El sol de verano trepa despacio por el lomo del cerro del Fortín. Lo baña todo con una luz anaranjada que, a esta hora temprana, aún no quema. Desde lo alto, Oaxaca parece una vasija extendida entre colinas, una ciudad que late al ritmo de su historia, pero también de sus olvidos. Allí, donde los danzantes de la Guelaguetza giran cada julio bajo un cielo sin nubes, por las lluvias, la maleza crece sin cuidado, y la basura se arremolina en los caminos como si buscara a quienes dejaron de venir.
El reportero sube temprano. A las seis de la mañana, el Fortín está despierto, pero solo. Antes, dice, los corredores lo recorrían como un ritual sagrado, zancadas firmes, respiración profunda, saludos entre desconocidos que compartían el gusto por el esfuerzo. Ahora, las pisadas son pocas y temerosas. Se sube con el presentimiento afilado y los tenis bien amarrados, no por el ejercicio, sino por la posibilidad de salir corriendo.
Ya casi no hay guajes ni los quintoniles que llenaban las mochilas de quienes subían por las veredas. Ya no están los ambientalistas que pintaban el cerro con esperanza, ni los paseantes que hacían de cada domingo un manifiesto de pertenencia. El reportero recuerda sus voces como se recuerda el eco difuso, lejano, testigo de un tiempo en el que se creía que aún era posible cambiar las cosas.
Los cerros que rodean Oaxaca —el Fortín, el Crestón, Monte Albán— fueron alguna vez guardianes. Desde sus alturas, cuidaban del valle, daban sombra, oxígeno, sentido. Hoy, en cambio, se parecen más a ruinas que resisten sin saber si todavía hay quien los defienda. La ciudad crece a sus pies con una voracidad sin tregua, empujando casas como olas de concreto que trepan por sus flancos, sin orden ni respeto.
En el Fortín, donde se levanta el auditorio Guelaguetza como una nave varada entre espinos, si no hay conciertos, la presencia humana es mínima. Los rondines son anecdóticos. Los policías, esporádicos. La maleza cubre los caminos y oculta lo que no se quiere ver, latas vacías, ropa tirada, preservativos, huellas de noches sin ley. Hay quienes han perdido más que la paz al subir. Algunos ya no vuelven. Otros lo intentan y regresan sin tenis, con el miedo pegado en la espalda como sudor frío.
El abandono no se grita, pero se nota. Afortunadamente es tiempo de lluvia. Luego la falta de riego mata los árboles. Los viejos, porque no hay recién plantados. Allí está el abandono. En la señalización caída, en la basura que nadie recoge, en los troncos calcinados por fuegos que nadie sofoca. No hay guardabosques. No hay presupuesto. No hay plan. No hay más que una ciudad que respira menos cada año, con pulmones atrofiados por la negligencia y el desinterés.
Las autoridades parecen haber firmado un pacto tácito con la indiferencia. El Fortín fue declarado Parque Estatal hace bastante tiempo, pero a estas alturas ni siquiera hay un diagnóstico claro sobre la salud de su vegetación. Un pulmón sin examen, sin tratamiento, sin aire.
Y, sin embargo, resiste. Como una madre vieja, el cerro espera. Mira desde lo alto los techos, unas terrazas, otros llenos de tiliches, las iglesias, los nuevos centros comerciales. La gentrificación. No se queja. Solo observa. Quizás espera a que alguien escuche, a que los pasos vuelvan a sonar con seguridad, a que los corredores no tengan miedo, a que la ciudad recuerde que, sin sus cerros, se le va la voz, el aliento, la memoria.
Porque no se puede amar lo que no se protege. Y no se puede proteger lo que ya no se sube a mirar.
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Redacción de Misael Sánchez Reportero de Agencia Oaxaca Mx