mayo 19, 2026, Puebla, México

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La mentira como forma de gobierno / Luis Alberto Fernández G.

La desconfianza en las instituciones es señal de atraso cívico. Pero la confianza no es un presupuesto, sino un resultado

La verdad no es el elemento principal en la ética del político. Lo que caracteriza a un (buen) político es la responsabilidad personal frente a la sociedad. No quiere decir esto que lo primordial sea la mentira, sino que la prioridad es echarse a hombros la suerte de los otros. En algunas circunstancias especiales, ello puede significar ocultar la verdad -al menos, una parte de ella: cuando sacarla a la luz completamente puede ser perjudicial para muchas personas. Maquiavelismo puro.

Es importante aclarar de inmediato: la mentira no puede establecerse como una forma cotidiana de gobernar. Puede ser, digamos, una forma de escoger el mal menor.

El dilema es, al parecer, tan antiguo como la humanidad misma. Ya en la Odisea es planteado por Homero: Ulises tiene que escoger entre pasar su nave al alcance de la espantosa Escila, monstruo de 6 cabezas que devoran, cada una, al hombre que pase a su alcance; o cerca del otro monstruo, Caribdis, que sorbe toda el agua y su contenido tres veces al día y tres la devuelve. La hechicera Circe aconseja a Odiseo: “¡Ojalá no te encuentres ahí cuando la está sorbiendo, pues no te libraría de la muerte ni el que sacude la tierra! Conque acércate, más bien, con rapidez al escollo de Escila y haz pasar de largo la nave, porque mejor es echar en falta a seis compañeros que no a todos juntos (Odisea, canto XII).

Pero debemos tener enfrente otras dos cuestiones: primero, la ética que plantea Maquiavelo -al contrario de la interpretación banal- es el interés del estado, no el del príncipe; y segundo, la demoledora afirmación de Hanna Arendt: “Políticamente hablando, la debilidad del argumento ha sido siempre que quienes escogen el mal menor olvidan con gran rapidez que están escogiendo el mal”. (En Responsabilidad personal frente a una dictadura, 1964. Empezando por Kant, muchos otros han reprobado la ética del mal menor.

La historia viene a cuento porque, cada vez con mayor frecuencia, el gobierno de México parece emplear la mentira en sus necesidades de justificación. Ya no es solo el “yo tengo otros datos” o la posverdad, sino el afán de querer explicar cualquier situación problemática para encubrir las responsabilidades personales …y echarlas a los empleados de abajo.

El problema es que la mentira solo es eficaz mientras perdura y, hoy más que antes, ante la facilidad con que se puede dar testimonio por la abundancia de medios (imágenes y sonidos en satélites y en celulares que casi cada uno trae en la mano), así como las técnicas para desenmascarar las falsificaciones que crecen a la par que las falsificaciones, la verdad, aunque trabajosamente, se va abriendo paso.

¿Muestras recientes? Las piernas que buscan bronceado en una ventana del Palacio Nacional -cuestión que, en sí misma, es verdaderamente menor. El problema no es la desnudez crural, sino la deriva explicativa de los funcionarios -de la misma presidenta- usando los recursos públicos para engañar ¿Con qué finalidad? ¿La salvaguarda de los intereses superiores del Estado? Claro que no.

Otro ejemplo es el relativo al contaminante derrame de petróleo en el Golfo de México, frente a las costas de Veracruz y Tabasco. Ese no es nada banal sino grave. Los accidentes ocurren, cierto, pero que hayan tenido que pasar 46 días -a partir del 8 de febrero- con pruebas evidentes de las consecuencias para la ecología y la forma de vida de pescadores y prestadores de servicios turísticos para reconocer la verdad, es malo. Porque en el transcurso tuvimos que soportar las versiones exculpatorias y ridículas de, en primer lugar, la dirección de Pemex, a pesar de los testimonios de pobladores costeros mostrados por la televisión comercial y las imágenes satelitales difundidas por el periódico El País y la organización social CartoCrítica. Las mentiras se multiplicaron día a día y pronto la gobernadora de Veracruz responsabilizó a un “barco privado de una petrolera privada (sic) que no le trabaja a Petróleos Mexicanos” y que fue contratado, claro, en un sexenio neoliberal. La propia Doctora Sheinbaum, en su conferencia cotidiana del 23 de marzo, afirmó “no es derrame de Pemex, pero Pemex está haciendo todo para la limpieza del océano y las playas”. Y aún más grave: la presidencia creó un “grupo interdisciplinario” (¿?) formado exclusivamente por dependencias de gobierno federal que dos días después de su constitución, se apresuró a declarar que las causas del derrame en el golfo eran “el vertimiento ilegal de un buque” y chapopoteras naturales en Coatzacoalcos y Cantarell. También Alicia Bárcena, otrora ambientalista y hoy Secretaria de Medio Ambiente y Recursos Naturales, insistió en el origen “natural” de la contaminación.

Finalmente, el 16 de abril, el director general de Pemex, admite la responsabilidad de la empresa en el derrame, detectado por su personal ¡desde el 8 de febrero!, pero que las áreas operativas habían ocultado.  ¿Qué resulta peor: que el director de la empresa sea engañado por sus empleados o que la ciudadanía (¿también la Presidenta?) sea engañada por su “empleado” (los ciudadanos le pagan su sueldo)?

¿Tendrá credibilidad la nueva comisión interdisciplinaria que investigará las ventajas y desventajas de la extracción de gas por medio del fracking?

La desconfianza en las instituciones es señal de atraso cívico. Pero la confianza no es un presupuesto, sino un resultado.

Luis Alberto Fernández

Abril 2026

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