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3 Marzo 2024, Puebla, México.

Un artículo, siete poemas y una canción para Vincent/ León Gil

Cultura | Poesía | 31.MAR.2023

Un artículo, siete poemas y una canción para Vincent/ León Gil

 

Mundo Nuestro. El poeta colombiano  León Gil y su homenaje al hermoso pintor. Este jueves 30 de marzo de 2023 se celebró y conmemoró el 170º aniversario del nacimiento del pintor holandés (neerlandés sería lo “correcto”, dice Jorge Leon Gil, pero ‘holandés’ tiene más tradición, es más artístico, más vangoghiano) Vincent van Gogh (marzo 30 de 1853 – julio 29 de 1890).  

De Jorge León Gil hemos publicado en Mundo Nuestro 

¿Y para qué poetas en tiempos de miseria?

 

(En la imagen de portadilla: Field of Poppies, dde Vincent Van Gogh)

 

Un artículo, siete poemas y una canción para Vincent  

León Gil

 

Para muchos un genio; para otros, un pintor mediocre, el peor de los impresionistas. Sobrevalorado en extremo, un vividor que ganó desmesurada fama gracias a la leyenda romántica de pintor maldito que; en gran parte, astutamente él mismo tramó: artista marginal, famélico, esquizofrénico y alcohólico; un parásito, a quien no sólo a él debía mantener su hermano Theo, sino también a Sien, la prostituta embarazada, alcohólica y sifilítica a quien junto con un hijo recogió de la calle para que; según le escribía a su hermano, le sirvieran de modelos y a la vez compusieran el cuadro de una entrañable familia, de un cálido hogar.  

 

Y la puntada final, el toque maestro de esta gran artimaña: cortarse una oreja, y 18 meses después, pegarse un tiro en el vientre.  

 

Pero, ¿realmente se cortó una oreja? … Qué va, solo un lóbulo. Y más importante aún, no fue cierto que se automutilara, sino que después de una discusión con Gauguin, este, que era excelente pintor -pero no tan buena persona-; y además experto esgrimista, en defensa propia le cerceno el lóbulo de la oreja izquierda al agresivo y violento colega.  

 

¿Y el famoso suicidio? … Dos reputados investigadores, Gregory White Smith y Steven Naifeh (ganadores de un Pulitzer por su biografía del pintor americano Jackson Pollock), escribieron una monumental, novelada y; seguramente, novelesca biografía titulada Van Gogh: la vida (Penguin Randon House, Grupo Editorial España, 2012, 968 páginas), en la cual aseguran que el pintor holandés no se suicidó, sino que accidentalmente le disparó René Secrétan, un joven de 16 años que se encontraba de vacaciones en el pueblito francés de Auvers -Sur- Oise. (La película Van Gogh: en la puerta de la eternidad, de 1918, recrea este dato).  

 

Para mí – como debe ocurrirle a todo verdadero enamorado– nada de lo que se diga en contra; con razón o sin ella, debe importar: puede haber sido el crápula más bajo de los Países Bajos y del mundo entero, haberse cortado toda una oreja o tan solo un mechón de su hirsuta y roja melena, haberse suicidado por su propia mano, por la de un desadaptado adolescente, o suicidado por la sociedad, como escribiera su colega de arte y locura Antonin Artaud… Inclusive, podría ser que ni siquiera hubiera muerto, y aún anduviese por ahí embozado, con 12 velas prendidas en un sombrero, para así poder pintar el cielo estrellado de Auver-Sur-Oise… Para mí es y seguirá siendo lo que siempre ha sido: una leyenda universal, un mito real, el artista más artista de todos los artistas, el pintor que nos ha revelado una naturaleza más hermosa de lo que es en realidad, el que puso su toque maestro a la no pocas veces imperfecta obra de Dios, ese mismo Dios que de manera tan extraña correspondiera a su inconmensurable amor… Alguien que escribió como solo pudo haberlo hecho un iluminado, un santo, el más bello espécimen de la humanidad, un incendiado poeta de la pluma y el pincel.  

 

Celebramos su miserable y a la vez feliz existencia, su obra inmortal. Y celebran los mercachifles y los grandes marchantes, los plutócratas, los tecnócratas, los idólatras de Pluto y Mammón, los pragmáticos, los utilitaristas, los que no lloran los que facturan …; porque la respuesta a la pregunta que hace siglo y medio se hiciera Albert Aurier: “Este robusto y verdadero artista, de pura raza, de brutales manos de gigante, de un nerviosismo de mujer histérica, de alma iluminada, tan original y tan al margen de nuestro lastimoso arte de hoy… ¿Llegará a conocer algún día los goces de la rehabilitación, los arrepentidos halagos de la moda?”, es un categórico sí: multimillonarias subastas, taquilleras películas y libros best seller sobre su vida y su obra, hasta objetos, prendas y suvenires de todo tipo con sus pinturas impresas … Tan solo el Museo Van Gogh de Ámsterdam recibe más de 2.000.000 de visitas anuales, con boletos de ingreso a un costo promedio de 20 euros. El que cuenta además con una tienda que ofrece zapatos, sudaderas, camisetas, bolsos, gorras, mochilas, paraguas, jarrones, pocillos, llaveros y todo lo que se pueda imaginar; inclusive lociones y perfumes con la marca del sucio y maloliente pintor. Es la gran marca Van Gogh.  

 

Pero además de las incontables biografías que en diversos soportes y formatos se han realizado, también ha inspirado tesis de maestría y doctorado en diferentes campos del arte, la medicina y las humanidades.  

 

 Y de todos esos laudatorios ríos de tinta que han brotado de prácticamente todas las lenguas de la tierra acerca del artista y su obra, vierto en este texto unas cuantas gotas; las primeras, las únicas que abrevara el robusto pero sediento y doliente espíritu del gran pintor. Las escribió el poeta, escritor, crítico y teórico del arte Gabriel Albert Aurier, en un artículo titulado Les Isolés (Los Aislados), y publicado el mes de enero de 1890 en el Mercure de France. Es decir, seis meses antes de la muerte del artista. Un texto que termina anunciado que “Vincent Van Gogh es a la vez demasiado simple y sutil para el espíritu burgués contemporáneo. Y ¡Sólo será plenamente comprendido por sus hermanos, los artistas muy artistas … y por los felices humildes, los más humildes!”  

    

 A continuación, el artículo, y dos enlaces a 7 poemas y una canción; sinceros y amorosos, dedicados al hermoso pintor:  

 

Los Aislados  (1890)

 

Por Gabriel Albert Aurier  

 

Bajo cielos deslumbrantes, a veces tallados como zafiros o turquesas, a veces modelados bajo no sé qué tipo de azufres infernales, cálidos, deletéreos y ciegos; bajo cielos como coladas de metal y cristal en fusión, donde a veces se despliegan radiantes y tórridos discos solares; bajo el incesante y formidable centelleo de todas las luces posibles; en atmósferas cargadas, llameantes y punzantes que parecen ser exhaladas por hornos fantásticos donde el oro, los diamantes y gemas singulares son volatilizados – aquí se despliega una extraña naturaleza inquietante y turbadora, a la vez totalmente verdadera y sin embargo casi sobrenatural, una naturaleza excesiva donde todo – seres y cosas, sombras y luces, formas y colores – se levanta con una voluntad rabiosa aullando su propia y esencial canción, con el timbre agudo más intenso y feroz; los árboles, retorcidos como gigantes en la batalla, son los que  proclaman su poder indomable con el gesto de sus nudosas ramas y la amenaza del flamear de sus verdes crines, el orgullo de su musculatura, su savia cálida como la sangre, su eterno desafío al huracán, al rayo, a la naturaleza perversa; los cipreses son los que trazan sus negras pesadillas de siluetas en llamas; montañas arqueadas como lomos de mamuts o rinocerontes; vergeles blancos, rosas y amarillos, como sueños ideales; las casas bajas se contorsionan apasionadamente como seres que gozan, sufren y piensan; piedras, terrenos, maleza, campos verdes, jardines, ríos… parecen esculpidos en desconocidos minerales, pulidos, relucientes, irisados, mágicos; son paisajes resplandecientes que parecen estar en una multicolor ebullición proveniente de algún diabólico crisol de alquimista; el ramaje se diría que es de bronce antiguo, de cobre nuevo, de cristal hilado; los parterres de flores no parecen flores sino una exuberante joyería hecha con rubís, ágatas, ónices, esmeraldas, corindones, crisoberilos, amatistas y calcedonias; es el universal y loco resplandor de las cosas; es la materia, la naturaleza frenéticamente retorcida hasta el paroxismo, llevada al culmen de la exacerbación; la forma se vuelve pesadilla, el color se torna en llamas, lavas y pedrerías, la luz incendia, da vida y fiebre alta. …  

 

… Y, sobre todo, al igual que todos sus ilustres compatriotas, es un realista, un realista en el sentido más amplio del término. Ars est homo naturae additus, escribió el canciller Francis Bacon, y Emile Zola define el naturalismo como «la naturaleza vista por un temperamento».  Pues bien, es este «homo additus», es este «temperamento» que moldea la unidad objetiva de lo diverso lo que complica la cuestión y elimina la posibilidad de cualquier criterio absoluto para medir el grado de sinceridad del artista. Para determinar esto, la crítica queda inevitablemente reducida a conclusiones más o menos hipotéticas, pero siempre cuestionables. Sin embargo, en mi opinión, en el caso de Vincent van Gogh, a pesar de la desconcertante extrañeza de sus obras, es difícil para un espectador imparcial y bien informado negar o cuestionar la veracidad ingenua de su arte, la ingenuidad de su visión.  

En efecto, con independencia de este indefinible aroma a buena fe y de visión verdadera que desprenden todos sus cuadros, la elección de los temas, la armonía constante entre las notas de color más excesivas, el estudio concienzudo de los caracteres, la continua búsqueda del código esencial de cada cosa… mil detalles significativos dan prueba de su profunda y casi infantil sinceridad, de su gran amor por la naturaleza y por la verdad – de su verdad personal.  

 

Teniendo en cuenta esto, por lo tanto, se puede deducir legítimamente que las obras de Vincent van Gogh pertenecen al temperamento de un hombre, o mejor, al de un artista – una deducción que se puede corroborar, si queréis, con datos biográficos. Lo que caracteriza toda su obra es el exceso. . . el exceso en la fuerza, el exceso de nerviosismo, la violencia de su expresión. En su afirmación categórica del carácter de las cosas, en su frecuente y temeraria simplificación de las formas, en su insolencia para fijar el sol de frente, en la pasión vehemente de su dibujo y su color, incluso en los más pequeños detalles de su técnica… se revela una figura poderosa, masculina, audaz, a menudo brutal… y sin embargo ingenuamente delicado.  

Además, se adivinan los excesos casi orgiásticos en todos lo que pinta, es un exaltado, un enemigo de las sobriedades burguesas y sus minucias, una especie de gigante ebrio más apto para remover montañas que para manejar chucherías en los estantes, un cerebro en ebullición derramando su lava por todos los recovecos del arte, un irresistible, un terrible y enloquecido genio, muchas veces sublime, grotesco otras, casi siempre al borde de la patología. A fin de cuentas, y sobre todo, es un hiperestésico con síntomas claros que percibe intensidades anormales, quizás incluso, dolorosas, percibe los imperceptibles y secretos caracteres de las líneas y las formas, pero más aún los colores, las luces, los matices invisibles para las pupilas sanas, las mágicas irisaciones de las sombras. He aquí el origen de su realismo, su neurosis. Y he aquí por qué su sinceridad y verdad son tan diferentes del realismo, de la sinceridad y verdad de los grandes y pequeños burgueses holandeses, ellos, con cuerpo tan sano, con un alma tan equilibrada, fueron sus antepasados y maestros.  

 

Sin embargo, este respeto y ese amor por la realidad de las cosas no es suficiente sólo para explicar y caracterizar el arte profundo, complejo y diferente de Vincent van Gogh. Sin duda, como todos los pintores de su raza, es consciente de la materia, de su importancia, de su belleza, pero a menudo, no considera a esta encantadora materia como una especie de maravilloso lenguaje destinado a traducir la Idea. Es, casi siempre, un simbolista. No un simbolista como los primitivos italianos, esos místicos que intentaban experimentar el deseo de desmaterializar sus sueños, sino un simbolista que siente la continua necesidad de revestir sus ideas con formas precisas, ponderables y tangibles, con envolturas intensamente carnales y materiales. En casi todas sus telas, bajo esta envoltura mórfica, bajo esta carne tan carnosa, bajo esta materia tan material, subyace, para el espíritu que sabe verlo, un pensamiento, una Idea, y esta Idea, el sustrato esencial de la obra, es al mismo tiempo, la causa eficiente y final. En cuanto a las brillantes y resplandecientes sinfonías de líneas y colores, cualquiera que sea su importancia para el pintor, en su trabajo no son más que simples medios expresivos, simples procedimientos de simbolización. De hecho, si nos negamos a reconocer la existencia de estas tendencias idealistas debajo de este arte naturalista, una gran parte de la obra que estudiamos quedaría absolutamente incomprensible. ¿Cómo explicaríamos, Le Semeur (El Sembrador), este augusto y turbador sembrador, esta tosca figura brutalmente genial, que se parece a veces y lejanamente al propio artista, cuya silueta, gesto y trabajo han obsesionado siempre a Vincent Van Gogh, y que pintó y repintó tan a menudo, tanto bajo el cielo rubescente del atardecer, como bajo el polvo de oro de los mediodías abrasadores?¿ cómo podríamos explicar El Sembrador sin considerar la idea fija que atormenta su cerebro sobre el advenimiento necesario de un hombre, de un mesías, sembrador de verdad que regenerase la decrepitud de la gente como Guillaumet, del desvaído Fromentin o del cenagoso Géròme, en esos países resplandecientes, de fulgurantes soles y de colores que ciegan?…  

… ¿Son prácticas todas estas teorías, todas estas esperanzas de Vincent Van Gogh? ¿No son vanas y bellas y quimeras? ¿Quién lo sabe? En todo caso, no voy a examinarlo aquí. Para caracterizar un poco a este curioso espíritu bastará con hablar sobre su técnica.  

El lado externo y material de su pintura está en correlación absoluta con su temperamento de artista. En todas sus obras, la ejecución es vigorosa, exaltada, brutal, intensa. Su dibujo, rabioso, pujante, a menudo, desmañado y un poco rudo, exagera el carácter, lo simplifica, pasa a ser el de un maestro triunfante por encima del detalle y alcanza la magistral síntesis, el gran estilo a veces, pero no siempre.  

Su color ya lo conocemos. Es inverosímilmente deslumbrante. Que yo sepa, es el único pintor que percibe el cromatismo de las cosas con esta intensidad, con esta cualidad metálica, gémica. Su investigación de las coloraciones de las sombras, de las influencias de los tonos sobre los tonos, de los soles plenos son las más curiosas. Él no siempre sabe evitar algunas crudezas desagradables, ciertas discordancias, ciertas disonancias… En cuanto a la factura propiamente dicha, a sus procedimientos inmediatos para iluminar la tela, son, como todo lo suyo, fogosos, poderosos y muy nerviosos. Su pincel opera mediante enormes empastes de tonos muy puros, mediante regueros curvados, rotos por toques rectilíneos…, mediante el amontonamiento, a veces desmañado de una rutilante construcción, y todo esto da a algunos de sus cuadros la apariencia sólida de deslumbrantes murallas hechas de cristales y de sol.  

 

Este robusto y verdadero artista, de pura raza, de brutales manos de gigante, de un nerviosismo de mujer histérica, de alma iluminada, tan original y tan al margen de nuestro lastimoso arte de hoy… ¿Llegará a conocer algún día –todo es posible– los goces de la rehabilitación, los arrepentidos halagos de la moda? Puede ser. Pero, ocurra lo que ocurra, incluso cuando la moda llegue a pagar por sus lienzos – lo que es poco probable – lo mismo que por las mezquindades del señor Meissonier, no creo que pueda caber mucha sinceridad en la tardía admiración del gran público. Vincent Van Gogh es a la vez demasiado simple y sutil para el espíritu burgués contemporáneo. ¡Sólo será plenamente comprendido por sus hermanos, los artistas muy artistas … y por los felices humildes, los más humildes!  

 

 

Una canción para Vincent (Starry, starry night), de Don Mclean 

 

 

Siete poemas a Van Gogh, de León Gil

 

Poemas tomados de Del huerto de Van Gogh, Medellín, 1990.

 

 

CROMOFAGIA

Hoy me desayuné con rojo
violeta azul amarillo y verde
y en lugar de café con crema
me bebí la sangre
y alma de cada lámpara
entonces
yo era un arco iris
y una antorcha
pero me dolía terriblemente
porque has de saber
mi querido Theo
cuesta mucho ser una estrella

 

 

MALDICIÓN CROMÁTICA

 

Rimbaud
encontró el color de las vocales
y Van Gogh
el color de las pasiones
pero no sabemos qué ocurrió:
¿por qué el poeta quedó mudo
y fulminado el pintor?

 

 

 

SUBASTA

 

…Jeannin posee la peonía,
Quost posee la malvarrosa,
pero yo poseo un poco el girasol. Vincent van Gogh.

 

Querido hermano:

Gracias por tu billete de 50 francos.
Fueron ellos parte del abono
para poner en movimiento
mis pobres girasoles

También quiero decirte
que si no logras feriarlos
los dejes mientras puedas
iluminando y perfumando
nuestros amigos y tu casa
pues ha de llegar el día
en que un gran inversionista
o algún excéntrico a la moda
los marchite y sepulte
bajo el peso de sus dólares

 

 

CONVALECIENTE

 

¿Qué sería de las tinieblas
si no se alimentaran de fiebres?
¿Qué sería de la luz
sin ojos que acribillar? Sylvia Plath.

 

Hoy le dieron de alta
-no hacía sol ni había estrellas-
no salió en ambulancia
ni lo esperaban
familia y amigos
en coche

Salió con los ojos vendados
y una mano atada
a un árbol de sombras

Recordaba:
comer y beber todo aquello
que vaya directo al estómago
aliente solamente el cuerpo
y más bien
sirva de lastre a la mente

No indigestarse los ojos de sol
ni calentarse el corazón con ajenjo

Tratar de dormir
cerrando los ojos
por fuera a la luz
y a los fantasmas por dentro…

¿Qué otras cosas sufriría el pintor
caminando del manicomio a su casa?

 

 

VANGOGHIANA

 

A sus 37 años, el pintor
pinta como un loco y como un niño
sin ser niño
y se retrata como filósofo o anciano
sin ser viejo

Proscrito de todos los paisajes
del mundo y de la vida:
estéril perdido y sin chance

¿No recuerda que en los últimos 6 meses
ha fustigado y cometido más de un centenar y medio
de telas, dibujos y grabados,
y recuerda que en toda su vida ha vendido sólo un cuadro?

Cada tarde, después de arar y segar los campos
de luz, girasoles, de-lirios y trigales
se pinta el alma de luminosos alcoholes
se mete entre los cómplices espejos de la noche
y dándose unas efusivas palmaditas en la cara
se dice:

Pero vamos, muchacho
si no has cambiado nada
parece que fue ayer
la última vez que te vi ebrio
cantando en las esquinas con tu amigo
y acariciando a tu chica en el parque
ebrio como un dios
creando y recreando el mundo a tu paso
¿Es necesario decir, que sólo ha entonado en manicomios
delirios y aullidos con enajenados y fantasmas
y que para ver por un instante
a su amada Katherine
se asó una mano sin lograrlo?

Escribe cartas de náufrago a su hermano
y a veces en su islote requiere con urgencia
el fuego húmedo de cualquier “puta barata”

Cada mañana al despertar
los espejos severos y prosaicos del día
le presentan a un hombre diluido
seco y oscuro
como un charco de obsidiana
y extraño

Más extraño

 

 

COMPOSICIÓN

 

TÍTULO: Nacimiento de una estrella
DIMENSIONES: Eternidad x infinito
TÉCNICA: Fuego sobre vísceras
AUTOR: Vincent Van Gogh

Violáceos remolinos en el cielo
abren puerta franca al infinito

En un ebrio trigal de Auvers
el sol escancia su néctar amarillo

Estallan intestinos de uvas y amapolas

Y al conjuro del mistral
de aquel océano radiante
sangrante y convulso
un 29 de julio
de 1890
se alza sobre el mundo
una nueva estrella

 

 

ÚLTIMA CARTA

 

Pues bien, por mi trabajo arriesgo
mi vida y mi razón destruida a medias. Vincent van Gogh.

 

Mi querido Theo:

El círculo cromático en Arles
definitivamente me atrapó
y no encuentro en el azul
la puerta que da al cielo
ni logra el amarillo
proyectarme al sol
pero espero que este rojo
anémico y febril
con que mancho Auvers-Sur-Oise
me dé al fin la libertad

 


León Gil. Poemas tomados de Del huerto de Van Gogh, Medellín, 1990.