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17 Abril 2024, Puebla, México.

Vibración de Villa / Héctor Aguilar Camín

Sociedad | Crónica | 26.JUL.2023

Vibración de Villa / Héctor Aguilar Camín

Día con día

 

La pistola cubana de Villa

 

El 20 de julio, durante el centenario luctuoso de Francisco Villa en La Coyotada, Durango, se exhibió la pistola que Madero le habría regalado a Villa en 1911, cuando le reconoció sus servicios revolucionarios.

 

La pistola fue hallada en La Habana en 1913, en una caja cuya placa lleva el nombre de Doroteo Arango Villa (sic), nombre que Villa nunca usó.

 

El gobierno cubano la devolvió al mexicano en mayo de 2022, y el presidente López Obrador la entregó en custodia al secretario de la Defensa en el acto de La Coyotada.

 

Hay dudas sobre la historia y la autenticidad del arma. De lo que no hay dudas, es de que si esa pistola fue de Villa, no pudo matar a nadie con ella después de 1913.

 

No mató con ella, por ejemplo, a la soldadera que, en 1915, al entrar a Ciudad Camargo, lo insultó porque le habían fusilado a su marido, un pagador carrancista. Colérico, Villa le dio un tiro en la cabeza a la soldadera y mandó fusilar luego a 80 de sus compañeras, que gritaban también.

 

Villa tampoco mató con esa pistola a Andrés Avelino Flores, el cura del pueblo sonorense de San Pedro de la Cueva, que los villistas asolaron, en diciembre de 1915: violaron a las mujeres que quisieron y fusilaron a 74 hombres del lugar.

 

En abril de 1919, al ocupar Parral por enésima vez, Villa le perdonó la vida a todos los defensores sociales que resistieron su asedio, menos al viejo José de la Luz Herrera, y a sus dos hijos, Melchor y Zeferino.

 

Villa hizo caminar a los Herrera, amarrados, por el centro de Parral hasta el Panteón, donde el viejo Herrera lo retó a duelo y le escupió en la cara.

 

Villa contestó: “Para que le duela más: antes de morirse usted, va a ver cómo trueno a sus hijos”. Mató entonces a Melchor y a Zeferino Herrera, con tiros en la frente. Mató después al viejo José de la Luz, y mandó a colgar los cuerpos en los mezquites del cementerio.

 

Tampoco esto pudo ser con la pistola aparecida en Cuba en 1913, pistola inocente, como se ve, para haber sido la de Villa, le faltó tiempo.

 

Vibración de Villa

 

No está claro cuándo le regaló Madero a Villa la pistola que fue a parar a La Habana en el año de 1913.

 

La pistola fue donada al gobierno de México en mayo de 2022, por Javier Leal Estévanez, “heredero universal” del historiador cubano Eusebio Leal Spengler. (El siglo de Durango, 21/7/23).

 

Durante el centenario luctuoso de Villa, la pistola fue entregada por el Presidente al jefe del Ejército para que “bajo resguardo de la Sedena” forme “parte del patrimonio cultural de México” en el Museo de la Revolución Mexicana de Chihuahua.

 

Si la pistola fue de Villa, sólo pudo serlo hasta 1913. Por haber sido de Villa, podemos presumir que la pistola llegó a La Habana ya con algunas muescas de muertos en la cacha.

 

Se habrá quedado con hambre de más muescas, si medimos su apetito con el banquete de muertos por mano propia que Villa se sirvió en los años siguientes.

 

Borges dijo en un cuento que el cuchillo del malevo Juan Muraña sobrevivió a su muerte, en manos de su viuda, una mujer flaca, alta, huesuda, que una noche secreta cosió a cuchilladas al casero que le cobraba la renta, en el hoy ido barrio de Palermo.

 

Sugiero a los custodios de la pistola cubana de Villa, si en verdad fue su pistola, que lean esta historia, titulada justamente Juan Muraña, en El informe de Brodie.

 

Porque si la pistola aparecida en Cuba fue en verdad de Villa, si de verdad estuvo en su mano hasta 1913, se habrá quedado con hambre.

 

Y quizá, como el puñal de Muraña, no murió del todo, sino que su apetencia de muerte vibra en ella todavía, como vibra en el país la apetencia de muerte de la que Villa fue, en su tiempo, el más alto ejecutor.

 

Me dirán que hay miles de pistolas de Villa sembrando muertos por toda la República, que la pistola cubana de Villa no es nada, ni siquiera un símbolo bien puesto.

 

Respondo humildemente que sí. Que ese es el caso. No hay nada que celebrar.