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2 Marzo 2024, Puebla, México.

Evangelios para sanar de Jodorowsy  (a propósito de la Semana Santa) / Julio Glockner

Cultura | Opinión | 6.ABR.2022

Evangelios para sanar de Jodorowsy (a propósito de la Semana Santa) / Julio Glockner

 

Hace doscientos años el filósofo danés Soren Kierkegaard enfrentó la hipocresía de un cristianismo simulado, que desde siglos atrás y hasta el presente, ha venido ganando terreno en las iglesias tanto evangélicas como católicas. 

Al iniciar el siglo XXI Alejandro Jodorowsky publicó un libro, Los Evangelios para sanar, que devela nuevamente la enfermedad espiritual, plagada de culpas, castigos, remordimientos, autoflagelaciones y malos entendidos que la Iglesias actuales (sobre todo la católica con su voto de castidad) han continuado difundiendo y propiciando durante siglos. Voy a citar algunos fragmentos de este libro escrito desde una axiología cristiana contemporánea, que enfrenta con inteligencia, valor y sentido común al cristianismo medieval anidado en rebaños sacerdotales y mentalidades atrapadas en pequeños y oscuros espacios parroquiales.  

Cristo no cargó la cruz: En este libro -aclara Jodorowsky- no se niega la veracidad de los Evangelios: se les acepta al pie de la letra. Interpretar no quiere decir transformar un texto ni ponerlo en duda.

Ahora bien, tres evangelistas afirman que el Cristo no cargó la cruz y uno dice lo contrario ¿dónde está la mentira y dónde la verdad?

Debemos comprender que es un asunto de enorme importancia: se nos ha habituado tanto a ser crucificados, a morir en medio del sufrimiento y del horror… 

 Mateo, en el capítulo “Jesús es crucificado” (27:32-44) comienza el relato diciendo:

Cuando salían, hallaron a un hombre de Cirene que se llamaba Simón; a éste obligaron a que llevara la cruz de Jesús. Y cuando llegaron a un lugar llamado Gólgota, que significa Lugar de la Calavera, le dieron a beber vino mezclado con hiel…

Según lo que dice Mateo, los soldados que custodian a Jesús salen de un edificio, y entonces llaman a Simón de Cirene y le ordenan que cargue la cruz; una vez que lo hace, parten todos hacia el Gólgota. ¿qué significa esto?

Veamos lo que dice Marcos:

Después lo sacaron para crucificarlo. Y obligaron a que le llevase la cruz a uno que pasaba y que venía del campo, Simón de Cirene, padre de Alejandro y de Rufo. Y lo llevaron a un lugar llamado Gólgota, que significa Lugar de la Calavera. Y quisieron darle a beber vino mezclado con mirra, más él no lo tomó. (Marcos 15: 20-23) 

Marcos confirma completamente la versión de Mateo. ¿Qué dice Lucas al respecto?

Y llevándolo tomaron a cierto Simón de Cirene, que venía del campo, y le pusieron encima la cruz para que la llevase tras Jesús. Y lo seguía gran multitud del pueblo, y de mujeres que se golpeaban el pecho y se lamentaban por él. (Lucas 23: 26-28)

En la versión de Lucas, podemos muy bien imaginar al Cristo avanzando en plena conciencia delante de Simón de Cirene, que carga la cruz. La multitud lo sigue. Él no carga la cruz. La dignidad es el término que mejor caracteriza su avance silencioso entre la multitud. Cristo muere como un Maestro. No pasa por el martirio de cargar la cruz y no muere en la angustia y el dolor. Otorga su vida en plena conciencia porque así lo quiere. Muere como un guerrero, como un ser triunfante. Es un león que ofrece su vida para dar una lección al mundo. Es verdaderamente el don de sí en plena conciencia y no el caso de una víctima sufriente.

Atendamos a lo que dice Marcos: “Y quisieron darle a beber vino mezclado con mirra, más Él no lo tomó” (Marcos 15: 23)

El vino mezclado con mirra era una bebida adormecedora. Mateo menciona vino con hiel, que también posee virtudes calmantes. Así pues, antes de clavarlo en la cruz querían darle un sedante para mitigar el dolor, pero Él lo rechazó. Y no lo hizo porque la bebida fuera mala, sino porque no quería estar anestesiado: quería darse en plena conciencia a este acto voluntario y necesario para toda la humanidad.

Tres de los cuatro evangelistas expresan muy claramente que Cristo no cargó la cruz, e incluso el cuarto, Juan, no evoca sino una sola vez el camino de la cruz:

Tomaron, pues, a Jesús, y lo llevaron. Y Él, cargando su cruz, salió y fue al lugar llamado de la Calavera, que en hebreo llamamos Gólgota. Y ahí lo crucificaron. (Juan 19: 16-18)

Los intérpretes erróneos del texto sagrado no cesan de anclar y grabar en nuestras vidas que es necesario sufrir y cargar nuestra cruz como el Cristo crucificado. Hemos sufrido durante generaciones enteras por esta causa, y aún continúan predicándonos el sacrificio y la culpabilidad.

 

La virginidad de María

 

Bartolomé Esteban MurilloSagrada Familia del pajarito, hacia 1650.Oleo sobre tela, Museo del Prado.

 

Cuando leemos el pasaje de la crucifixión, se nos precisa por segunda vez que María tuvo hijos después del nacimiento de Cristo. He señalado antes -dice Jodorowsky- que en realidad no importa si los tuvo o no, puesto que se trata de un símbolo, y el símbolo de la virgen es lo que me interesa. Más si hemos de seguir el mito[1] al pie de la letra, hay una primera ocasión en que esto se menciona: cuando el Cristo enseña en una sinagoga y sus escuchas se plantean preguntas sobre él:

El día de Sabbat se puso a enseñar en la sinagoga. Sacudidos de asombro los numerosos escuchas decían: “¿De dónde viene? ¿Y cuál es esta sabiduría que ha recibido cuando incluso milagros se hacen por sus manos? ¿No es el carpintero, el hijo de María y el hermano de Santiago, de José, de Judas y de Simón? ¿Y no viven sus hermanas aquí entre nosotros?” (Marcos: 6: 1-3)

Ya no puede negarse: los Evangelios nos dicen que después del Cristo, María tuvo otros niños. Ello cambia todas las viejas concepciones de nuestras abuelas que prohibieron el orgasmo durante generaciones deificando a una mujer frustrada en el nivel del sexo. Estas concepciones nada tienen que ver con el Evangelio, que sugiere que después de haber cumplido su obra, consistente en alumbrar a Dios, no había nada más puro y más bella para María que concebir hijos con un ser humano.

Si la Virgen tuvo hijos ¡ello lo cambia todo! Podemos muy bien, pues, entregarnos a la energía divina y aceptar el placer sexual sin pensar que equivale al Diablo, a la suciedad y al horror.

 

José, el padre

 

En el Evangelio de Lucas, después de la crucifixión, se dice lo siguiente:

Entonces surgió un hombre llamado José, que es un hombre bueno y justo; y no había consentido ni en el designio de ellos (los jueces de Jesús) ni en sus actos. Originario de Arimatea, ciudad judía, esperaba el Reino de Dios. Este hombre fue a Pilato, y pidió el cuerpo de Jesús. Lo descendió de la cruz, lo envolvió en un sudario, y lo depositó en una tumba abierta en la piedra, donde aún no se había puesto a nadie. (Lucas 23: 30-33) 

¿Por qué este José, que es un hombre bueno y justo, no sería José, el padre de Jesús, que llega a enterrar a su hijo? Sé que es una interpretación muy personal -concluye Jodorowsky- pero me gusta pensar que el Cristo tiene un padre; que este se llama José; que jamás lo abandonó y que en el momento de su muerte estaba presente de un modo sutil y secreto: disfrazado. Es él quien lo desclavó de la cruz y lo amortajó.

Este hombre humilde y justo, que vio crecer al hijo de dios, que le permitió expresarse sin aplastarlo, que estuvo a su servicio hasta su muerte, este hombre maravilloso procreó con la Virgen. Hemos establecido el hecho de que era un hombre tan joven como María: en ninguna parte del Evangelio se dice que fuera un anciano.

Imagino, pues, que era un hombre joven y extraordinario. Vio a la Virgen y la respetó, esperando a que ella se realizara. Enseguida, con la presencia del niño divino en la casa, José y María se realizaron juntos.

¿Habría permitido dios que el hombre que ha salvado varias veces la vida de Cristo, que lo llevó a Egipto, que lo educó, pudiera morir insatisfecho sin que su amor fuera totalmente realizado?

Es indispensable dejar de ver a la Virgen como una mujer sexualmente inhibida, y decidirse a verla como un ser normal que ofrece a Dios su intelecto, su corazón, su sexo y su cuerpo. Ser un místico no significa ser un frustrado sexual. Abandonemos la creencia de que el orgasmo es un pecado diabólico y de que la frigidez equivale a la santidad. ¡Dejemos este juego idiota! Ya no nos corresponde: los tiempos han cambiado.

[1] Obviamente aquí el término mito no tiene la connotación de “mentira o falsedad”, sino el sentido antropológico de “relato de carácter sagrado”. (JG)