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2 Marzo 2021, Puebla, México.

Historias de COVID y otras encrucijadas / Alberto de la Fuente, empresario

COVID 19 en 2021 | Crónica | 17.FEB.2021

Historias de COVID y otras encrucijadas / Alberto de la Fuente, empresario

Alberto de la Fuente y de la Concha

Voces en los días del coronavirus

Bien lo dijo Forest Gump, la vida es como una caja de chocolates, nunca sabes lo que te va a tocar. Y es la puritita verdad. Esta emblemática frase de alguna forma ha marcado mi vida. Nunca sé que lo que me depara el destino. Hubo un tiempo en el que pensé,  mi historia era un tanto aburrida, que se perdía entre tantas otras más.

 Ahora empiezo a desistir de esta teoría. Echando la película para atrás ya no estoy tan seguro de eso. Más bien me considero un ser ordinario al que le han sucedido cosas extraordinarias. Soy un sobreviviente y un terco aferrado a este extraño mundo. Cuando fui liberado de mi secuestro hace 3 años, creí que la vida finalmente me otorgaría una tregua, jure me la merecía. Por dos años viví de manera intensa y hasta puedo asegurar que esos 290 días que me arrebataron los supe multiplicar con creces. Porque una cosa es vivir y otra es vivir intensamente.   Yo opte por la segunda opción. Y a pesar de la amargura que pude desarrollar dentro de la caja, decidí ser feliz.

Pero la tranquilidad duro poco, dicen que cuando el mar está demasiado tranquilo es que se avecinan las tormentas más peligrosas. Esta vez no tendría que temerle al hombre sino a un enemigo casi imperceptible para nuestros ojos, pero igual de letal. La próxima aventura, estaba por tocar mi puerta pero esta vez también la de toda la humanidad. Esta plaga bíblica de consecuencias aún desconocidas, esta vez azotaría a casi a todos, pues afortunadamente los niños de este planeta han sido milagrosamente cobijados y protegidos de este minúsculo gigante.  Si no, en verdad imagínense el drama. Yo puedo con todo, menos imaginarme a un hijo entubado. Cuando se empezaron a oír los primeros casos de coronavirus en China, fui escéptico como la mayoría. Con una rapidez vertiginosa, el bicho cruzo continentes y empezó hacer de las suyas. Se escuchaban todo tipo de teorías sin fundamento.

Y entonces finalmente se decretó el confinamiento. Mismo que yo por meses afortunadamente pude seguir al pie de la letra. Pero yo tenía una ventaja competitiva que la mayoría, había entendido por la mala, que la libertad es mucho más que salir a correr y no toparte con un muro. La libertad radica en la capacidad de decidir cómo afrontar la adversidad. El ¨encierro voluntario¨ puedo decir que fue una de las etapas más bonitas de mi vida, porque tuve el gran privilegio de estar con las personas que más quiero en este mundo. De tener una máxima convivencia con mi tribu, de recuperar el tiempo perdido y volver a tejer esos vínculos que nos intentaron destruir sin éxito. Desafortunadamente, al parecer tengo incrustado en  el fondo de mis entrañas, una especie de imán cósmico que atrae invariablemente todo tipo de desafíos y pruebas. Y es que justo ahora, que mi vida se había estabilizado y que de alguna forma estaba recuperando mi sintonía y mi propio ritmo, sucede nuevamente un giro inesperado que ha puesto mi mundo patas para arriba. Y es que justo esta semana, a punto de subirme a un avión y hacer un viaje que planeé desde hace meses,  me entero que tengo COVID.  Soy portador de esta maldita enfermedad que durante el último año ha azotado a la humanidad y matado tanto a los escépticos como a los que su suerte ya estaba echada.

Voces en los días del coronavirus 2020 / Actitud, esa pequeña gran palabra que vencerá la pandemia / Alberto de la Fuente, empresario

Actitud, esa pequeña gran palabra que vencerá la pandemia / Alberto de la Fuente, empresario

Confieso que esta ruleta que se llama vida aún no la logró descifrar. Y como acertadamente dice Benedetti  -Cuando creía tener todas las respuestas, me cambiaron de pronto todas las preguntas- o como también diría mi sabia madre -La vida va por donde se le va la rechingada gana-. Cuando esta plaga comenzó, en verdad fui bastante cuidadoso y la tomé bastante en serio. No fue por miedo sino por respeto a lo desconocido, por respeto a mis semejantes, pero sobre todo por respeto a la vida. Que hasta el día de hoy la sigo considerando como el mayor presente. Pero confieso, que de alguna forma, para mis adentros, estaba seguro que había logrado sellar un pacto secreto con el de arriba, para no ser molestado por la muerte, por lo menos en un muy buen rato. Yo ya había ganado la partida y sin hacer trampas. Había aprendido muchas de las lecciones que solo el dolor te puede dar. Ahora era tiempo de que Dios o esa presencia suprema que sé que existe, respetara su parte del trato. Hoy ese acuerdo está pendiendo en alfileres. Muchos dirán que soy un exagerado, pero estos ojos conocen de casos cercanos de gente que no libró la batalla. De buenos amigos.

Como abogado que soy, creo que lo justo es  analizar a fondo quién de las dos partes violentó las cláusulas de este tratado. Es bien sabido por todos, que en cualquier acuerdo de voluntades, quién incumple siempre será penalizado. Ya hora que lo razono, y analizando con lupa mí caso, puede que yo sea el único responsable de lo que hoy le pasa a mi cuerpo. Si por muchos meses me cuidé, fue realmente por cuidar a mi rebaño, pero yo en el fondo me sentía inmune, no solo del bicho sino de cualquier otra calamidad. Este síndrome en verdad existe y sucede cuando alguien ha vivido una experiencia muy fuerte y se sobrepone a ella. Estaba convencido de que un rayo no caía dos veces en el mismo árbol. Con el paso del tiempo, fui bajando la guardia y cedí un poco hacia el néctar de ese fruto prohibido llamado libertad. Olvide lo aprendido en la caja. No es que me molestara vivir como ermitaño, como quiera eso lo había aprendido a dominar bien, lo que en verdad me hacía ruido era cuartearle la niñez a mis pequeños hijos.

Así que sin ser plenamente consciente, o tal vez sí, rompí las reglas del confinamiento. Además todo mundo parecía que en verdad el virus no existía o por lo menos actuaban como tal. El único remordimiento que tuve al relajarme un poco, era que me pasara algo a mí, pero de cierta forma ya me había creído mi invencibilidad. Fuimos, bájamos y subimos. No es que fuera a fiestas o reuniones, pero estaba obsesionado con darles a mis hijos la mejor infancia. Nada parecía sucedernos, creí que con tapabocas, vitamina D y anti bacterial era suficiente. Además en mi entupida lógica, había gente que se portaba aún peor. El instagram y las redes sociales me lo confirmaban todos los días. Seguramente esos libertinos caerían primero, porque según yo la vida se fija en esos detalles. Pues como era lógico no fue así, después de un año de pandemia  y con la anhelada vacuna a escasos centímetros de poder tocarla, el destino me volvió a jugar nuevamente una mala pasada. No sé por dónde me alcanzó el bicho, pero sospecho el enemigo siempre estuvo en casa.

Como haya sido, el resultado ahora es el mismo. Me quedan a partir de hoy dos semanas para reafirmar o no de qué madera estoy hecho. Si la voluntad divina quiere que siga participando en este extraño juego llamado vida aquí seguiré dando batalla. Y solo será una raya más al tigre. Yo soy muy terco y lo he demostrado antes, además tengo suficientes razones para seguir anclado en el mismo puerto. Miedo de morir confieso no tengo, ya pasé casi un año de mi vida pensando diario en ese sentimiento, pero miedo de abandonar a quien no debo, sí.  Hoy nuevamente tengo la oportunidad de escoger cómo voy afrontar esta enfermedad, creo que la respuesta es la de siempre que me caigo: ¡con absolutamente Todo!!!!!

Alberto de la Fuente y de la Concha

17 de febrero 2021