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3 Diciembre 2022, Puebla, México.

La bandera ensangrentada. Memoria de un patriota

Cultura | Ficción | 5.SEP.2021

La bandera ensangrentada. Memoria de un patriota

Un cuento de Oscar Hernández López

 

Homenaje a Margarito Suazo, héroe de la batalla del Molino del Rey

(Ilustraciones realizdas por Oscar Hernández López)

Eras muy pequeño cuando te tuve en mis brazos por primera vez, apenas tenías tres días de nacido, llorabas. No recuerdo bien cómo viniste al mundo pues los dolores del parto me hicieron perder el sentido. Entre sueños escuchaba las voces de algunas mujeres, resaltaba la de doña Ágata la partera, daba órdenes, alzaba la voz para pedir agua, algunos trapos y no sé qué más. Recuerdo vagamente que me dijo:

            -Quédate quieta muchacha, no te muevas tanto. -Me pidió que abriera las piernas lo más que pudiera y que mordiera la almohada con todas mis fuerzas, yo solamente pensaba: -Virgencita, ayúdame, que se salve mi criatura, aunque yo muera -y me desvanecí.

      Pronto olvidé el sufrimiento, ya te tenía conmigo, lo demás poco me importaba, ni siquiera el haber perdido mucha sangre ni lo débil que estaba.

 

 

-Se llamará Margarito -dijo tu abuela sin pensarlo mucho, yo no me opuse.

-Sí, doña Anita, para que siempre se recuerde al héroe que fue su padre -agregué con entusiasmo.

Pocas semanas después parecía que volvía la calma, los gringos se habían ido, bueno, casi todos porque algunos se quedaron para siempre, sobre todo esos güeros que vinieron de Europa, los que combatieron por pan y la promesa de una nueva nacionalidad, los que se unieron a los nuestros y se escaparon de ser fusilados por traidores, les decían los patricios.

Tu padre se enroló con el General Antonio De León.

-¡Nos derrotaron en Padierna, pero aquí los venceremos! -dijo Margarito antes de unirse al batallón Mina. Ya había combatido a los gringos en Veracruz, sobrevivió a las balas peleando junto al padre Jarauta, ese cura español que formó la guerrilla más temida por los gringos, y más cuando un Huamantla mataron al capitán Sam Walker.  Unos se fueron para Tlaxcala y a tu padre lo mandaron a defender la capital.

De León era uno de esos militares a los que les llamaban realistas, cuando éramos propiedad de los españoles, pero con el plan de Iguala cambió de bando y juró defender a la nueva nación y su bandera aún a costa de la vida, y así lo hizo.

Tu padrino Genaro fue de los pocos sobrevivientes de aquellas terribles batallas, todas las perdimos.

–¡Ya no tenemos municiones! -gritaban desesperados-, ¡hay que detenerlos como sea!

-Era un caos -nos platicó más tarde, casi murmurando y a punto de llorar. Recordaba el episodio.

-Los gringos pensaban que ahí en el Molino se fabricaban cañones… si hubiéramos tenido cañones no habría caído Churubusco.

Sentado ahí en esa silla, nos platicó cómo fueron esos días y cómo murió tu padre, defendiendo a la patria con honor, se llevó a muchos gringos por delante, peleó como tigre.

-Genarito -le dijo tu abuela-, platíquenos otra vez cómo fue esa batalla.

Doña Anita insistió: -Pa’que Lupita se la aprenda bien y se la cuente al niño cuando crezca. Que sepa que su papá fue un héroe.  

Genarito encendió un cigarro, le dio un trago al tanguarniz que Anita le había ofrecido, se quedó pensativo unos segundos, dio una fumada profunda inundando la cocina de humo, y comenzó su relato.

-Pensaban que había harta pólvora y grandes cañones, fue por eso que se lanzaron varias columnas sobre el Molino, nosotros ya no pudimos organizar una buena defensa.

 

 

Genaro levantó la cabeza, los ojos le brillaban, había lágrimas contenidas.

–Cometimos muchos errores -agregó tu padrino-, comenzando por el alto mando.

Apesadumbrado, continuó su relato:

-Con decirles que el General Santa Anna se fue a dormir a Palacio. No hubo un líder en la batalla, cada quién luchó como pudo, con valentía, pero sin orden.

Moviendo la cabeza con gran pesar Genarito continuó relatando los terribles momentos vividos aquel 8 de septiembre.

–Los dos bandos peleábamos con gran fiereza, pero los gringos lograron avanzar, se apoderaron del acueducto, ahí la lucha fue cuerpo a cuerpo, ¡ellos eran grandotes!

Genaro estiró la mano hacia arriba señalando la gran estatura del enemigo. –Pero los nuestros no se apantallaron, los grandotes caen más fuerte, y fueron muchos los gringos que cayeron.

Hizo una breve pausa y dio una fumada más.

-Con decirles que de los catorce oficiales que iban al frente de los suyos, once pelaron gallo, -dijo mi compadre con cierto orgullo.

Genaro tomó su vaso, lo vio vacío y discretamente extendió su brazo, Anita leyó su intención y se lo llenó de tanguarniz nuevamente. Genaro dio un trago y se limpió la boca con la manga de su camisa.

 

 

–La artillería enemiga atacó con gran fuerza por los flancos, era imposible resistir, el General Pérez dio la orden de retirada y sus hombres abandonaron la lucha, se fueron a Chapultepec corriendo por la milpa.

Ya sin defensa, cayó en sus manos la Casa Mata. Se hizo un espacio de silencio, Genaro dio una última fumada a su cigarro y lo apagó en el piso, aplastó la colilla con su huarache, el piso de la cocina era de tepetate. El hombre quería llorar, quién sabe cuántos recuerdos se agolpaban en su memoria, muchos valientes que aquel día murieron eran sus amigos, compañeros de lucha, patriotas anónimos.

 –El coronel Echegaray juntó a los que pudo y emprendieron la retirada -siguió narrando Genaro-, lo mismo hicieron los soldados del Batallón Mina, se fueron por la milpa rumbo al bosque disparando todo el tiempo.

Contuve la respiración, sabía que venía algo fuerte.

-¡Que no lo diga! -deseaba en mi interior, pero al mismo tiempo quería saber cómo peleó Margarito.

Otro trago al tanguarniz, no supe si fue para limpiarse la garganta o para esconder el llanto.

–Ya habían matado al General León -continuó Genarito-, él y el coronel Balderas vendieron caras sus vidas, Margarito también, pero mi compadre protegió la bandera con su propia vida.

 

 

Tu abuela no pudo contener el llanto, recordaba los últimos momentos de tu padre, pero no quería interrumpir a Genarito, dejó que siguiera narrando.

-Margarito Suazo, mi querido compadre, siempre estaba en el frente, yo cuidaba la retirada, disparaba al enemigo para proteger el repliegue, pero Margarito no retrocedía, ya estaba herido, sangraba mucho y así rescató la bandera de su batallón, del Batallón Mina, mató a muchos que quisieron mancillarla, sorteando las descargas llegó al edificio, ese que está por allá.

Con el índice Genaro señaló el rumbo del Molino del Rey.

Tu padrino se tomó lo que quedaba de su segundo vaso de licor, encendió otro cigarro y dio otra larga fumada, me miró fijamente y moviendo la cabeza en señal afirmativa continuó su relato.

-Margarito se quitó la guerrera y la camisa y luego, se enredó la bandera, muy pegada a su cuerpo, como sellando las heridas, y se vistió de nuevo, siguió luchando pues había muchos enemigos que querían matarlo, varias bayonetas lo atravesaron y moribundo logró retirarse, se les peló a los gringos, así entregó su vida protegiendo la bandera con su cuerpo.

El exsoldado sollozaba. Anita soltó el llanto, esta vez no lo contuvo, Genarito estaba quieto, muy quieto. Yo me acerqué a tu abuela y la abracé, sobraban las palabras. Cuando la solté, entró en su cuarto, volvió con una caja y me dijo:

-Lupita, esta es la bandera que rescató mi hijo, por la que dio su vida, guárdala tú, dásela a mi nieto cuando crezca.

-Y creciste -afirmó Lupita. -Seguirás los pasos de tu padre, el héroe del Molino del Rey, y mírate ahora, estás por ingresar al Colegio Militar, tienes que reportarte con el general Álvarez Valenzuela, él es el director.

La patria necesitaba en esos momentos nuevamente de sus valientes hijos.

-Ahora te toca a ti defender la bandera y combatir al invasor extranjero, olvida las luchas internas, más importante que ser liberal o conservador, importa ser buen mexicano, sentir en lo más profundo de tu ser, la indignación por otra guerra injusta, por la invasión de otro ejército extranjero -dijo Lupita y le dio un beso en la frente.

Lupita entró al mismo cuarto del que años atrás Anita, su suegra, había sacado la bandera con la sangre de Margarito para dejarla bajo su custodia.

-Esta caja la guardé por años, más de 15, ya que serás militar, nadie mejor que tú para conservarla, tómala, cuídala, defiéndela. Que sea tu más grande tesoro. Haz que todos la respeten pues tu padre dio la vida por ella, él nos enseñó con su sacrificio que la patria es primero.