse a pensar en el efecto que el arrebato podría tener sobre la relación o sobre la imagen que uno mismo ha construido. Este componente se ha descrito como “impulsividad motora”, una suerte de “acción por la acción”, como ya lo mencionaba Barratt (citado en Vales et al., 2018). Sin embargo, abordar la impulsividad como un fenómeno unidimensional sería ignorar su carácter multidimensional. El constructo va mucho más allá de una reacción puramente motora. De manera simultánea, la impulsividad puede presentarse como un fenómeno cognitivo, asociado con la capacidad con la que se hace frente a tareas caracterizadas por la incertidumbre. En este caso, la conducta impulsiva recae, no en el acto motor en sí, sino en el mecanismo mental apresurado y proclive al error. Como si lo importante fuera resolver la tarea ya, y no necesariamente resolverla bien.De ahí que se observe un rendimiento intelectual significativamente inferior en sujetos impulsivos frente a sujetos reflexivos, destacando la propensión a desarrollar problemas de aprendizaje en el ámbito académico. A nivel cognitivo, un ejemplo de impulsividad ocurre cuando emitimos un juicio apresurado que desemboca en una narrativa completa sin tomarnos la molestia de confirmar los hechos. Basta con una voluntad impaciente y una interpretación parcial para que la impulsividad cognitiva encuentre terreno fértil donde prosperar, y la mente se equivoque con convicción.

ALGUNOS DATOS INTERESANTES SOBRE LA IMPULSIVIDAD

Ahora bien, ¿cómo nace la impulsividad? ¿Se trata de algo innato o es más bien algo que desarrollamos con el paso del tiempo? Para algunos, la idea de que el rasgo de personalidad impulsivo pueda estar inscrito en la arquitectura genética o en la biología funciona como una coartada parcial frente a la culpa que se cierne tras el acto irreflexivo. Como si el arranque se tratase de una huella primitiva trazada incluso antes de haber desarrollado conciencia. Es innegable la influencia de estos factores sobre la predisposición al desarrollo de ciertos rasgos de personalidad. Por ejemplo, se ha visto que algunos componentes del temperamento –esa pieza de la personalidad con alta carga genética que se asocia principalmente a la velocidad e intensidad de reacciones emocionales, y cuyos ecos pueden advertirse desde los primeros meses de nacimiento, determinando si los niños tienden a reaccionar con furia casi volcánica o, por el contrario, se muestran sorpresivamente serenos– se hallan relacionados con los resultados de ciertas pruebas de inhibición conductual y toma de decisiones (Aguilera y Ostrosky, 2013). Por otro lado, otro factor biológico importante en el control de impulsos es la corteza prefrontal, una estructura que se encuentra al frente del cerebro y que actúa como un faro racional. Esta región es una masa de tejido que se enciende como una lámpara tenue cuando nos detenemos a pensar, pero que, si se avería, puede ocasionar dificultades para detener, iniciar o planificar una acción (Lezak, 1982, citado en Tirapu Ustárroz et al., 2012).

     Entre las coincidencias biológicas que envuelven la naturaleza humana, no todo destino está escrito. Dependiendo de las circunstancias y del entorno, hay genes que duermen eternamente y otros que se activan. Esto ocurre por un proceso de modificación del ADN que determina cómo se expresará nuestra herencia genética (Ponce y Díaz, 2019).

     Experimentos con ratas revelan que el escaso o nulo acicalamiento maternal en las primeras etapas de la vida dejaba en ellas una huella emocional que modificaba el código biológico. La ausencia del cuidado materno activa ciertos genes vinculados al manejo del estrés. Este hecho se vuelve una metáfora de tantas maternidades humanas quebrantadas, donde el abuso no deja únicamente marcas físicas, sino también biológicas (Ponce y Díaz, 2019).

     Asimismo, el cuidado materno deja sus ecos en ciertos sistemas fisiológicos. El eje hipotálamo-hipofisiario-adrenal (HPA), una especie de oráculo emocional que se altera con las tragedias tempranas –como la carencia de cuidado materno en la infancia–, y su desajuste repercute en la manera en que se responde al estrés. Además, se ha demostrado que cuando el eje HPA no funciona de la mejor manera puede incrementar la posibilidad de desarrollar trastornos neuropsiquiátricos que implican desregulación emocional, haciendo a la persona más propensa a comportamientos impulsivos (Archer et al., 2012).

     El cerebro registra más de lo que creemos, y las EAIs dejan huellas persistentes en su estructura (Archer et al., 2012), pavimentando las rutas que se vinculan con el miedo y con la desconfianza. Responder ante el mundo como si el peligro y la amenaza fueran la norma, y no la excepción, es una consecuencia habitual en este tipo de alteraciones neurofisiológicas. Su impacto puede alterar la forma en que los individuos sienten y procesan las emociones, y puede influir directamente en la incidencia de conductas de riesgo (Jebraeili et al., 2023).

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