septiembre 29, 2026, Puebla, México

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Venezuela, ¿hacia la VI República? / Carlos Figueroa Ibarra

El discurso de la presidenta encargada de Venezuela, Delcy Rodríguez, ante la 81.ª Asamblea de la ONU pronunciado el miércoles 23 de septiembre de 2026, ha sido interpretado por analistas como Juan Carlos Monedero o Inna Afinogenova entre otros, como la declaración informal del nacimiento de la VI República en dicho país. La afirmación de ser cierta equivaldría a cerrar la página abierta por el presidente Hugo Chávez cuando en 1999 asumió la presidencia de ese país. La V República fue la inauguración de un periodo en el cual Venezuela asumió como proyecto nacional la reivindicación de la soberanía política y la independencia económica frente al imperialismo estadounidense y el poner como horizonte la construcción del socialismo del siglo XXI. 

Parte fundamental de este proyecto fue la recuperación del petróleo y otros recursos naturales para la nación venezolana, el fortalecimiento de un área estatal de la economía, el reparto agrario y la construcción de un poder popular que nació primero con la promulgación de los Consejos Comunales en 2006 y en 2010 con la aprobación de la Ley Orgánica de las Comunas. La meta nunca alcanzada de este proyecto era el Estado Comunal, expresión política de un socialismo que aspiraba a hacer una creación propia y no copia de algún modelo externo. Fueron las transformaciones económicas y políticas que se construyeron a lo largo de una década, comenzando con la Constitución de 1999, lo que le dio sustento al llamar a ese proceso “Revolución Bolivariana”.

El discurso de Delcy Rodríguez como autocrítica.

El discurso de Delcy Rodríguez ante la ONU está planteando un nuevo momento para Venezuela. La lectura de su alocución, como el anuncio del fin de la República actual y el advenimiento de una nueva, fue expresada por ella de manera clara: “Quiero que de los escombros de la división levantemos los cimientos de una República nueva, plural, profundamente espiritual y en paz consigo misma”. De los planteamientos hechos por Delcy Rodríguez puede deducirse una suerte de autocrítica en la que expresa que Venezuela ha iniciado un proceso de transformación democrática hacia una “democracia plena”, lo cual sugiere que en el periodo anterior esta última no existía. También que se buscará una reforma jurídica que le dé seguridad a los inversionistas y hará que los ciudadanos no se sientan atropellados por un “poder arbitrario”, lo que también sugiere que era esto lo que existía antes del 3 de enero. Además, se buscará “una apertura política plena” que garantizará una democracia con una calidad alta de competencia electoral, la cual, puede inferirse, no estaba presente.

La autocrítica de la presidenta Rodríguez involucra un reconocimiento de un periodo de gran polarización: “Fuimos un país dividido entre trincheras” articuladas por el color de “las banderas partidistas” en vez de reconocer “el apellido común que todos compartimos: venezolanos”. Venezuela debe abandonar el “camino que permitió que el extremismo y la intolerancia se impusieran sobre la convivencia democrática y pacífica”. “Ni un partido, ni una facción: todos juntos arrimemos nuestro esfuerzo para el renacimiento de la patria próspera que merecen nuestras hijas y nuestros hijos”. Frases todas ellas que dejan el sabor de “la teoría de los dos demonios”: ambas partes serían igualmente culpables de la polarización. Si se observa lo acontecido en el primer cuarto del siglo XXI, hubo polarización en todos los países en los que se observaron gobiernos del progresismo posneoliberal. Era inevitable por la reacción derechista ante las transformaciones perseguidas por dichos gobiernos.

Los dolorosos costos de la estrategia de resistencia.

La estrategia imperialista de no arrasar con la dirigencia chavista, sino hacer que el chavismo desmontara al chavismo, fue aprovechada para ganar tiempo para la resistencia. La vía escogida por la dirigencia chavista después de la agresión militar y secuestro del presidente Nicolás Maduro y su esposa Cilia Flores, está implicando costos dolorosos.  Estos costos no son solamente medidas como la nueva ley de hidrocarburos o el acuerdo petrolero en el contexto de que la renta petrolera está controlada por los Departamentos del Tesoro y de Estado del gobierno estadounidense. 

Implica también humillaciones como la de escuchar el violento discurso de Trump en la 81.ª. Asamblea en la que se jactó de la invasión militar, la captura “del presidente forajido” y la declaración de que “el vencedor se lleva el botín”. Y después de escuchar las agraviantes palabras, tener que emitir una alocución en la que se agradece al presidente Trump y a su gobierno “por su disposición a retomar el camino de las relaciones diplomáticas y de cooperación con Venezuela”. Tener que hablar del bombardeo y el secuestro del presidente Maduro y Cilia Flores de manera eufemística: “la confrontación agudizada con los Estados Unidos de América”. Silenciar el nombre de Hugo Chávez. No mencionar al presidente secuestrado ni reivindicar su libertad. Mucho menos ir a visitarlo cuando se encuentra a 15 kilómetros de la sede de la ONU. Finalmente, entrevistarse con el invasor y aparecer sonriente en las fotografías.

He rechazado en artículos precedentes la acusación que con ligereza se ha hecho de que el secuestro de Nicolás Maduro y Cilia Flores fue producto de una traición fraguada días antes del 3 de enero por Delcy Rodríguez, Jorge Rodríguez y Diosdado Cabello. El secuestro fue imposible de evitar por la superioridad tecnológica del invasor y se escogió la no confrontación para evitar el aniquilamiento completo de la dirigencia bolivariana y una matanza de gran escala. El gobierno bolivariano no se desplomó porque se evitó la guerra asimétrica. También por la ausencia de un levantamiento popular acaso esperado por los invasores. Pero el gobierno quedó a merced de Washington y todo lo que ha sucedido desde entonces lo evidencia arrodillado y con una pistola en la cabeza. Los necios partidarios de la tesis de la traición presentan como pruebas de esta, las concesiones que ha tenido que hacer la dirigencia para preservar lo que queda de la revolución bolivariana.

Los objetivos de la estrategia de resistencia y sus costos.

Hay críticos del actual gobierno venezolano, como el periodista Marco Teruggi, que dicen que todas estas concesiones se hacen solamente para seguir conservando el poder por el poder mismo. Eso retrataría a los gobernantes venezolanos como personajes carentes de ética. Mi interpretación es que las concesiones se hacen no en función de un aferramiento sin sentido al poder, sino a una estrategia de resistencia. Esta estrategia tendría como objetivo principal derrotar a la derecha en general y en particular a la encabezada por la neofascista María Corina Machado. Lo han logrado hasta el momento, porque el imperialismo ha desestimado a esa derecha como interlocutora. Mientras Delcy Rodríguez se retrata con Trump, a María Corina Machado se le impide el regreso al país. Además del reconocimiento imperial, los gobernantes venezolanos buscan acabar con el estrangulamiento económico, lograr un crecimiento económico sostenido y con ello aliviar el castigo social que el bloqueo y la pandemia provocaron en el pueblo venezolano. Además de frenar a las derechas, la estrategia de la dirigencia bolivariana también busca mantener la base social chavista organizada en los consejos comunales y las comunas; esto es preservar el poder popular. Las manifestaciones masivas el día de la intervención de Delcy en la ONU, buscan mostrar que el chavismo sigue vivo. 

Con ello, la dirigencia bolivariana buscaría derrotar a esa derecha en las elecciones anunciadas en el discurso en la ONU. Dicha dirigencia también ha logrado postergar dichas elecciones, lo que le es útil para ganar tiempo a efecto de reconquistar la hegemonía en un contexto en el que el bloqueo, la pandemia y los terremotos han disminuido la popularidad del chavismo. Más allá del núcleo duro chavista, organizado en consejos comunales, comunas y bases del Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV), una década de privaciones han debilitado al gobierno bolivariano. Es muy difícil medir en cifras esta situación, como lo revela el promedio de los datos de encuestadoras no afectas al gobierno, que llevan la aceptación de este en apenas 10%, mientras que encuestadoras cercanas al mismo, como Hinterlaces y DataViva llevan su popularidad a un 80 y 90 %.

Pero ha sido grande el costo de las concesiones que implica la estrategia de la dirigencia bolivariana.  El chavismo se ha dividido  con respecto a la nueva Ley de Hidrocarburos, el acuerdo petrolero (cuyo documento suscrito por ambos países no se conoce todavía), el restablecimiento de relaciones con el genocida Estado de Israel, el permiso para presencia de tropas estadounidenses, la deportación de Alex Saab (convertido por Maduro en víctima del imperialismo estadounidense), el desmantelamiento de El Helicoide (centro de inteligencia estatal), la ley de amnistía, el restablecimiento de relaciones con el BM, FMI y BID. Figuras icónicas del chavismo como Elías Jauad, Luis Brito, Iris Varela, Eva Golinger y los 29 firmantes de la Declaración de Maracay del 26 de julio de 2026 se han pronunciado contra estas concesiones. 

Y cada vez es más evidente la distancia entre Cuba y Venezuela, como lo evidencia un mensaje de Joaquín Alonso ministro de Economía y Planificación de Cuba usando la palabra traición, una carta suscrita por el exministro de Cultura de  Abel Prieto deplorando las fotografías de Delcy Rodríguez con Trump y las declaraciones del viceministro de Relaciones de Exteriores Carlos Fernández de Cossío: “Venezuela es un país amigo. No diría aliado… aliado es una palabra demasiado fuerte”. ¿Podría ser de otra manera cuando 32 cubanos murieron defendiendo a Nicolás Maduro el día de su secuestro?

La invasión militar estadounidense del 3 de enero y el secuestro de Nicolás Maduro y Cilia Flores fue una derrota política y militar de gran envergadura para la Revolución Bolivariana. Puede entenderse que un hecho tan adverso obligaba a una estrategia de sobrevivencia en condiciones desesperadas. Por ello me parece aventurado interpretar la estrategia de la dirigencia chavista como la prueba de una intriga para entregar a Maduro. Pero hay que aceptar que las concesiones que se han estado haciendo para salvar el legado de Chávez pueden terminar siendo un abandono de dicho legado. ¿Sería esto la esencia de una eventual VI República?

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