Dice Tácito que la historia ha de contarse sin afición ni odio. Luis González contó la historia de su pueblo sin otra afición que a la verdad y sin otro odio que a las plagas de la historia patria: la guerra, la violencia, la intolerancia, la discordia, el abuso, la pobreza, y el desprecio de los de arriba por los de abajo.
Luis González escribió lo mejor de su obra en busca de la historia de la gente común, ésa cuyo nombre nunca llega a los presidiums ni a los libros de historia.
La realidad es experta en símbolos, no se diga la historia. Para mí, San José de Gracia es el nombre de un libro único, llamado Pueblo en vilo, y el recuerdo del historiador que lo escribió, Luis González y González.
Es un lugar sagrado de mi memoria personal y de mi memoria histórica de México, el lugar de una revelación.
Sobre ese lugar Luis González practicó la mayor de las artes historiográficas: escribir un gran libro de historia sobre un “pueblo sin historia”, un pueblo donde no se había registrado ninguna batalla memorable, donde no había nacido ningún prócer, ni siquiera había dormido uno.
Un pueblo nacido en las postrimerías del siglo XIX, sin linaje en la historia prehispánica ni en la historia colonial del país.
Un pueblo donde no pasaba nada sino la sucesión de la vida cuasi natural de una comunidad ranchera, católica, aguantadora y solidaria, pacífica al punto de que una de las cicatrices de su memoria era la esquina donde un josefino había sido muerto de un tiro.
Aquel pueblo sin historia era, sin embargo, el espejo de la historia de la inmensa mayoría de los pueblos de México, un espejo más fiel y más profundo del país que el de la historia nacional de estatuas y próceres que Luis González miró siempre con ironía.
San José de Gracia sigue siendo un pequeño pueblo y el espejo de miles de pequeños pueblos de México, pero ahora en una trágica transfiguración.
Es hoy la guarida de una célula del Cártel Jalisco Nueva Generación, con una jefatura oriunda del pueblo, que el domingo 27 de febrero, durante un velorio, fusiló a 17 miembros de una banda rival, a la vista de todos, y desapareció luego los cadáveres, sin que la fuerza pública apareciera.
Ninguno de los 11 mil habitantes del pueblo se ha atrevido a contar lo que pasó. En su deriva trágica, San José de Gracia ha dejado de ser un pueblo en vilo para convertirse en un pueblo tomado por el crimen.
Su tragedia dice lo que pasa en muchos otros pueblos invisibles del país. La transfiguración homicida de su espacio micro es un espejo de la transfiguración macrohomicida de México.
Apunte de San José de Gracia y Luis González
Leí Pueblo en vilo de Luis González en 1969, con un encantamiento similar al de Cien años de soledad.
Había en esas páginas una irrealidad gozosa, vecina de la de García Márquez, aunque el tema de Luis González no era un pueblo mítico, como Macondo, sino un pueblo cierto, llamado San José de Gracia, elocuente en su perfecto anonimato.
Era uno de tantos pueblos olvidados de México, vuelto la materia de un historiador cabal, dueño de su oficio y de una pluma inspirada, capaz de universalizar la pequeña historia de un caserío de doce mil habitantes que no había cumplido aún los cien años.
No había tenido lugar ahí ninguna batalla famosa, no se había firmado el plan de ninguna rebelión, ni había nacido ningún prócer.
Luis González vino al mundo el 11 de octubre de 1925 precisamente ahí, en San José, “un pueblo alto, minúsculo, ganadero y creyente, que sólo se unía a la República mexicana por su lengua, su religión y su odio al gobierno comecuras”.¹
Había en ese pueblo, escribió Luis González, “muchas razones para sufrir: frío, miseria, robos, asesinatos, desaparición de animales, muertes violentas, usureros, plagas, sequías y peleas que las más de las veces terminaban mal”.
Pero la crianza de Luis González no fue sufridora, sino apacible, ajena a los “coscorrones, pellizcos o palabras malsonantes”. No aprendió a ver el entorno precario de su pueblo con ojos melancólicos o doloridos, sino con una mirada tolerante, capaz de asumir sin aspavientos las aristas duras de la vida.
Dice Tácito que la historia ha de contarse sin afición ni odio. Luis González contó la historia de su pueblo sin otra afición que a la verdad y sin otro odio que a las plagas de la historia patria: la guerra, la violencia, la intolerancia, la discordia, el abuso, la pobreza, y el desprecio de los de arriba por los de abajo.
Luis González escribió lo mejor de su obra en busca de la historia de la gente común, ésa cuyo nombre nunca llega a los presidiums ni a los libros de historia.
[1]“Egohistorias. Minuta de un viaje redondo”, en Obras, El Colegio Nacional, 2002, vol 6. p. 513, 515.
