Nadie sabrá que hubo una especie capaz de soñar, que acabó destruyéndose por su delirio de grandeza
Dedicado a los y las profesionales de la esperanza en su día.
Vendrán lluvias suaves y olor a tierra mojada,
Y golondrinas rolando con su chispeante sonido;
ranas en los estanques cantando en la noche,
Y ciruelos silvestres de trémula blancura.
Los petirrojos vestirán su plumoso fuego
Silbando sus caprichos sobre el cercado;
Y nadie sabrá de la guerra, a nadie
Preocupará cuando al fin haya acabado.
A nadie le importaría, ni al pájaro ni al árbol,
Si toda la humanidad pereciera;
Y la propia Primavera, cuando despertara al alba,
Apenas se daría cuenta de nuestra partida.
Sara Teasdale. Vendrán lluvias suaves.
Nos han tocado vivir tiempos de guerra. Tal vez como a todas las generaciones de esta humanidad que no experimenta en cabeza ajena y que tiene dentro de sí un instinto violento que puede canalizarse hacia la destrucción de lo que nos destruye, pero que fácilmente se sale de control y se vuelca hacia el exterminio del otro, del diferente, del pobre, del que consideramos impuro, inadaptado, anormal -como si existiera la normalidad más allá de la estadística- o incapaz de sobrevivir por sí mismo hasta terminar por destruirnos a nosotros mismos y a poner al borde de la autodestrucción a la especie humana.
Vivimos, como diría la traducción al español de la famosa película de Tarantino, tiempos violentos. Tiempos en los que la agresión física, emocional, moral o simbólica no es el último recurso sino el primero para supuestamente resolver -en realidad complicar- cualquier conflicto, diferencia o desavenencia que de manera natural e inevitable surge en la convivencia cotidiana porque si algo sabemos hoy, aunque muchos no lo acepten ni lo respeten, es que somos diversos, plurales, impredecibles, impermeables a cualquier intento de homogeneización colectiva.
Estamos además en tiempos en los que se exalta la violencia, se admira a los violentos, se les vuelve héroes, se les dedican canciones, novelas, monumentos y se les elige como presidentes, primeros ministros, gerentes, dirigentes sociales, académicos o políticos. Porque como dijimos hace algunas semanas inspirados por un artículo de Ethic, se ensalza en los discursos a los líderes humanistas, democráticos y participativos, pero en la práctica se prefiere a los autoritarios, egocéntricos, impositivos, incapaces de escuchar cualquier voz que no sea su propio eco, de mirar otras imágenes distintas a las que les arroja el espejo en el que se miran y admiran como si fueran los más bellos del mundo.
Esos líderes pequeños en sus talentos y capacidades pero engrandecidos artificialmente por los medios de comunicación, las redes sociales, las encuestas de popularidad a modo, las evaluaciones de desempeño sesgadas y un gran número de aduladores profesionales que basan su felicidad en las migajas de dinero, poder y fama que les arrojan desde sus tronos los falsos salvadores de patrias y del mundo entero, juegan hoy cual adolescentes en un tablero de Monopoly con el destino del mundo y la supervivencia de la humanidad toda.https://f0cc03562efe4a0f7e2dfeccedf008dd.safeframe.googlesyndication.com/safeframe/1-0-45/html/container.html?n=0
La hybris de la especie humana que a pesar de las dolorosas lecciones de la historia y del reclamo de la tierra sobreexplotada sigue empeñada en sentirse la dueña absoluta del planeta, como confiando en ser inmortal aunque muchas señales digan lo contrario, se expresa hoy en dos vertientes: una utópica que piensa que el desarrollo tecnocientífico -la genética, la manipulación biológica- e informático -la inteligencia artificial, el camino hacia lo posthumano- nos volverán inmortales y eliminarán las enfermedades, el sufrimiento y las limitaciones, prolongando la vida indefinidamente aunque no sepan para qué.
La otra, distópica que alimenta la industria armamentista, el negocio de generar y mantener guerras en muchas partes del orbe, aunque sigan muriendo inocentes por miles casi a diario, aunque no haya motivos para el genocidio y las atrocidades, incluyendo también la guerra soterrada del crimen organizado que ya es una industria transnacional.
Los poderosos intereses que mantienen esos escenarios siguen sin entender que somos una especie más, insignificante a pesar de nuestros logros y descubrimientos, de nuestros grandes edificios, industrias y comercios, de todo aquello que se llama civilización. Toda esta gente soberbia, arrogante e insolente no se da cuenta que como dice el poema de Teasdale: nadie sabrá de la guerra y a nadie le preocupará cuando al fin haya acabado, cuando haya terminado con nosotros como especie.https://f0cc03562efe4a0f7e2dfeccedf008dd.safeframe.googlesyndication.com/safeframe/1-0-45/html/container.html?n=0
Porque la misma ciencia que nos hace sentir autosuficientes ha demostrado que las ranas seguirán en los estanques cantando en la noche, los petirrojos vestirán su plumoso fuego silvando sus caprichos sobre el cercado. Todos ellos siguen sin entender que a nadie le importaría, ni al pájaro ni al árbol, si toda la humanidad pereciera de un día para otro a consecuencia de esta locura que está ahí y que parece ser, como apuntan muchos analistas, nos llevará a un escenario extremadamente complicado en el futuro cercano. “Y la propia Primavera, cuando despertara al alba, apenas se daría cuenta de nuestra partida”.
Hoy más que nunca los llamados que como voces en el desierto claman por la paz en el mundo son necesarios y requieren ser escuchados en las altas esferas del poder y en cada casa, calle, barrio, colonia, municipio, estado y país. Los llamados a la paz son llamados a la cordura, a la sensatez, a la reflexión ética sobre los peligros del éxito de los avances científicos y técnicos hacia una humanidad perfecta -cualquier cosa que esto signifique- y sobre los riesgos mortales que conlleva el escalamiento de la violencia, el mantenimiento y expansión de las guerras alrededor del mundo.
Se trata en el fondo de llamados a la humildad, al reconocimiento de la imperfección humana y de la fragilidad y vulnerabilidad de nuestra especie en un entorno en el que no habría mayores lamentos si la humanidad desaparce, a nadie le importaría porque es solamente a nosotros que tiene que importarnos.https://f0cc03562efe4a0f7e2dfeccedf008dd.safeframe.googlesyndication.com/safeframe/1-0-45/html/container.html?n=0
Existen avances indudables sobre la consciencia ecológica, el cuidado del medio ambiente tanto en documentos, declaraciones y tratados internacionales como en la educación de las nuevas generaciones. Sin embargo, el riesgo de la guerra y la violencia no ha sido suficientemente abordado en la escuela que por el contrario, ha introyectado la violencia y el acoso en los últimos tiempos. Buena parte de nuestra labor como profesionales de la esperanza tendría que ir hacia la construcción de una educación en la humildad, la sensatez y el realismo que nos tatuara en la mente, el corazón y las manos porque a nadie más le importaría si desaparecemos como especie, porque “…Vendrán lluvias suaves y olor a tierra mojada, y golondrinas rolando con su chispeante sonido…” y nadie sabrá que hubo una especie capaz de soñar, de crear y amar, pero acabó destruyéndose a sí misma por su delirio de grandeza.