Para nosotros los totonacos el agua tiene dueño, es decir su takuxta’, siente, ve y nos escucha.
A medio día, el dueño del agua se reúne con los dioses trueno, los jilinin, para planear el trabajo que harán al día siguiente, hay lugares donde hace falta la lluvia, donde las plantas tienen sed, pueblos que se quedan sin agua y es necesario priorizar la lluvia en ese lugar.
Si a esa hora los interrumpimos, nuestro takuxta, es decir, nuestro espíritu, es detenido y nos enfermamos, por eso los abuelos insisten en que debemos respetar el agua y evitar acercarnos a medio día.
Como castigo para la persona atrapada, los truenos y el dueño del agua lo castigan y lo llevan a trabajar para hacer llover donde hace falta.
Por eso esa persona siente mareos, náuseas y debilidad, porque no está acostumbrada a andar en las alturas. Nuestros abuelos dicen que se lo llevó el agua.
Para curarla es necesario hablar con el dueño del agua y pedirle que nos perdone y de esa manera liberarnos de la enfermedad.
En los pueblos totonacos, los pozos, los mantiales y los ríos son muy respetados.
Pero esa visión del respeto al agua y los lugares sagrados está cada vez más amenazada en algunos lugares por la presencia del turismo, quienes motivados por la publicidad acuden y se meten al agua sin importar la hora.
Habría que que ir educandolos también sobre la visión de nuestros ancestros.
El video es de una de las cascadas más visitadas del municipio de Cuetzalan, Puebla.
© Texto y video Manuel Espinosa Sainos. Poeta, traductor y comunicador tutunakú.