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12 Junio 2024, Puebla, México.

Carta de amor a México / Emma Del Carmen

Sociedad /Cultura | Poesía | 23.ENE.2024

Carta de amor a México / Emma Del Carmen

Otra vez me despido de ti.

No sin antes decirte que te quiero.

 

Durante demasiado tiempo te mantuve en un lugar oscuro, en el lugar más oscuro que escabé en mi memoria. En donde solo caben los monstruos, las bestias y los vacíos. Ahí te guardé. En una pequeña caja donde las memorias valiosas de recordar las marchitaba el dolor, la desaparición y los balazos. Te guardé en esa caja, y te metí en una maleta que cruzaría el Atlántico. Pegadito a mí para odiarte y temerte de cerca. Con odio pero aún así te llevé conmigo. Y te escribí poemas. Poemas de amor y odio. Te lloré todas las noches mientras construía una vida a la que ya no pertenecías. A veces, amenazaba con olvidarte, y en sueños dormía sin dejar que te recostaras a mi lado. Para que solo tú te quedaras con las pesadillas. No te dejé entrar en esta nueva vida. Te dejé fuera, como tú alguna vez hiciste conmigo.

            Amenazaba con olvidarte conociendo de cerca el fracaso. Pero te amenazaba para ver si así te componías y me rogabas mi regreso, como un amante que te promete la vida. Y de vez en cuando asomaba la mirada a la caja, y las lágrimas vestían tus colores de verde y rojo y alimentaban el águila de tu ausencia. Entre más te lloraba, más crecían de nuevo las memorias. Más cicatrizaba tu herida. El color de la sangre se tornaba de grana. Te salían espinas, pero eran más parecidas a los nopales que a las cuchillas. Conforme el tiempo sucedía, tú, en esa caja, también cambiabas. Y yo me daba cuenta a pequeños pedazos. Construí esa vida lejos de ti, a la vez que la llenaba de tus recuerdos. Me desesperaba al ver que nunca te ibas por completo. En mi boca cargaba tu lengua. En mis tatuajes, las siglas de tu capital. Y en mi gente cargaba tu poesía.

            Y decidí volverte a ver. Ahora desde otros ojos. Unos que no te tuvieran rencor, que solo conocieran tu historia pero no tu anécdota. Tuve que pedir unos prestados, porque los míos aún se empañaban de ti. Y por primera vez, te volví a ver como mi hogar. Te volví a ver a través del sol punzante de tus inviernos; de las largas caminatas de tus avenidas que no calculan en semáforos, sino en el reloj interno de quienes las conocen. Te vi a ti siendo tú y bailándome con tus miles de colores, tus jardines de flores, tu música en las esquinas, tus besos en los balcones. Te sentí en los callejones que a veces duermen en la incertidumbre de no saber si caminar sola es sinónimo de paz o de guerra. En el silencio que nunca aprendí de dónde venía. Esos otros ojos que te veían, me miraban a mí llorándote. Y de pronto dejaste de ser un gigante; y yo dejé de ser diminuta. Dejé de temerte. Y tú dejaste de quererme de rodillas.

            Volví a ti y por momentos no sabía si podría dejarte. Olvidé que volver también es irme. Y esa despedida que antes entendía necesaria, urgente, se proyectó casi imposible. Volví a ti para regresar al abrazo de quienes en ti habitan, quienes no se han ido, los que aún reciben con la memoria intacta. Y de pronto esa cajita se limpió las lágrimas y la sangre, y se llenó de poesía, del sonido tan rápido que es caminarte, del intento inalcanzable de conocerte por completo. La cajita se llenó de amigos y familia, de hogares que aunque nunca son los mismos siempre huelen igual; se llenó de la raíz que me sostiene, que me convierte, que me hace ser quien soy y que me hace quererte tanto.

 

Te escribo, México, una carta de amor.

Porque en ti se encuentra todo lo que más amo.