Día con día
Kant imaginó que era posible un mundo organizado por una federación de estados capaces de vivir en una “paz perpetua”.
Maquiavelo vio un mundo en el que lo único perpetuo eran la discordia, la guerra y la lucha por el poder; un mundo en el cual era preferible ser temido a ser amado.
La paz y la guerra han coexistido siempre. Hay una poderosa evidencia, estadística y vital, de que la humanidad ha vivido, desde el fin de la Segunda Guerra, la época más pacífica de su historia, la época de menos muertos en guerras regionales o ataques terroristas, aunque estas realidades sean suficientes para alimentar nuestra creencia de que el mundo nunca ha sido tan violento como ahora.
Muchos observadores creen que nos dirigimos a una nueva guerra mundial, a través de la lucha por la hegemonía de Estados Unidos y China, con sus respectivos aliados, inestables y cambiantes, pero parte de la gran corriente.
Al atacar Irán, Israel y Estados Unidos desataron un momento de guerra escandalosamente maquiavélico, un momento impuesto por la fuerza, la astucia, la supremacía militar y el poder puro y duro, empeñado en ganar y ser temido.
Quizá Trump e Israel no han hecho sino acabar de quitarle la máscara al mundo de ayer, que se complace en la ilusión de una convivencia mundial asentada en valores como la soberanía de los países, la solución pacífica de los conflictos, la defensa de los derechos humanos: el simulacro de nuestra paz perpetua.
El sábado 28 de febrero, a las 8.30 de la mañana de Teherán, Maquiavelo tomó la escena y rasgó lo que quedaba del simulacro.
Estados Unidos e Israel decidieron jugar la ficha de la fuerza, del miedo, del poder puro y duro, para intervenir los destinos de Medio Oriente, atacando la pieza que juzgan el origen de la inestabilidad de la región.
Nada quedó del simulacro del mundo de ayer. Los llamados de la ONU, ese mismo día, a suspender hostilidades y retomar las negociaciones, fueron los más vacíos de la jornada respecto de lo que sucedía en la realidad, “la verdad efectiva de la cosa” de que hablaba Maquiavelo.
El ataque sigue. En cierto modo, apenas empieza. Le faltan cuatro semanas, dice Trump.