Marco T. Oropeza-Sánchez, Roberto Munguía-Steyer
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“Pásale el cabo del hacha a tu tía, y tú, ¡dale en la cabeza! En el cuerpo no, porque no se muere”. Fueron las palabras de mi abuelita. Desde que tengo uso de memoria, tanto ella como sus hijos (mis tíos) sentían aversión y hasta terror por unas lagartijas que frecuentaban su casa, a las cuales llamaban escorpiones. Con la idea de que estos animales eran venenosos, en mi infancia fui testigo de cómo muchos de ellos murieron a palos. No fue hasta la universidad que me enteré de que, en México, las especies de lagartijas venenosas se pueden contar con una mano (los monstruos de Gila, del género Heloderma. Figura 1) y no se parecen en nada al escorpión (Barisia imbricata. Figura 2).
De haber investigado un poco en esos tiempos, tal vez me hubiera topado con esta información y se habría evitado tanta matanza. No obstante, hoy en día existen otras amenazas para las lagartijas y los reptiles en general, y de quedarnos con los brazos cruzados seremos testigos de una catástrofe de escala mayor a la de los patios de nuestras abuelas.
LOS REPTILES: SUS CARACTERÍSTICAS Y SUS FUNCIONES
El llamado escorpión (Barisia imbricata) pertenece al grupo de los reptiles, animales que podemos identificar por presentar características particulares. Los reptiles tienen escamas que protegen su piel (similares a las de los peces) y nacen de huevos con una cubierta calcificada (como las aves). Si las crías salen del cascarón (eclosionan) después de que los huevos son depositados, se les denomina animales ovíparos, y si eclosionan dentro de las hembras, se les reconoce como vivíparos.
A los reptiles se les denomina animales ectotermos porque, al contrario de los mamíferos y las aves, casi no tienen capacidad de generar calor corporal y dependen de las condiciones de su entorno para regular su temperatura. Debido a esta característica, pueden adoptar comportamientos como permanecer o moverse en áreas “abiertas” con mucha luz solar, o posarse en rocas o tierra que irradian calor con la finalidad de regular la temperatura de su cuerpo. Para no calentarse demasiado, a veces observamos a las lagartijas despegar su vientre de las superficies para generar corrientes de aire fresco (“hacen lagartijas”). Por esta característica, uno creería que todos los reptiles deberían limitar sus actividades al suelo abierto donde abunden las rocas, pero la verdad es que los reptiles son uno de los grupos de animales más diversos en especies, formas y hábitats.
Los reptiles poseen una gran diversidad de características que les permiten desplazarse en tierra, árboles y agua. Por ejemplo, las especies que suelen trepar árboles poseen dedos con puntas ensanchadas, como las lagartijas de abanico (del género Anolis; Figura 3A). Aquellas que frecuentan el agua suelen tener patas palmeadas (como los patos; por ejemplo, los cocodrilos y tortugas) o sus miembros se asemejan a aletas (Figura 3B). Hay especies que prefieren vivir en fosas bajo tierra y poseen patas cortas o una cabeza con forma especial que sirve para excavar (como la cabeza en forma de cuña de las culebras mineras, pertenecientes al género Geophis; Figura 3C).
Por la gran variedad de formas que han desarrollado al adaptarse a diferentes ambientes, los reptiles cumplen papeles muy importantes en los ecosistemas. Algunas lagartijas y serpientes comen y regulan poblaciones de insectos y roedores que pueden representar plagas para los cultivos de importancia económica. Esta función es reconocida por don Longino, agricultor de Indaparapeo, Michoacán, quien nos expresó:
Yo ya no mato las culebras porque vi que se comen a los ratones; estos seguido aparecían en el alimento de las vacas. Pero ahora ya no encuentro los animales en el alimento, yo creo que es porque ya no macheteo las culebras.
Las funciones de los reptiles no se limitan a consumir insectos y roedores; algunas especies pueden fomentar la salud de poblaciones humanas. Especies como las tortugas y cocodrilos pueden consumir animales en descomposición (carroña), controlando así los residuos que pueden generar enfermedades. Incluso existen reptiles de importancia médica que pueden ayudarnos a superar enfermedades de gran prevalencia. Por ejemplo, a partir de la saliva del monstruo de Gila (Heloderma suspectum) se desarrolló la exenatida, un medicamento empleado para tratar la diabetes tipo 2. Asimismo, a partir del veneno de la serpiente amazónica (Bothrops jararaca) se creó el captopril, enfocado en tratar problemas de hipertensión arterial, una enfermedad común en México. Por lo tanto, si no queremos privarnos de los beneficios de los reptiles, es necesario informarnos sobre lo que está amenazando a sus poblaciones, tomar conciencia y tratar de coexistir sin dañarlos.
AMENAZAS A LOS REPTILES
Al igual que sucede con los anfibios, aves y mamíferos, la pérdida de hábitat por cambio de uso de suelo pone en riesgo a distintas poblaciones de reptiles. El cambio de uso de suelo se genera cuando los seres humanos destruimos los bosques y selvas y establecemos en su lugar áreas de cultivo, pastizales para ganado o zonas inmobiliarias, con lo que reducimos los espacios y recursos necesarios para que las poblaciones silvestres puedan subsistir (para más información sobre este tema se puede consultar Oropeza-Sánchez et al. 2024).
Una vez que los reptiles ven destruidos sus hábitats, se ven obligados a adoptar nuevos refugios. Entre las opciones de los reptiles frente al cambio de uso de suelo, está mudarse a espacios similares a los de su origen o adentrarse en ambientes nuevos dominados por la humanidad; por ejemplo, las ciudades. Al contar con una limitada cobertura de árboles, algunas especies de reptiles (no todas) encuentran agradables las áreas urbanas dominadas por concreto, donde pueden regular fácilmente su temperatura corporal. No obstante, en México y varias partes del mundo, igual que en la casa de mi abuelita, la gente considera a los reptiles como animales peligrosos por la presencia de veneno en algunas especies, o simplemente por algunos mitos. Algo bastante trágico, ya que culturalmente nuestros antepasados apreciaban e incluso adoraban deidades que hacían alusión a los reptiles (como Quetzalcóatl).
Paradójicamente, hoy en día el aprecio desmedido de algunas personas por los reptiles puede ser más un mal que algo positivo. La compra de especies exóticas como mascotas y las colecciones privadas de ejemplares vivos han catapultado la extracción, venta y contrabando ilegal de animales silvestres. Este negocio afecta de manera especial a los reptiles, ya que en 2020 se estimó que 35 % de las especies comercializadas en internet se encuentran en riesgo de extinción (Marshall et al. 2020). Además, 79 % de las especies de reptiles comercializadas no están consideradas dentro de los listados de regulación comercial, como la CITES (Convención sobre el Comercio Internacional de Especies Amenazadas de Fauna y Flora Silvestres). Como muchos de los organismos traficados no sobreviven el traslado hasta su destino, a menudo en otro continente, para asegurar la entrega suele tener lugar una extracción desmedida de reptiles, lo que pone en riesgo la continuidad de sus poblaciones.
El comercio ilegal representa una gran amenaza para los reptiles, sobre todo para especies con necesidades tan particulares que solo viven en regiones pequeñas del mundo. No solo sufren los saqueos de individuos, sino que al reducir sus poblaciones la variación genética decrece y se les deja una escasa probabilidad de sobrevivir a enfermedades u otros eventos catastróficos. Muchas de estas especies, y con ellas sus beneficios, pueden desaparecer pronto a menos que protejamos sus hábitats o creemos condiciones para aumentar sus poblaciones y su variación genética. La buena noticia es que aun en zonas muy afectadas por las prácticas humanas existen elementos de vegetación que pueden ayudar a la conservación de los reptiles, por ejemplo, la vegetación ribereña.