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5 Diciembre 2021, Puebla, México.

La otra frontera, 1990. La Tijuanita guatemalteca. Para entender el 2021 / Parte 3

Sociedad | Crónica | 24.SEP.2021

La otra frontera, 1990. La Tijuanita guatemalteca. Para entender el 2021 / Parte 3

Sergio Mastretta

Foto de Whitmer Barrera, Prensa LIbre

 

La Tijuanita guatemalteca

1. Tecún Umán es la Tijuanita guatemalteca, tierra de nadie, dominio de polleros, lenones, matronas, atracadores y elementos de la Guardia de Hacienda, el cuerpo policiaco al que teme el común de los chapines. Es un caserío húmedo de madera que en el día vive en torno de los autobuses con sus pasajeros que llegan de la capital y de noche en los congales con sus muchachas de a 20 quetzales. A todas horas el movimiento pollero: muchachos en taxis-triciclos revolotean como moscas en la pollería, abruman a los viajeros con tipos de cambio dólar-peso-quetzal, marchantean sin escrúpulos sus servicios a Ciudad Hidalgo -el poblado al otro lado del río-, a Tapachula, al Distrito Federal, a Los Angeles.

Ese canche -me dice uno-, ¿vas al otro lado? Cien mil pesos hasta Tapachula, 200 dólares a Tijuana. Va asegurao, si lo retachan, vamos de nuevo. Y enciérrese en un hotel -añade-, que no lo vean en la calle después de las siete de la noche.

2. En la caseta de Migración, en la zona del puente, se detiene un autobús; directo de Acayucan, trae una remesa de 40 deportados, la mayor parte salvadoreños. Hoy es un día cualquiera de mayo, un día tranquilo: a las dos de la tarde sólo han llegado dos camiones, y regularmente son cinco o seis. El agente mexicano baja lista en mano y se mete en la oficina de sus colegas guatemaltecos. Tras él bajan los ilegales con sudor de tres semanas. Si les va bien, no les cobrarán una multa de 20 quetzales, único beneficio inmediato que México obtiene tiene de las deportaciones masivas. La mayor parte conoce el lugar. De aquí partieron, de aquí lo volverán a intentar.

Como José de Jesús Rosales, desempleado, con 22 años y cero pesos en el bolsillo. Sale de El Salvador con 600 colones (75 dólares). Pasa por Tecún el viernes 10 de mayo por la noche. Cruza el río a nado junto con otro salvadoreño ya residente en Estados Unidos, ayudados por un cipote (chavo) mexicano de 14 años. Toma un pesero minibús a Tapachula. Los agentes en la caseta de El Manguito no le piden papeles. Utiliza el sistema más socorrido por los pollos que viajan libres: trepa a un carguero con otros 60 ilegales y sube y baja de los trenes, libra las casetas migratorias de El Hueyate, Arriaga, en Chiapas, y La Ventosa, en Oaxaca. En el istmo cambia de clase ferrocarrilera y se acomoda en el tren pollero que por módicas 24 horas y regalados 11 mil pesos une a Tapachula con el puerto de Veracruz. A la altura de Matías Romero lo asaltan a mano armada. Rescata cinco mil pesos y sigue el viaje. Si llega a Veracruz trabajará un tiempo, lo necesario para agarrar camino. Pero lo detienen en Tierra Blanca. No se defiende, no intenta pasar por mexicano. Tampoco tiene los 50 mil pesos que le pide el agente para dejarlo ir.

Sentado en una banqueta en Tecún Umán, recién deportado, rumia el hambre y la indecisión de pedir un "raite" a El Salvador.

3. En Tecún, algunas imágenes de la soledad femenina extraviada en México.

Elizabeth Montero, madre de tres hijos, soltera, trajo sus 27 años a México por Talismán. Salió de San Salvador el 12 de mayo con 400 dólares y medio millón de pesos en la bolsa. Sentada en un rincón en los separos de Migración en Tapachula escucha a otra muchacha detenida contar que a Elizabeth la estafaron en Guatemala con una visa falsa. No le pidieron papeles en todo Chiapas, corría con suerte. En La Ventosa la bajó un agente que revisó el documento. "Por dios -dice Elizabeth-, ya iba llegando."

 

Tecún Umán, Guatemala. Camareros en un día cualquiera de mayo en el río Suchiate. Al fondo, el lado mexicano.

 

Carmen García, peruana de 29 años, soltera, madre de dos niñas y secretaria de profesión, el 26 de abril lleva ya una semana detenida en los separos que Servicios Migratorios tiene en la calle de Agujas, en Iztapalapa. Quería vivir un tiempo en el Distrito Federal, trabajar y prepararse para el viaje a Estados Unidos. Detenida en La Ventosa junto con Rocío González, maestra de escuela en Lima, espera a que sus familiares reúnan el costo del pasaje de regreso. Salieron de su país a principios de abril con cuatro mil dólares que les dejaron liquidaciones en chambas y venta de garage. Viajaron a Panamá por avión. De ahí vinieron por tierra. Cruzaron el río por Talismán. Ahí contrataron un auto particular que las llevaría a Juchitán por 700 dólares. El hombre las abandonó antes de la caseta de Arriaga. Rodearon la ciudad y tomaron el autobús en el que las detendrían en La Ventosa.

Julieta Rodano, maestra de escuela salvadoreña de 23 años, madre soltera, espera el jueves 6 de junio con otros 109 indocumentados su traslado al CERESO de la ciudad de Puebla Los detuvieron la noche anterior dos policías de caminos a la altura del kilómetro 213 de la autopista a Orizaba. Iban en el interior de una caja thermokin de un tráiler bananero, bajo una tarima que soportaba varias toneladas de plátano del Soconusco. Llevaban 24 horas encerrados, en viaje directo desde Ciudad Hidalgo, frontera con Tecún Umán. Cuando los agentes abrieron las puertas de la caja, el hedor espeso de la furia y la asfixia ilegal se les vino encima. Los policías desenfundaron sus armas para contenerlos. Julieta, al fondo de la caja, comprendió que había perdido los 1,200 dólares que los polleros cobraron por el viaje.

Alba Moreno, salvadoreña de 24 años, fue detenida a mediados de abril en Apizaco, junto con su compañero Luis Ovidio, ex-soldado del ejército de su país. Venían en el tren de Veracruz. Bajaron antes de llegar a la estación, pero se toparon con un grupo de judiciales federales en operativo que al verlos los amagaron con unas escuadras relucientes. Alba iba por primera vez a Los Angeles, de la mano de Luis Ovidio, un bracero reciente que huye de la guerra en su país. "A su hermano lo mató la guerrilla, era soldado como Luis, salía de franco del cuartel y ya no llegó a casa. Apareció muerto en una zanja con un tiro en la cabeza y una bandera de los subversivos enredada en el cuerpo. Luis tiene miedo. Se fue, ya conoció, regresó por mí. Es nuestra suerte salir rechazados".

4. A la orilla del Suchiate dos mujeres lavan ropa y bañan a sus hijos. Son del Quiché, huyeron de la guerra hace tres años. Ellas no saben que ACNUR les reconocería su situación de "refugiados dispersos". Ahora trabajan con sus maridos en las fincas de la región. Los niños juegan y le devuelven al río su rostro natural.

A unos metros atraca un camarero mexicano; hoy trabaja México, mañana Guatemala, una y una, en el mejor los tratados bilaterales posibles. Julián López, camarero desde hace tres años, es un hombre de Huixtla que sobrevivió a un ataque a machetazos en un pleito de bolos. Perdió el movimiento de la mano pero no el jalón de sus piernas y brazos. Ahora transporta al comercio hormiga. Desembarca una mujer con tres cajas de jabones y pastas Colgate y otros artículos mexicanos. Embarca una señora mexicana con la canasta repleta de legumbres. Las dos se explican: Guatemala es baratísimo para los del otro lado del río: un trajecito de mezclilla para niño cuesta aquí 30 quetzales, 18 mil pesos; en Ciudad Hidalgo no se consigue por menos de 30 mil. Y los betabeles, la media docena cuesta seis mil pesos en México contra 900 en Tecún. La ventaja mexicana está en su industria: jabones, pastas y galletas pasan por toneladas, hormiguita tras hormiguita.

5. En el bar Loros una matrona y dos muchachas, salvadoreñas las tres, preparan sus cuerpos para la noche. Las llama el policía de Hacienda con el que yo tomo unas cervezas.

- ¿Te gusta esta piernuda? -me dice el hombre nacido en el oriente de Guatemala, y aprieta el muslo de una chinita-, te hará feliz por 20 quetzales. ¡Doce mil pesos, te das cuenta!

Y luego entra en confianza. En Guatemala hay una guerra, dice, los subversivos quieren el comunismo y los militares están para impedirlo. En esa guerra él ha matado a muchos. En 1981 trabajó en la capital, persiguió y torturó a los estudiantes. Jodidos, dice, apoyaron a la guerrilla, eran ellos o nosotros.

La chinita lo trae al presente. Antier apenas entró un operativo del ejército y la policía en Tecún. Dos días con sus noches para detener a más de 500 extranjeros. Las mujeres del Loros se salvaron por el apoyo del policía y 50 quetzales para un sargento.

"Maldita soledad -canta el policía con Cornelio Reyna en la sinfonola-, cuándo se irá, cuándo se irá mi mala suerte".

6. En el hotel Vanessa detuvieron en el operativo de ayer a 180 ilegales. Poco importa. Cuento ocho muchachos en shorts sobre la banqueta. En algún momento llegará el pollero por ellos.

La ruta de la pobreza

Arriaga, Chiapas, es el tercer puesto de control que Servicios Migratorios ha dispuesto desde la frontera. A 250 kilómetros de Tapachula un equipo de 18 agentes se turna entre la garita y las brigadas volantes en la línea del ferrocarril, la carretera y los caminos de extravío. A la medianoche del 23 de mayo, a un lado del camino entre Tonalá y Escuintla, la volanta espera el paso de los camiones de segunda. Poco a poco llenan el minibús con guatemaltecos y salvadoreños, los indocumentados más asiduos al tránsito hormiga, ilegales sin pollero, muchos de ellos deportados apenas la semana anterior. Es una jornada cualquiera para los agentes. Para unos inicia el turno; para otros empezó doce horas antes. Esperan pacientes, apenas atentos a los escapes de trailers y tortons rezagados en su viaje nocturno hacia el centro del país.

Hay quince gentes en el minibús, tres de ellos niños. Algunos tienen ya dos horas detenidos. Una muchacha canta el himno guatemalteco para convencer al agente que es de Tecún Umán y va a trabajar de sirvienta a Tonalá. Un flaco, chinito, es de Puerto Barrios, estudiante de leyes. "La propia necesidad obliga al hombre -dice-. En Guatemala los huesos están cortados".

Su compañero, risueño, al que los agentes han detenido hasta ocho veces, es albañil en Los Angeles. Dice que gana nueve dólares la hora, ya con rebaja.

- En Guatemala, 20 quetzales diarios -dice-. Sólo que seas cabrón.

- ¿Por qué no agarraste pollero? -le pregunto.

- El pollero te mete la pija.

Otro detenido, José Arias, albañil de 18 años, hijo de campesinos, fue deportado desde San Antonio Texas en avión hace tres semanas. Ahora lo intenta de nuevo. "Pasé por Tecún Umán, solo, con un mapa. Caminé mucho, rodeé la garita El Manguito. Subí al tren en Huixtla, no me detuvo Migración, hay que tener fibra, caminé detrás de ellos. Luego camioneta, así a Juchitán, a Oaxaca, a México. Total: 800 quetzales (480 mil pesos) hasta la frontera. Al cruzar pedí dólares a mi hermano en San Francisco. No conocía. Si supiera, no compro boleto hasta San Francisco. Si supiera que había casetas, no estaría aquí".

Al sur de la carretera, la tormenta ilumina el Pacifico. En la cabina, nadie habla, queda el murmullo de los sueños centroamericanos interceptados por los agentes de Migración. En la penumbra, alguien aplaude, lento primero, hasta alcanzar el ritmo de una cumbia. Los ilegales ven caer la luna.

A la una de la mañana abren la reja en la cárcel municipal de Arriaga. Tres policías despatarrados sobre las hamacas ni se inmutan. Pasan lista a los detenidos. Separan a mujeres y niños, a las que alojan bajo un tejabán. Los hombres se pierden uno por uno en la oscuridad del calabozo. El hedor es el común a cualquier cárcel del estilo en el país: ahora en el espacio de seis metros cuadrados se apachurran veinte ilegales.

- Periodista -gritan desde la penumbra-, mire cómo nos tienen, aquí le meten la pija a uno.

Se asoma un muchacho:

Señor, me golpearon ahí en la vía, fue uno de Migración - muestra a la luz amarilla del patio carcelero un magullón en la cadera.

- No te hagas, te raspaste le dice el agente de Migración.

- No les crea, amigo -añade desde la hamaca el sargento municipal-. Son salvadoreños. Si los dejara, hasta la hamaca me quitaban.

En la celda vecina un mexicano asoma las narices. Es un pollero detenido apenas, de la banda de los "Caribe coolers", como la bautizaron los de Migración: metían a dos ilegales en la cajuela de una Caribe, les cobraban un millón a cada uno por pasarlos por la estación de Arriaga.

- Me pusieron el dedo --garraspea. Su rostro es un bigote perfilado a la luz amarilla del patio. Mañana, lo más seguro, su abogado interpondrá un amparo que lo dejará libre por la tarde.

Un poco después se impone el silencio en la cárcel. Los policías duermen en sus hamacas. De las celdas salen ronquidos iluminados por las brasas de los cigarrillos.

A las cinco de la mañana los agentes de Migración están despiertos. Barrio Guatemalita, en las afueras de Arriaga: casas de cartón dispersas en un páramo de huizaches. Han descubierto en una casa a un grupo de doce ilegales. Los traen hacia el camino, con el pollero identificado y agarrado del cinturón por el agente. Todavía está oscuro, se camina adivinando el sendero. En una bajada de la vereda, se suelta el pollero, forcejea con el agente, lo golpea en el pecho, echa a correr por el monte. Los disparos al aire no lo detienen. Los ilegales no se inmutan, la suerte del pollero no les importa.

De nueve a diez de la mañana Migración recorre "caminos de extravío" --brechas que recortan los ranchos ganaderos de la zona--, a lo largo de la vía férrea. No se miran pollos por ningún lado. Regresan a Arriaga por la estación de ferrocarril. Las vías corren paralelas a una serie de casas que dan a un carguero en espera de la orden de salida en el patio. Se bajan cuatro agentes en un extremo y dos más llevan la camioneta al otro. Son ocho góndolas vacías a las que han trepado veinte ilegales. La presencia de los agentes acarrea una cadena de chiflidos desde las casas. Los ilegales se descuelgan de las góndolas y se dispersan como hormigas bajo pie de infante. Los agentes corren tras ellos en medio de las mentadas de un público habituado a la escena y que toma partido por los extranjeros.

Algunos logran escapar. Los detenidos muestran el rostro común de la resignación.

Sigue el operativo. A las 11:10 dos salvadoreños son sorprendidos a las puertas del panteón. No oponen resistencia. Los cachean. Cantan el himno para probar su nacionalidad. "Saludemos a la patria...", arrancan muy solemnes...

- Qué bueno -dice uno, que confiesa haber sido detenido otras siete veces-. Una vacación, ya no aguantaba los pies.

Y cuenta que tiene más de un mes en el camino. Trabajó en el mango en Mapastepec, ahorró para hablar por teléfono a su hermano en Los Angeles. El lunes pasado tenía que llegarle un cheque de 500 dólares por Western Unión a nombre de su patrón, el ranchero Salomón Vázquez. Nunca llegó, le dijeron. Los agentes le prometen investigar la suerte de su dinero.

A las 12:30 seguimos en la ruta de la pobreza. Carretera Tonalá-Pijijiapán. Dos hombres descansan a la orilla del camino, recostados en un árbol. Reconocen a la camioneta cuando se detiene. Uno no hace nada, tiene fiebre y un cansancio tan pesado como el dolor de cabeza que lo mata. El otro brinca con el resorte del miedo, brinca la cerca de alambre perseguido por cuatro agentes. Claro que no anda en burro y a los cinco minutos los policías regresan derrotados. Retengo de la acción el rostro negroide del fugado, los dientes blanquísimos, apretados con todo el peso de su angustia.

Media hora después, en la estación La Polka, a veinte minutos de la carretera y a cinco del mar, un aguacero aguarda al tren pollero. Un piquete de soldados cruza el pueblo en un camión de redilas. Le llaman la guardia rural y los campesinos los miran con un temor que no reconoce fronteras en Centroamérica. Pasan indiferentes al aguacero. En un tendajón el radio ameniza la espera. "Como duende yo sigo tus pasos...", canta alguno, y los agentes sonríen. El tren trajo Sólo siete pollos. Agentes y ferrocarrileros se miran despectivos. Según unos, el precio por viajar en la máquina es de cien mil pesos por llevar al ilegal más allá de Arriaga. El viaje en góndola, según el pollo, de 20 mil a 50 mil. El ilegal avispado sabe que el ferrocarrilero lo dejará morir por salvar a los de la máquina. Detiene el carguero ante el acoso de los agentes de Migración, cuando se van sobre góndolas y furgones el maquinista desengancha la máquina y desaparece.

--Están amafiados -afirma el delegado de Migración en Arriaga, Xavier del Moral, un doctor de profesión que disfruta su oficio de policía--. Difícilmente podemos hacer algo con ellos, tienen radio, se avisan entre sí. Nosotros no tenemos el equipo necesario, no tenemos radio, no disponemos de prismáticos, el armamento cada quien lo obtiene como puede. Y es un trabajo riesgoso, es una plaga de criminales la que persigue a los pollos. Es un cuento de nunca acabar, los detenemos, los deportamos, pero lo vuelven a intentar, y aprenden a evadirnos, y tal vez muchos pasen, aunque aquí nosotros no tengamos descanso.