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6 Octubre 2022, Puebla, México.

Romancero Gitano / Federico García Lorca

Cultura | Poesía | 6.JUN.2022

Romancero Gitano / Federico García Lorca

Federico García Lorca

Mundo Nuestro. 5 de junio. Un aniversario más del nacimiento del poeta español Federico García Lorca. No dejarlo pasar como lo hacemos con tantas huellas que la humanidad deja para sí y que olvida al día siguiente por una nueva. Poesía: gratitud por la palabra y fundamento de la existencia. Tomado de la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, Romancero Gitano, escrito en la plenitud poética de Federico en 1928, contiene 18 romances fundamentales en la literatura en lengua castellana.

Aquí lo presentamos.

 

Credit: UIG via Getty Images/Universal History Archive

 

Romancero gitano

Federico García Lorca

 

1

Romance de la luna, luna

A Conchita García Lorca

 

 

La luna vino a la fragua

 

con su polisón de nardos.

 

El niño la mira mira.

 

El niño la está mirando.

 

En el aire conmovido

 

mueve la luna sus brazos

 

y enseña, lúbrica y pura,

 

sus senos de duro estaño.

 

Huye luna, luna, luna.

 

Si vinieran los gitanos,

 

harían con tu corazón

 

collares y anillos blancos.

 

Niño, déjame que baile.

 

Cuando vengan los gitanos,

 

te encontrarán sobre el yunque

 

con los ojillos cerrados.

 

Huye luna, luna, luna,

 

que ya siento sus caballos.

 

Niño, déjame, no pises

 

mi blancor almidonado.

 

   El jinete se acercaba

 

tocando el tambor del llano.

 

Dentro de la fragua el niño,

 

tiene los ojos cerrados.

 

   Por el olivar venían,

 

bronce y sueño, los gitanos.

 

Las cabezas levantadas

 

y los ojos entornados.

 

   Cómo canta la zumaya,

 

¡ay cómo canta en el árbol!

 

Por el cielo va la luna

 

con un niño de la mano.

 

   Dentro de la fragua lloran,

 

dando gritos, los gitanos.

 

El aire la vela, vela.

 

El aire la está velando.

 

 

2

Preciosa y el aire

A Dámaso Alonso

 

 

Su luna de pergamino

 

Preciosa tocando viene

 

por un anfibio sendero

 

de cristales y laureles.

 

El silencio sin estrellas,

 

huyendo del sonsonete,

 

cae donde el mar bate y canta

 

su noche llena de peces.

 

En los picos de la sierra

 

los carabineros duermen

 

guardando las blancas torres

 

donde viven los ingleses.

 

Y los gitanos del agua

 

levantan por distraerse,

 

glorietas de caracolas

 

y ramas de pino verde.

 

   Su luna de pergamino

 

Preciosa tocando viene.

 

Al verla se ha levantado

 

el viento que nunca duerme.

 

San Cristobalón desnudo,

 

lleno de lenguas celestes,

 

mira a la niña tocando

 

una dulce gaita ausente.

 

   Niña, deja que levante

 

tu vestido para verte.

 

Abre en mis dedos antiguos

 

la rosa azul de tu vientre.

 

   Preciosa tira el pandero

 

y corre sin detenerse.

 

El viento-hombrón la persigue

 

con una espada caliente.

 

   Frunce su rumor el mar.

 

Los olivos palidecen.

 

Cantan las flautas de umbría

 

y el liso gong de la nieve.

 

   ¡Preciosa, corre, Preciosa,

 

que te coge el viento verde!

 

¡Preciosa, corre, Preciosa!

 

¡Míralo por dónde viene!

 

Sátiro de estrellas bajas

 

con sus lenguas relucientes.

 

   Preciosa, llena de miedo,

 

entra en la casa que tiene,

 

más arriba de los pinos,

 

el cónsul de los ingleses.

 

   Asustados por los gritos

 

tres carabineros vienen,

 

sus negras capas ceñidas

 

y los gorros en las sienes.

 

   El inglés da a la gitana

 

un vaso de tibia leche,

 

y una copa de ginebra

 

que Preciosa no se bebe.

 

   Y mientras cuenta, llorando,

 

su aventura a aquella gente,

 

en las tejas de pizarra

 

el viento, furioso, muerde.

 

 

3

Reyerta

A Rafael Méndez

 

En la mitad del barranco

 

las navajas de Albacete,

 

bellas de sangre contraria,

 

relucen como los peces.

 

Una dura luz de naipe

 

recorta en el agrio verde,

 

caballos enfurecidos

 

y perfiles de jinetes.

 

En la copa de un olivo

 

lloran dos viejas mujeres.

 

El toro de la reyerta

 

se sube por las paredes.

 

Ángeles negros traían

 

pañuelos y agua de nieve.

 

Ángeles con grandes alas

 

de navajas de Albacete.

 

Juan Antonio el de Montilla

 

rueda muerto la pendiente,

 

su cuerpo lleno de lirios

 

y una granada en las sienes.

 

Ahora monta cruz de fuego,

 

carretera de la muerte.

 

   El juez, con guardia civil,

 

por los olivares viene.

 

Sangre resbalada gime

 

muda canción de serpiente.

 

Señores guardias civiles:

 

aquí pasó lo de siempre.

 

Han muerto cuatro romanos

 

y cinco cartagineses.

 

   La tarde loca de higueras

 

y de rumores calientes

 

cae desmayada en los muslos

 

heridos de los jinetes.

 

Y ángeles negros volaban

 

por el aire del poniente.

 

Ángeles de largas trenzas

 

y corazones de aceite.

 

4

Romance sonámbulo

A Gloria Giner
y Fernando de los Ríos

 

Verde que te quiero verde.

 

Verde viento. Verdes ramas.

 

El barco sobre la mar

 

y el caballo en la montaña.

 

Con la sombra en la cintura

 

ella sueña en su baranda,

 

verde carne, pelo verde,

 

con ojos de fría plata.

 

Verde que te quiero verde.

 

Bajo la luna gitana,

 

las cosas la están mirando

 

y ella no puede mirarlas.

 

Verde que te quiero verde.

 

Grandes estrellas de escarcha,

 

vienen con el pez de sombra

 

que abre el camino del alba.

 

La higuera frota su viento

 

con la lija de sus ramas,

 

y el monte, gato garduño,

 

eriza sus pitas agrias.

 

¿Pero quién vendrá? ¿Y por dónde...?

 

Ella sigue en su baranda,

 

verde carne, pelo verde,

 

soñando en la mar amarga.

 

Compadre, quiero cambiar

 

mi caballo por su casa,

 

mi montura por su espejo,

 

mi cuchillo por su manta.

 

Compadre, vengo sangrando,

 

desde los puertos de Cabra.

 

Si yo pudiera, mocito,

 

ese trato se cerraba.

 

Pero yo ya no soy yo,

 

ni mi casa es ya mi casa.

 

Compadre, quiero morir

 

decentemente en mi cama.

 

De acero, si puede ser,

 

con las sábanas de holanda.

 

¿No ves la herida que tengo

 

desde el pecho a la garganta?

 

Trescientas rosas morenas

 

lleva tu pechera blanca.

 

Tu sangre rezuma y huele

 

alrededor de tu faja.

 

Pero yo ya no soy yo,

 

ni mi casa es ya mi casa.

 

Dejadme subir al menos

 

hasta las altas barandas,

 

¡dejadme subir!, dejadme

 

hasta las verdes barandas.

 

Barandales de la luna

 

por donde retumba el agua.

 

   Ya suben los dos compadres

 

hacia las altas barandas.

 

Dejando un rastro de sangre.

 

Dejando un rastro de lágrimas.

 

Temblaban en los tejados

 

farolillos de hojalata.

 

Mil panderos de cristal,

 

herían la madrugada.

 

   Verde que te quiero verde,

 

verde viento, verdes ramas.

 

Los dos compadres subieron.

 

El largo viento, dejaba

 

en la boca un raro gusto

 

de hiel, de menta y de albahaca.

 

¡Compadre! ¿Dónde está, dime?

 

¿Dónde está tu niña amarga?

 

¡Cuántas veces te esperó!

 

¡Cuántas veces te esperara,

 

cara fresca, negro pelo,

 

en esta verde baranda!

 

   Sobre el rostro del aljibe

 

se mecía la gitana.

 

Verde carne, pelo verde,

 

con ojos de fría plata.

 

Un carámbano de luna

 

la sostiene sobre el agua.

 

La noche se puso íntima

 

como una pequeña plaza.

 

Guardias civiles borrachos

 

en la puerta golpeaban.

 

Verde que te quiero verde.

 

Verde viento. Verdes ramas.

 

El barco sobre la mar.

 

Y el caballo en la montaña.

 



5

La monja gitana

A José Moreno Villa

 

Silencio de cal y mirto.

 

Malvas en las hierbas finas.

 

La monja borda alhelíes

 

sobre una tela pajiza.

 

Vuelan en la araña gris,

 

siete pájaros del prisma.

 

La iglesia gruñe a lo lejos

 

como un oso panza arriba.

 

¡Qué bien borda! ¡Con qué gracia!

 

Sobre la tela pajiza,

 

ella quisiera bordar

 

flores de su fantasía.

 

¡Qué girasol! ¡Qué magnolia

 

de lentejuelas y cintas!

 

¡Qué azafranes y qué lunas,

 

en el mantel de la misa!

 

Cinco toronjas se endulzan

 

en la cercana cocina.

 

Las cinco llagas de Cristo

 

cortadas en Almería.

 

Por los ojos de la monja

 

galopan dos caballistas.

 

Un rumor último y sordo

 

le despega la camisa,

 

y al mirar nubes y montes

 

en las yertas lejanías,

 

se quiebra su corazón

 

de azúcar y yerbaluisa.

 

¡Oh!, qué llanura empinada

 

con veinte soles arriba.

 

¡Qué ríos puestos de pie

 

vislumbra su fantasía!

 

Pero sigue con sus flores,

 

mientras que de pie, en la brisa,

 

la luz juega el ajedrez

 

alto de la celosía.

 

6

La casada infiel

A Lydia Cabrera
y a su negrita

 

Y que yo me la llevé al río

 

creyendo que era mozuela,

 

pero tenía marido.

 

Fue la noche de Santiago

 

y casi por compromiso.

 

Se apagaron los faroles

 

y se encendieron los grillos.

 

En las últimas esquinas

 

toqué sus pechos dormidos,

 

y se me abrieron de pronto

 

como ramos de jacintos.

 

El almidón de su enagua

 

me sonaba en el oído,

 

como una pieza de seda

 

rasgada por diez cuchillos.

 

Sin luz de plata en sus copas

 

los árboles han crecido,

 

y un horizonte de perros

 

ladra muy lejos del río.

 

   Pasadas las zarzamoras,

 

los juncos y los espinos,

 

bajo su mata de pelo

 

hice un hoyo sobre el limo.

 

Yo me quité la corbata.

 

Ella se quitó el vestido.

 

Yo el cinturón con revólver.

 

Ella sus cuatro corpiños.

 

Ni nardos ni caracolas

 

tienen el cutis tan fino,

 

ni los cristales con luna

 

relumbran con ese brillo.

 

Sus muslos se me escapaban

 

como peces sorprendidos,

 

la mitad llenos de lumbre

 

la mitad llenos de frío.

 

Aquella noche corrí

 

el mejor de los caminos,

 

montado en potra de nácar

 

sin bridas y sin estribos.

 

No quiero decir, por hombre,

 

las cosas que ella me dijo.

 

La luz del entendimiento

 

me hace ser muy comedido.

 

Sucia de besos y arena,

 

yo me la llevé del río.

 

Con el aire se batían

 

las espadas de los lirios.

 

   Me porté como quien soy.

 

Como un gitano legítimo.

 

La regalé un costurero

 

grande de raso pajizo,

 

y no quise enamorarme

 

porque teniendo marido

 

me dijo que era mozuela

 

cuando la llevaba al río.

 

 

7

Romance de la pena negra

A José Navarro Pardo

 

Las piquetas de los gallos

 

cavan buscando la aurora,

 

cuando por el monte oscuro

 

baja Soledad Montoya.

 

Cobre amarillo, su carne,

 

huele a caballo y a sombra.

 

Yunques ahumados sus pechos,

 

gimen canciones redondas.

 

Soledad, ¿por quién preguntas

 

sin compaña y a estas horas?

 

Pregunte por quien pregunte,

 

dime: ¿a ti qué se te importa?

 

Vengo a buscar lo que busco,

 

mi alegría y mi persona.

 

Soledad de mis pesares,

 

caballo que se desboca,

 

al fin encuentra la mar

 

y se lo tragan las olas.

 

No me recuerdes el mar,

 

que la pena negra, brota

 

en las tierras de aceituna

 

bajo el rumor de las hojas.

 

¡Soledad, qué pena tienes!

 

¡Qué pena tan lastimosa!

 

Lloras zumo de limón

 

agrio de espera y de boca.

 

¡Qué pena tan grande! Corro

 

mi casa como una loca,

 

mis dos trenzas por el suelo,

 

de la cocina a la alcoba.

 

¡Qué pena! Me estoy poniendo

 

de azabache, carne y ropa.

 

¡Ay mis camisas de hilo!

 

¡Ay mis muslos de amapola!

 

Soledad: lava tu cuerpo

 

con agua de las alondras,

 

y deja tu corazón

 

en paz, Soledad Montoya.

 

   Por abajo canta el río:

 

volante de cielo y hojas.

 

Con flores de calabaza,

 

la nueva luz se corona.

 

¡Oh pena de los gitanos!

 

Pena limpia y siempre sola.

 

¡Oh pena de cauce oculto

 

y madrugada remota!

 

8

San Miguel

(Granada)

A Diego Buigas de Dalmáu

 

Se ven desde las barandas,

 

por el monte, monte, monte,

 

mulos y sombras de mulos

 

cargados de girasoles.

 

   Sus ojos en las umbrías

 

se empañan de inmensa noche.

 

En los recodos del aire,

 

cruje la aurora salobre.

 

   Un cielo de mulos blancos

 

cierra sus ojos de azogue

 

dando a la quieta penumbra

 

un final de corazones.

 

Y el agua se pone fría

 

para que nadie la toque.

 

Agua loca y descubierta

 

por el monte, monte, monte.

 

   San Miguel lleno de encajes

 

en la alcoba de su torre,

 

enseña sus bellos muslos

 

ceñidos por los faroles.

 

   Arcángel domesticado

 

en el gesto de las doce,

 

finge una cólera dulce

 

de plumas y ruiseñores.

 

San Miguel canta en los vidrios;

 

efebo de tres mil noches,

 

fragante de agua colonia

 

y lejano de las flores.

 

   El mar baila por la playa,

 

un poema de balcones.

 

Las orillas de la luna

 

pierden juncos, ganan voces.

 

Vienen manolas comiendo

 

semillas de girasoles,

 

los culos grandes y ocultos

 

como planetas de cobre.

 

Vienen altos caballeros

 

y damas de triste porte,

 

morenas por la nostalgia

 

de un ayer de ruiseñores.

 

Y el obispo de Manila,

 

ciego de azafrán y pobre,

 

dice misa con dos filos

 

para mujeres y hombres.

 

   San Miguel se estaba quieto

 

en la alcoba de su torre,

 

con las enaguas cuajadas

 

de espejitos y entredoses.

 

   San Miguel, rey de los globos

 

y de los números nones,

 

en el primor berberisco

 

de gritos y miradores.

 



 

9

San Rafael

(Córdoba)

A Juan Izquierdo Croselles

 

I

Coches cerrados llegaban

 

a las orillas de juncos

 

donde las ondas alisan

 

romano torso desnudo.

 

Coches, que el Guadalquivir

 

tiende en su cristal maduro,

 

entre láminas de flores

 

y resonancias de nublos.

 

Los niños tejen y cantan

 

el desengaño del mundo,

 

cerca de los viejos coches

 

perdidos en el nocturno.

 

Pero Córdoba no tiembla

 

bajo el misterio confuso,

 

pues si la sombra levanta

 

la arquitectura del humo,

 

un pie de mármol afirma

 

su casto fulgor enjuto.

 

Pétalos de lata débil

 

recaman los grises puros

 

de la brisa, desplegada

 

sobre los arcos de triunfo.

 

Y mientras el puente sopla

 

diez rumores de Neptuno,

 

vendedores de tabaco

 

huyen por el roto muro.

 

II

   Un solo pez en el agua

 

que a las dos Córdobas junta:

 

Blanda Córdoba de juncos.

 

Córdoba de arquitectura.

 

Niños de cara impasible

 

en la orilla se desnudan,

 

aprendices de Tobías

 

y Merlines de cintura,

 

para fastidiar al pez

 

en irónica pregunta

 

si quiere flores de vino

 

o saltos de media luna.

 

Pero el pez, que dora el agua

 

y los mármoles enluta,

 

les da lección y equilibrio

 

de solitaria columna.

 

El Arcángel aljamiado

 

de lentejuelas oscuras,

 

en el mitin de las ondas

 

buscaba rumor y cuna.

 

   Un solo pez en el agua.

 

Dos Córdobas de hermosura.

 

Córdoba quebrada en chorros.

 

Celeste Córdoba enjuta.

 

 

10

San Gabriel

(Sevilla)

A D. Agustín Viñuales

 

I

Un bello niño de junco,

 

anchos hombros, fino talle

 

piel de nocturna manzana,

 

boca triste y ojos grandes,

 

nervio de plata caliente,

 

ronda la desierta calle.

 

Sus zapatos de charol

 

rompen las dalias del aire,

 

con los dos ritmos que cantan

 

breves lutos celestiales.

 

En la ribera del mar

 

no hay palma que se le iguale,

 

ni emperador coronado

 

ni lucero caminante.

 

Cuando la cabeza inclina

 

sobre su pecho de jaspe,

 

la noche busca llanuras

 

porque quiere arrodillarse.

 

Las guitarras suenan solas

 

para San Gabriel Arcángel,

 

domador de palomillas

 

y enemigo de los sauces.

 

San Gabriel: El niño llora

 

en el vientre de su madre.

 

No olvides que los gitanos

 

te regalaron el traje.

 

II

Anunciación de los Reyes

 

bien lunada y mal vestida,

 

abre la puerta al lucero

 

que por la calle venía.

 

El Arcángel San Gabriel,

 

entre azucena y sonrisa,

 

bisnieto de la Giralda,

 

se acercaba de visita.

 

En su chaleco bordado

 

grillos ocultos palpitan.

 

Las estrellas de la noche

 

se volvieron campanillas.

 

San Gabriel: Aquí me tienes

 

con tres clavos de alegría.

 

Tu fulgor abre jazmines

 

sobre mi cara encendida.

 

Dios te salve, Anunciación.

 

Morena de maravilla.

 

Tendrás un niño más bello

 

que los tallos de la brisa.

 

¡Ay San Gabriel de mis ojos!

 

¡Gabrielillo de mi vida!

 

Para sentarte yo sueño

 

un sillón de clavelinas.

 

Dios te salve, Anunciación,

 

bien lunada y mal vestida.

 

Tu niño tendrá en el pecho

 

un lunar y tres heridas.

 

¡Ay San Gabriel que reluces!

 

¡Gabrielillo de mi vida!

 

En el fondo de mis pechos

 

ya nace la leche tibia.

 

Dios te salve, Anunciación.

 

Madre de cien dinastías.

 

Áridos lucen tus ojos,

 

paisajes de caballista.

 

   El niño canta en el seno

 

de Anunciación sorprendida.

 

Tres balas de almendra verde

 

tiemblan en su vocecita.

 

   Ya San Gabriel en el aire

 

por una escala subía.

 

Las estrellas de la noche

 

se volvieron siemprevivas.

 

11

Prendimiento de Antoñito el Camborio en el camino de Sevilla

A Margarita Xirgu

 

Antonio Torres Heredia,

 

hijo y nieto de Camborios,

 

con una vara de mimbre

 

va a Sevilla a ver los toros.

 

Moreno de verde luna

 

anda despacio y garboso.

 

Sus empavonados bucles

 

le brillan entre los ojos.

 

A la mitad del camino

 

cortó limones redondos,

 

y los fue tirando al agua

 

hasta que la puso de oro.

 

Y a la mitad del camino,

 

bajo las ramas de un olmo,

 

guardia civil caminera

 

lo llevó codo con codo.

 

   El día se va despacio,

 

la tarde colgada a un hombro,

 

dando una larga torera

 

sobre el mar y los arroyos.

 

Las aceitunas aguardan

 

la noche de Capricornio,

 

y una corta brisa, ecuestre,

 

salta los montes de plomo.

 

Antonio Torres Heredia,

 

hijo y nieto de Camborios,

 

viene sin vara de mimbre

 

entre los cinco tricornios.

 

   Antonio, ¿quién eres tú?

 

Si te llamaras Camborio,

 

hubieras hecho una fuente

 

de sangre con cinco chorros.

 

Ni tú eres hijo de nadie,

 

ni legítimo Camborio.

 

¡Se acabaron los gitanos

 

que iban por el monte solos!

 

Están los viejos cuchillos

 

tiritando bajo el polvo.

 

   A las nueve de la noche

 

lo llevan al calabozo,

 

mientras los guardias civiles

 

beben limonada todos.

 

Y a las nueve de la noche

 

le cierran el calabozo,

 

mientras el cielo reluce

 

como la grupa de un potro.

 

 

12

Muerte de Antoñito el Camborio

A José Antonio Rubio Sacristán

 

Voces de muerte sonaron

 

cerca del Guadalquivir.

 

Voces antiguas que cercan

 

voz de clavel varonil.

 

Les clavó sobre las botas

 

mordiscos de jabalí.

 

En la lucha daba saltos

 

jabonados de delfín.

 

Bañó con sangre enemiga

 

su corbata carmesí,

 

pero eran cuatro puñales

 

y tuvo que sucumbir.

 

Cuando las estrellas clavan

 

rejones al agua gris,

 

cuando los erales sueñan

 

verónicas de alhelí,

 

voces de muerte sonaron

 

cerca del Guadalquivir.

 

   Antonio Torres Heredia.

 

Camborio de dura crin,

 

moreno de verde luna,

 

voz de clavel varonil:

 

¿Quién te ha quitado la vida

 

cerca del Guadalquivir?

 

Mis cuatro primos Heredias

 

hijos de Benamejí.

 

Lo que en otros no envidiaban,

 

ya lo envidiaban en mí.

 

Zapatos color corinto,

 

medallones de marfil,

 

y este cutis amasado

 

con aceituna y jazmín.

 

¡Ay Antoñito el Camborio,

 

digno de una Emperatriz!

 

Acuérdate de la Virgen

 

porque te vas a morir.

 

¡Ay Federico García,

 

llama a la Guardia Civil!

 

Ya mi talle se ha quebrado

 

como caña de maíz.

 

   Tres golpes de sangre tuvo

 

y se murió de perfil.

 

Viva moneda que nunca

 

se volverá a repetir.

 

Un ángel marchoso pone

 

su cabeza en un cojín.

 

Otros de rubor cansado,

 

encendieron un candil.

 

Y cuando los cuatro primos

 

llegan a Benamejí,

 

voces de muerte cesaron

 

cerca del Guadalquivir.

 

Muerto de amor

A Margarita Manso

 

¿Qué es aquello que reluce

 

por los altos corredores?

 

Cierra la puerta, hijo mío,

 

acaban de dar las once.

 

En mis ojos, sin querer,

 

relumbran cuatro faroles.

 

Será que la gente aquella

 

estará fregando el cobre.

 

   Ajo de agónica plata

 

la luna menguante, pone

 

cabelleras amarillas

 

a las amarillas torres.

 

La noche llama temblando

 

al cristal de los balcones,

 

perseguida por los mil

 

perros que no la conocen,

 

y un olor de vino y ámbar

 

viene de los corredores.

 

   Brisas de caña mojada

 

y rumor de viejas voces,

 

resonaban por el arco

 

roto de la media noche.

 

Bueyes y rosas dormían.

 

Sólo por los corredores

 

las cuatro luces clamaban

 

con el furor de San Jorge.

 

Tristes mujeres del valle

 

bajaban su sangre de hombre,

 

tranquila de flor cortada

 

y amarga de muslo joven.

 

Viejas mujeres del río

 

lloraban al pie del monte,

 

un minuto intransitable

 

de cabelleras y nombres.

 

Fachadas de cal, ponían

 

cuadrada y blanca la noche.

 

Serafines y gitanos

 

tocaban acordeones.

 

Madre, cuando yo me muera,

 

que se enteren los señores.

 

Pon telegramas azules

 

que vayan del Sur al Norte.

 

Siete gritos, siete sangres,

 

siete adormideras dobles,

 

quebraron opacas lunas

 

en los oscuros salones.

 

Lleno de manos cortadas

 

y coronitas de flores,

 

el mar de los juramentos

 

resonaba, no sé dónde.

 

Y el cielo daba portazos

 

al brusco rumor del bosque,

 

mientras clamaban las luces

 

en los altos corredores.

 

 

14

Romance del emplazado

Para Emilio Aladrén

 

¡Mi soledad sin descanso!

 

Ojos chicos de mi cuerpo

 

y grandes de mi caballo,

 

no se cierran por la noche

 

ni miran al otro lado

 

donde se aleja tranquilo

 

un sueño de trece barcos.

 

Sino que limpios y duros

 

escuderos desvelados,

 

mis ojos miran un norte

 

de metales y peñascos

 

donde mi cuerpo sin venas

 

consulta naipes helados.

 

   Los densos bueyes del agua

 

embisten a los muchachos

 

que se bañan en las lunas

 

de sus cuernos ondulados.

 

Y los martillos cantaban

 

sobre los yunques sonámbulos,

 

el insomnio del jinete

 

y el insomnio del caballo.

 

   El veinticinco de junio

 

le dijeron a el Amargo:

 

Ya puedes cortar si gustas

 

las adelfas de tu patio.

 

Pinta una cruz en la puerta

 

y pon tu nombre debajo,

 

porque cicutas y ortigas

 

nacerán en tu costado,

 

y agujas de cal mojada

 

te morderán los zapatos.

 

Será de noche, en lo oscuro,

 

por los montes imantados,

 

donde los bueyes del agua

 

beben los juncos soñando.

 

Pide luces y campanas.

 

Aprende a cruzar las manos,

 

y gusta los aires fríos

 

de metales y peñascos.

 

Porque dentro de dos meses

 

yacerás amortajado.

 

   Espadón de nebulosa

 

mueve en el aire Santiago.

 

Grave silencio, de espalda,

 

manaba el cielo combado.

 

   El veinticinco de junio

 

abrió sus ojos Amargo,

 

y el veinticinco de agosto

 

se tendió para cerrarlos.

 

Hombres bajaban la calle

 

para ver al emplazado,

 

que fijaba sobre el muro

 

su soledad con descanso.

 

Y la sábana impecable,

 

de duro acento romano,

 

daba equilibrio a la muerte

 

con las rectas de sus paños.

 



 

Romance de la Guardia Civil española

A Juan Guerrero.
Cónsul general de la Poesía

 

Los caballos negros son.

 

Las herraduras son negras.

 

Sobre las capas relucen

 

manchas de tinta y de cera.

 

Tienen, por eso no lloran,

 

de plomo las calaveras.

 

Con el alma de charol

 

vienen por la carretera.

 

Jorobados y nocturnos,

 

por donde animan ordenan

 

silencios de goma oscura

 

y miedos de fina arena.

 

Pasan, si quieren pasar,

 

y ocultan en la cabeza

 

una vaga astronomía

 

de pistolas inconcretas.

 

   ¡Oh ciudad de los gitanos!

 

En las esquinas banderas.

 

La luna y la calabaza

 

con las guindas en conserva.

 

¡Oh ciudad de los gitanos!

 

¿Quién te vio y no te recuerda?

 

Ciudad de dolor y almizcle,

 

con las torres de canela.

 

   Cuando llegaba la noche,

 

noche que noche nochera,

 

los gitanos en sus fraguas

 

forjaban soles y flechas.

 

Un caballo malherido,

 

llamaba a todas las puertas.

 

Gallos de vidrio cantaban

 

por Jerez de la Frontera.

 

El viento, vuelve desnudo

 

la esquina de la sorpresa,

 

en la noche platinoche

 

noche, que noche nochera.

 

   La Virgen y San José

 

perdieron sus castañuelas,

 

y buscan a los gitanos

 

para ver si las encuentran.

 

La Virgen viene vestida,

 

con un traje de alcaldesa

 

de papel de chocolate

 

con los collares de almendras.

 

San José mueve los brazos

 

bajo una capa de seda.

 

Detrás va Pedro Domecq

 

con tres sultanes de Persia.

 

La media luna, soñaba

 

un éxtasis de cigüeña.

 

Estandartes y faroles

 

invaden las azoteas.

 

Por los espejos sollozan

 

bailarinas sin caderas.

 

Agua y sombra, sombra y agua

 

por Jerez de la Frontera.

 

   ¡Oh ciudad de los gitanos!

 

En las esquinas banderas.

 

Apaga tus verdes luces

 

que viene la benemérita.

 

¡Oh ciudad de los gitanos!

 

¿Quién te vio y no te recuerda?

 

Dejadla lejos del mar,

 

sin peines para sus crenchas.

 

   Avanzan de dos en fondo

 

a la ciudad de la fiesta.

 

Un rumor de siemprevivas

 

invade las cartucheras.

 

Avanzan de dos en fondo.

 

Doble nocturno de tela.

 

El cielo, se les antoja,

 

una vitrina de espuelas.

 

   La ciudad libre de miedo,

 

multiplicaba sus puertas.

 

Cuarenta guardias civiles

 

entran a saco por ellas.

 

Los relojes se pararon,

 

y el coñac de las botellas

 

se disfrazó de noviembre

 

para no infundir sospechas.

 

Un vuelo de gritos largos

 

se levantó en las veletas.

 

Los sables cortan las brisas

 

que los cascos atropellan.

 

Por las calles de penumbra,

 

huyen las gitanas viejas

 

con los caballos dormidos

 

y las orzas de monedas.

 

Por las calles empinadas

 

suben las capas siniestras,

 

dejando atrás fugaces

 

remolinos de tijeras.

 

   En el Portal de Belén

 

los gitanos se congregan.

 

San José, lleno de heridas,

 

amortaja a una doncella.

 

Tercos fusiles agudos

 

por toda la noche suenan.

 

La Virgen cura a los niños

 

con salivilla de estrella.

 

Pero la Guardia Civil

 

avanza sembrando hogueras,

 

donde joven y desnuda

 

la imaginación se quema.

 

Rosa la de los Camborios,

 

gime sentada en su puerta

 

con sus dos pechos cortados

 

puestos en una bandeja.

 

Y otras muchachas corrían

 

perseguidas por sus trenzas,

 

en un aire donde estallan

 

rosas de pólvora negra.

 

Cuando todos los tejados

 

eran surcos en la tierra,

 

el alba meció sus hombros

 

en largo perfil de piedra.

 

   ¡Oh ciudad de los gitanos!

 

La Guardia Civil se aleja

 

por un túnel de silencio

 

mientras las llamas te cercan.

 

   ¡Oh ciudad de los gitanos!

 

¿Quién te vio y no te recuerda?

 

Que te busquen en mi frente.

 

Juego de luna y arena.

 



 

Tres romances históricos

16

Martirio de Santa Olalla

A Rafael Martínez Nadal

 

I

Por la calle brinca y corre

 

caballo de larga cola,

 

mientras juegan o dormitan

 

viejos soldados de Roma.

 

Medio monte de Minervas

 

abre sus brazos sin hojas.

 

Agua en vilo redoraba

 

las aristas de las rocas.

 

Noche de torsos yacentes

 

y estrellas de nariz rota,

 

aguarda grietas del alba

 

para derrumbarse toda.

 

De cuando en cuando sonaban

 

blasfemias de cresta roja.

 

Al gemir, la santa niña

 

quiebra el cristal de las copas.

 

La rueda afila cuchillos

 

y garfios de aguda comba:

 

Brama el toro de los yunques,

 

y Mérida se corona

 

de nardos casi despiertos

 

y tallos de zarzamora.

 

II

El martirio

   Flora desnuda se sube

 

por escalerillas de agua.

 

El Cónsul pide bandeja

 

para los senos de Olalla.

 

Un chorro de venas verdes

 

le brota de la garganta.

 

Su sexo tiembla enredado

 

como un pájaro en las zarzas.

 

Por el suelo, ya sin norma,

 

brincan sus manos cortadas

 

que aun pueden cruzarse en tenue

 

oración decapitada.

 

Por los rojos agujeros

 

donde sus pechos estaban

 

se ven cielos diminutos

 

y arroyos de leche blanca.

 

Mil arbolillos de sangre

 

le cubren toda la espalda

 

y oponen húmedos troncos

 

al bisturí de las llamas.

 

Centuriones amarillos

 

de carne gris, desvelada,

 

llegan al cielo sonando

 

sus armaduras de plata.

 

Y mientras vibra confusa

 

pasión de crines y espadas,

 

el Cónsul porta en bandeja

 

senos ahumados de Olalla.

 

 

III

Infierno y gloria

 

   Nieve ondulada reposa.

 

Olalla pende del árbol.

 

Su desnudo de carbón

 

tizna los aires helados.

 

Noche tirante reluce.

 

Olalla muerta en el árbol.

 

Tinteros de las ciudades

 

vuelcan la tinta despacio.

 

Negros maniquíes de sastre

 

cubren la nieve del campo,

 

en largas filas que gimen

 

su silencio mutilado.

 

Nieve partida comienza.

 

Olalla blanca en el árbol.

 

Escuadras de níquel juntan

 

los picos en su costado.

 

   Una Custodia reluce

 

sobre los cielos quemados,

 

entre gargantas de arroyo

 

y ruiseñores en ramos.

 

¡Saltan vidrios de colores!

 

Olalla blanca en lo blanco.

 

Ángeles y serafines

 

dicen: Santo, Santo, Santo.

 

 

17

Burla de don Pedro a caballo

Romance con lagunas

A Jean Cassou

 

Romance de don Pedro a caballo

   Por una vereda

 

venía Don Pedro.

 

¡Ay cómo lloraba

 

el caballero!

 

Montado en un ágil

 

caballo sin freno,

 

venía en la busca

 

del pan y del beso.

 

Todas las ventanas

 

preguntan al viento,

 

por el llanto oscuro

 

del caballero.

 

Primera laguna

   Bajo el agua

 

siguen las palabras.

 

Sobre el agua

 

una luna redonda

 

se baña,

 

dando envidia a la otra

 

¡tan alta!

 

En la orilla,

 

un niño,

 

ve las lunas y dice:

 

-¡Noche; toca los platillos!

 

Sigue

   A una ciudad lejana

 

ha llegado Don Pedro.

 

Una ciudad lejana

 

entre un bosque de cedros.

 

¿Es Belén? Por el aire

 

yerbaluisa y romero.

 

Brillan las azoteas

 

y las nubes. Don Pedro

 

pasa por arcos rotos.

 

Dos mujeres y un viejo

 

con velones de plata

 

le salen al encuentro.

 

Los chopos dicen: No.

 

Y el ruiseñor: Veremos.

 

Segunda laguna

   Bajo el agua

 

siguen las palabras.

 

Sobre el peinado del agua

 

un círculo de pájaros y llamas.

 

Y por los cañaverales,

 

testigos que conocen lo que falta.

 

Sueño concreto y sin norte

 

de madera de guitarra.

 

Sigue

   Por el camino llano

 

dos mujeres y un viejo

 

con velones de plata

 

van al cementerio.

 

Entre los azafranes

 

han encontrado muerto

 

el sombrío caballo

 

de Don Pedro.

 

Voz secreta de tarde

 

balaba por el cielo.

 

Unicornio de ausencia

 

rompe en cristal su cuerno.

 

La gran ciudad lejana

 

está ardiendo

 

y un hombre va llorando

 

tierras adentro.

 

Al Norte hay una estrella.

 

Al Sur un marinero.

 

Última laguna

   Bajo el agua

 

están las palabras.

 

Limo de voces perdidas.

 

Sobre la flor enfriada,

 

está Don Pedro olvidado,

 

¡ay!, jugando con las ramas.

 



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18

Thamar y Amnón

Para Alfonso García-Valdecasas

 

La luna gira en el cielo

 

sobre las tierras sin agua

 

mientras el verano siembra

 

rumores de tigre y llama.

 

Por encima de los techos

 

nervios de metal sonaban.

 

Aire rizado venía

 

con los balidos de lana.

 

La tierra se ofrece llena

 

de heridas cicatrizadas,

 

o estremecida de agudos

 

cauterios de luces blancas.

 

   Thamar estaba soñando

 

pájaros en su garganta,

 

al son de panderos fríos

 

y cítaras enlunadas.

 

Su desnudo en el alero,

 

agudo norte de palma,

 

pide copos a su vientre

 

y granizo a sus espaldas.

 

Thamar estaba cantando

 

desnuda por la terraza.

 

Alrededor de sus pies,

 

cinco palomas heladas.

 

Amnón, delgado y concreto,

 

en la torre la miraba,

 

llenas las ingles de espuma

 

y oscilaciones la barba.

 

Su desnudo iluminado

 

se tendía en la terraza,

 

con un rumor entre dientes

 

de flecha recién clavada.

 

Amnón estaba mirando

 

la luna redonda y baja,

 

y vio en la luna los pechos

 

durísimos de su hermana.

 

   Amnón a las tres y media

 

se tendió sobre la cama.

 

Toda la alcoba sufría

 

con sus ojos llenos de alas.

 

La luz, maciza, sepulta

 

pueblos en la arena parda,

 

o descubre transitorio

 

coral de rosas y dalias.

 

Linfa de pozo oprimida

 

brota silencio en las jarras.

 

En el musgo de los troncos

 

la cobra tendida canta.

 

Amnón gime por la tela

 

fresquísima de la cama.

 

Yedra del escalofrío

 

cubre su carne quemada.

 

Thamar entró silenciosa

 

en la alcoba silenciada,

 

color de vena y Danubio,

 

turbia de huellas lejanas.

 

Thamar, bórrame los ojos

 

con tu fija madrugada.

 

Mis hilos de sangre tejen

 

volantes sobre tu falda.

 

Déjame tranquila, hermano.

 

Son tus besos en mi espalda

 

avispas y vientecillos

 

en doble enjambre de flautas.

 

Thamar, en tus pechos altos

 

hay dos peces que me llaman,

 

y en las yemas de tus dedos

 

rumor de rosa encerrada.

 

   Los cien caballos del rey

 

en el patio relinchaban.

 

Sol en cubos resistía

 

la delgadez de la parra.

 

Ya la coge del cabello,

 

ya la camisa le rasga.

 

Corales tibios dibujan

 

arroyos en rubio mapa.

 

   ¡Oh, qué gritos se sentían

 

por encima de las casas!

 

Qué espesura de puñales

 

y túnicas desgarradas.

 

Por las escaleras tristes

 

esclavos suben y bajan.

 

Émbolos y muslos juegan

 

bajo las nubes paradas.

 

Alrededor de Thamar

 

gritan vírgenes gitanas

 

y otras recogen las gotas

 

de su flor martirizada.

 

Paños blancos, enrojecen

 

en las alcobas cerradas.

 

Rumores de tibia aurora

 

pámpanos y peces cambian.

 

   Violador enfurecido,

 

Amnón huye con su jaca.

 

Negros le dirigen flechas

 

en los muros y atalayas.

 

Y cuando los cuatro cascos

 

eran cuatro resonancias,

 

David con unas tijeras

 

cortó las cuerdas del arpa.