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14 Junio 2021, Puebla, México.

  La palabra, oral y escrita, universal, eficiente y duradera / Günter Petrak, escritor

Cultura | Crónica | 10.JUN.2021

La palabra, oral y escrita, universal, eficiente y duradera / Günter Petrak, escritor

Günter Petrak

 

Entre mis recuerdos más tempranos está la sensación de desamparo que provocó la ausencia de mi madre después de haberme dejado por primera vez en el kínder, la atmósfera del cuarto llamado “la vigilancia” donde alguno de mis familiares pasaba por mí después de las clases, el peso de la mochila de cuero que llevaba sujeta a mis hombros, los dedos manchados de tinta y la vista de un silo frente a la estrecha puerta de la vigilancia, a un costado de la cual estaba el portón de una hacienda por donde cada día cruzaba una carreta arrastrada por una mula.

Pertenezco a una generación que aprendió a escribir con plumilla y tintero. En los pupitres había una abertura para colocar el frasco con tinta y a la par de la pluma era indispensable contar con un papel secante.  Por supuesto, además de la plumilla, aprendí a usar lápices, de grafito y de colores, bolígrafos (pluma atómica les decíamos) y gises. Durante décadas fueron esos, junto con los libros y las máquinas de escribir, mis instrumentos de aprendizaje, de expresión personal y, finalmente, de docente.

A principios de los 70 tuve mi primera Lettera Olivetti y más de quince años después adquirí una máquina de escribir con una pequeña pantalla donde podía teclearse un par de líneas antes de dar la instrucción para imprimirlas. Fue en los ochenta cuando usé por primera vez una computadora y el programa WordStar. Aún no se había inventado el “mouse” de modo que era indispensable la asesoría de un experto para aprender las combinaciones de teclas para escribir y guardar lo escrito en la memoria de la computadora o en un disquete. Más tarde llegarían el ratón, el WordPerfect, precursor del actual Word, las pantallas coloridas y con imágenes y todos esos gadgets de los que en la actualidad es casi imposible desprenderse.

Con la cuarentena por la Covid19 surgieron o se perfeccionaron programas como Skype, Teams, Zoom… Más de un año he estado impartiendo clases en línea, he desarrollado habilidades que no niego me son y serán útiles, conocí nuevos programas para diseñar infografías, hacer presentaciones y editar videos, pero extraño el rumor y el calor de las aulas, añoro mancharme los dedos y el pantalón con restos de tiza, o por lo menos, escribir con plumones de colores en un pizarrón blanco. Con un sadismo indulgente quisiera volver a los tiempos en que con bolígrafo rojo señalaba los errores gramaticales o escribía sugerencias para mejorar el estilo de redacción. A veces odio las nuevas tecnologías y formas de impartir cátedra, pero al final me consuela la única, la inevitable, la infalible verdad de la docencia: no hay mejor instrumento didáctico, no hay tecnología más universal, eficiente y duradera que la palabra, oral y escrita.