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14 Abril 2024, Puebla, México.

Sobre Francisco Villa: la violencia tiene su propio nido de prestigio en la historia

Sociedad /Cultura | Opinión | 23.MAR.2023

Sobre Francisco Villa: la violencia tiene su propio nido de prestigio en la historia

Los crímenes de la Francisco Villa: La historia que NO debes enseñarle a tu  mamá | Gluc.mx

 

Francisco Villa a contracorriente

 

El gobierno declaró 2023 año oficial de Francisco Villa. Difícil o imposible luchar contra la popularidad de Villa. Competiría sin problemas por la condición del más popular caudillo de la Revolución Mexicana.

 

Pero, como con tantos otros mitos de nuestra memoria colectiva, acaso como con ninguno de ellos, Villa presenta a los historiadores, a la historia oficial, y a la historia popular, un problema muy serio de realidad.

 

Su historia real, como opuesta a su consagración mitológica, exuda un olor a sangre y a matonería que apenas puede tolerarse.

 

El historiador Reidezel Mendoza ha puesto a circular un tomo, de casi 600 páginas, con la mayor reconstrucción testimonial y documental de que dispongamos hasta ahora sobre la naturaleza sanguinaria de Villa.

 

Se trata de una edición de autor, disponible en Amazon: Crímenes de Francisco Villa. Testimonios, con un prólogo de Raúl Herrera Márquez, quien hace unos años recreó, en una admirable novela, La sangre al río (Tusquets, 2014), la devastación que la furia homicida de Villa hizo caer sobre su familia, la de los grandes generales villistas Luis y Maclovio Herrera, porque éstos rehusaron seguirlo en su ruptura con Carranza.

 

La colección de Reidezel Mendoza es la obra de un historiador profesional. No hay uno solo de los testimonios recogidos que no tenga un sólido sustento historiográfico.

 

No hay mentiras aquí, ni versiones edulcoradas o elípticas de los hechos. El libro registra 50 casos de crímenes en los que, por órdenes directas de Villa o por su propia mano, perdieron la vida, con frecuencia de manera atroz, más de mil 500 personas.

 

No hay constancia de otro prócer en la historia de México que haya matado rutinariamente por propia mano. Sólo Villa, por fuera de la lógica de la guerra, por ira y por venganza, y por el aturbonado placer de matar.

 

Frente a la brutalidad de los casos recogidos por Mendoza, todas las versiones que tenemos sobre Villa parecen mitologizantes.

 

Incluso la magistral de Friedrich Katz (Pancho Villa. Era, 1998), aunque en la historia de Katz sí quedó retratado de cuerpo entero el matón que fue Villa, con su abominable rastro de sangre.

 

El rastro de sangre de Pancho Villa

 

Vista de cerca, la figura de Pancho Villa, como los templos aztecas, exuda un olor a sangre que apenas puede tolerarse.

 

El historiador Friedrich Katz escribió una especie de historia universal del personaje: Pancho Villa (Era, 2 vols.,1998).

 

En ese libro están retratados el bandido y el guerrillero, el valiente y el paranoico, el guerrero hábil y el estratega torpe, el genio carismático de la organización militar y el idiota comandante que destruye su ejército lanzándolo una y otra vez sobre las trincheras de Obregón en los llanos del Bajío.

 

Katz registra también las partes sangrientas de Villa, su fondo de ira y venganza, así como las múltiples ignorancias que lo llevaron a la derrota.

 

La violencia cruza la historia de Villa de cabo a rabo. Como el de ningún otro revolucionario, su trayecto deja claro que la guerra no es sino el “negocio de matar”, dice Katz en un pasaje, y Villa, un hombre poseído por aquella “monomanía de matar”, que Felipe Ángeles reconoció como su rasgo intolerable.

 

En ningún otro gran personaje de la historia de México, la capacidad de violencia personal ha tenido una expresión tan alta.

 

En ningún caudillo militar de la Revolución aparece tan nítido el vínculo entre el arrebato homicida personal y el homicidio colectivo que es la guerra.

 

Ni en Carranza, ni en Zapata, ni en Obregón hay un paso directo entre matar por propia mano y hacer matar por medio de las manos de un ejército.

 

En Villa, sí. Villa es el mayor matón consagrado como prócer y como héroe popular de nuestra historia.

 

Véase su perfil de ajuste de cuentas con Claro Reza, antiguo compañero de crímenes, que se había vuelto espía del gobierno y delator de las correrías de Villa, antes de la Revolución:

 

Villa entró a Chihuahua con paso lento para encontrar a Reza. Se compró un gran cono de helado y lo iba lamiendo y mordiendo cuando Reza salió de su cantina preferida, Las Quince Leguas, para enfrentarlo. Villa disparó sobre su antiguo compinche, lo mató y luego, con el mismo paso lento, salió en su caballo del pueblo sin que nadie se atreviera a perseguirlo.

 

La violencia villista

 

Desde luego hay que poner en contexto la violencia de Villa. Los otros caudillos revolucionarios, menos sangrientos en persona que Villa, lo fueron tanto o más que él en sus decisiones militares.

 

Carranza, por ejemplo, ordenó matar a todos los prisioneros que hubieran hecho armas contra la revolución, amparándose en la vieja ley juarista de 1862, que ordenaba fusilar a todo el que hiciera armas contra la República.

 

Pero son Villa y los villistas quienes sellaron nuestra historia con los mayores actos de matonería pura y dura, separados de toda justificación política, histórica o militar.

 

Recuérdese el pasaje de Martín Luis Guzmán, “La fiesta de las balas” en el que Rodolfo Fierro, lugarteniente de Villa, ejecuta a trescientos prisioneros haciéndolos correr para cruzar un patio, uno a uno, y les dispara sin parar, uno a uno, con revólveres que un ayudante le pone en la mano, antes de que salten la barda del patio que asegura su libertad.

 

Katz hizo la arqueología de otro siniestro ejecutor villista, Manuel Banda, quizá el más impresionante de todos por su perfil de hombre mediocre, convertido por la guerra en una máquina de matar... villistas.

 

A diferencia de otros matones de Villa, Manuel Banda no había dado muestras de ser un hombre violento en su vida prerrevolucionaria.

 

Había sido un burócrata de segunda en Torreón y llegó a ser oficial de la División del Norte, a cargo de vigilar y disciplinar a los soldados bisoños.

 

Un amigo de la escuela lo recordaba como un estudiante callado, que se llevaba bien con todos y nunca provocaba un pleito.

 

Cuando lo encontró convertido en oficial villista, no podía creer la transformación de Banda.

 

—¿Tú qué haces? —le preguntó.

 

—Obligo a la gente a pelear a punta de pistola —contestó Banda.

 

—¿Has herido a alguno?

 

—¿Herido? No. Matado. Yo no hiero, yo mato. Un hombre herido se puede curar y puede matarme en cualquier momento. Disparo a matar y si  no sale a la primera, sigo disparando hasta que muere.

 

—¿Has matado muchos?

 

—Muchos. He matado muchos. En algunas batallas he matado tantos como los federales.

 

(En F. Katz: Pancho Villa, Era, vol.1, p. 341).

 

 

La matanza de las soldaderas

 

En 1915, al entrar a ciudad Camargo, recobrada de manos carrancistas, Villa encaró los insultos de una mujer cuyo marido, pagador de la guarnición carrancista de la plaza, había sido fusilado.

 

La mujer, escribe Friedrich Katz en su libro Pancho Villa (Era, 1998), lo llamó asesino y preguntó por qué no la mataba a ella también. En uno de sus raptos de ira incontrolables, Villa sacó ahí mismo la pistola y la mató. Pero eso no fue suficiente para aplacar su furia.

 

Algunos villistas de la plaza, temerosos de que las soldaderas presas pudieran denunciarlos cuando las tropas de Carranza volvieran a Camargo, pidieron a Villa que las matara a todas. Villa ordenó la ejecución de las 90 prisioneras.

 

Hasta su leal secretario resintió la escena terrible que vino a continuación. Con una profunda revulsión moral vio los cuerpos de las 90 mujeres, apilados uno sobre otro, privadas de la vida por balas villistas.

 

Terminó de sacudirlo la visión absurda de un niño de dos años riendo y jugando alegremente, sentado sobre el cuerpo de su madre muerta, con las manos llenas de su sangre.

 

La violencia tiene su propio nido de prestigio en la historia. Sólo nuestra fascinación instintiva por la sangre vertida, puede explicar que la mayoría de los héroes consagrados por la historia universal sean guerreros.

 

Mucho de lo que se enseña a los niños en las escuelas como actos memorables de la especie humana, nos recuerda Freud, no es sino una colección de matanzas: batallas, guerras, conquistas.

 

Algo de eso hay en la posteridad popular y oficial de Villa: la conversión de su violencia en una especie de fiesta del humor salvaje, de la venganza plebeya, de la ira popular, que se explican y se legitiman por sí mismas.

 

Ninguna de las dos cosas. La leyenda del guerrillero que encarna la rabia del pueblo no alcanza para disculpar al matón puro y duro, extraño héroe popular de nuestra historia al que nadie quisiera encontrarse en la calle.

 

Escribí lo anterior, palabras más o menos, hace unos años, luego de leer a Katz. El libro de Reidezel Mendoza lleva el escándalo moral que es Francisco Villa todavía más lejos. Quizás a su verdadero lugar.