Jovani Ruiz Toledo, David Alavez-Rosas
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Las abejas son fundamentales para los ecosistemas, ya que, a través de la polinización, contribuyen al equilibrio ecológico, la producción agrícola y la seguridad alimentaria. Si bien Apis mellifera, la abeja europea, es la más conocida por su domesticación y uso en todo el mundo, en regiones como Chiapas y Centroamérica, las abejas sin aguijón o meliponinos, son igual de importantes. Especies nativas como Melipona beecheii, M. solani y Scaptotrigona mexicana (Figura 1) son polinizadoras sumamente eficaces y han estado profundamente vinculadas a las tradiciones culturales, medicinales y espirituales de los pueblos originarios desde tiempos ancestrales.
Las abejas han desarrollado un sistema de comunicación química notablemente sofisticado. Utilizan feromonas para coordinar diversas actividades dentro de la colonia, desde la organización social hasta la defensa del enjambre, para seguir rutas hacia fuentes de alimento y transmitir esa información a otras compañeras, lo que les permite trabajar de forma colectiva con una precisión asombrosa. Esta forma de comunicación sensorial también es esencial para el funcionamiento dentro de la colonia, cuidar a las crías y mantener la defensa del nido frente a amenazas externas (Cruz-López y Alavez-Rosas, 2023). Sin embargo, este “lenguaje invisible” está siendo amenazado por plaguicidas neurotóxicos, como los neonicotinoides, que interfieren con los sistemas sensoriales de las abejas, incluso a dosis subletales. Estas sustancias afectan la forma en que las abejas detectan y procesan señales químicas, provocando desorientación, pérdida de memoria olfativa, reducción en la respuesta a feromonas e incluso cambios en su estructura cerebral (Palmer et al., 2013). Cuando las abejas ya no pueden percibir el entorno químico, su comportamiento individual y social se ve profundamente alterado. Esto no solo compromete su supervivencia, sino que también pone en riesgo algunos ecosistemas.
EL LENGUAJE INVISIBLE DE LAS ABEJAS: ANTENAS QUE HUELEN EL MUNDO
Las abejas no perciben su entorno únicamente con los ojos, también lo “huelen” con las antenas. Estos insectos dependen de un complejo sistema olfativo para detectar, interpretar y responder a señales químicas del ambiente. Este sistema está altamente especializado: las antenas están cubiertas por estructuras llamadas sensilla (sensillum, en singular; castellanizado como sensila). Cada sensila contiene una o varias neuronas sensoriales capaces de detectar moléculas específicas presentes en el aire, como feromonas y olores florales. En el interior de una abeja, estas señales químicas son procesadas en el cerebro, donde se forman memorias olfativas.
La comunicación olfativa es tan sofisticada que una abeja Apis, puede recordar la fragancia de un recurso valioso para la colmena, como resina o néctar, y compartir esta información con sus compañeras mediante la “danza del meneo”. Los meliponinos, aunque no realizan esta danza como Apis, presentan comportamientos igualmente elaborados guiados por señales químicas. Estas abejas dejan rastros de feromonas para marcar rutas hacia fuentes de alimento, reclutar compañeras o alertar sobre amenazas, y dependen de la detección precisa de olores florales para seleccionar fuentes de recursos para la colonia (Leonhardt, 2017). Este lenguaje invisible, compuesto por moléculas flotando en el aire, permite a las abejas comunicarse, orientarse, cooperar y sobrevivir. Cualquier alteración en este sistema, incluso si no causa la muerte inmediata del insecto, puede provocar una desorganización total en la vida de la colonia.
PLAGUICIDAS QUE APAGAN O INTERFIEREN EL OLFATO DE LAS ABEJAS
Los plaguicidas modernos no solo matan insectos por contacto o ingestión (Figura 2), muchos de ellos afectan funciones esenciales a nivel subletal, es decir, sin causar la muerte inmediata. Una de las consecuencias más preocupantes es la alteración del sistema olfativo de las abejas: su capacidad de oler se reduce o se distorsiona. Los plaguicidas dañan las sensilas olfativas, reduciendo la cantidad de neuronas sensoriales funcionales o interfiriendo con la transmisión de las señales hacia el cerebro. Esto implica que las abejas dejen de detectar feromonas de alarma, señales de localización de alimento o incluso el olor de su propia colmena. Es decir, pierden su capacidad de comunicarse y orientarse (Paoli y Giurfa, 2024).
En Apis, la exposición a dosis subletales de neonicotinoides se ha relacionado con una menor respuesta a feromonas de cría, disminución en la capacidad de aprendizaje asociativo-olfativo y pérdida de memoria a corto plazo. En meliponinos, los estudios aún son limitados; sin embargo, se ha observado que pesticidas comunes afectan su respuesta a estímulos florales y reducen el reclutamiento de forrajeras (Ruiz-Toledo y Sánchez-Guillén, 2014). Estas alteraciones ponen en riesgo no solo a los individuos, sino a la eficiencia colectiva de la colonia. Aun así, se requieren investigaciones adicionales para comprender plenamente la magnitud y los mecanismos de estos efectos.
Además, los plaguicidas también alteran la morfología del cerebro, en particular de regiones clave para procesar olores y generar memoria olfativa. Así, aunque una abeja pueda seguir volando después de haber estado en contacto con un plaguicida, su comportamiento se vuelve errático, su comunicación falla y su eficacia como polinizadora disminuye. Se trata de un efecto que no se ve a simple vista, pero que tiene consecuencias ecológicas profundas (Ruiz-Toledo et al., 2018).