mayo 25, 2026, Puebla, México

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FIFA, un rey midas sobre la cancha / Xavier Gutiérrez

Sus socios y medios ponen al público domesticado, ellos recogen el oro

El balón rueda y la caja registradora de la FIFA trabaja. Esa sí, imparable.

Es un hecho incontenible que esa organización mundial se come el balón, pero literalmente a los consumidores. Es realmente un rey Midas sobre el pasto verde: todo lo que toca lo convierte en negocio.

Sus socios en los países le ponen a tiro a los públicos domesticados y llega la empresa y se lleva el oro.

En la mayor parte de las naciones la sociedad ha sido educada para el consumo masivo. La gente está inerme para ver y comer, tomar y comprar.

Tienen masas fanatizadas y son especialmente los niños el vehículo cautivo que tienen en un puño. El señuelo a ese nivel son los álbumes de estampas, luego la ropa y después toda clase de baratijas.

Ya se sabe cómo opera el monstruo del consumo. Los chicos son irresistibles para el bolsillo generoso de los padres y caen irremediablemente en la trampa. Los infantes son la carnada, los padres sostienen la caña.

El segmento que sigue hacia arriba en la pirámide social son los jóvenes. Y ahí, el genio de la seducción, como un monstruo de mil caras, exhibe ropa, bebidas alcohólicas, zapatos de moda, coches, balones, llaveros, muñecos de peluche, todo lo imaginable y que se traduzca como “moda”, “estatus”, “clase”, “nivel”, y toda la escala de competencia inducida.

Hoy a la FIFA la criada le salió respondona, cosa que no sucedía antiguamente: los chinos han entrado en escena y por la vía más clandestina que legal se llevan un enooorme trozo del pastel, mediante la piratería de todo que antes tenían bajo control absoluto  los organizadores.

Desde luego nadie prohíbe el legítimo gusto por el deporte, los equipos favoritos y la pasión del juego. Eso es maravilloso, realmente de una dimensión inolvidable en la infancia y juventud. Sí, pero la práctica. Aquí estamos en los tiempos del consumo a nombre de…

La televisión y las pantallas descomunales y los escenarios en boga donde se come y bebe “por moda” se encargan del resto.

Recuerdo el sencillo consejo de un entrenador juvenil: “El deporte siempre será mejor hacerlo, aunque se haga mal, que solo verlo, aunque se vea bien.”

En las formas y tiempos de transmisión por televisión el televidente cada vez ve más pedazos de partido, porque las pantallas saturan de comerciales y se roban el marco, las esquinas, los lados y a veces abiertamente media pantalla o el centro mismo para ofrecer todo lo que el ingenio de la creatividad impone a los ojos del sujeto preso por la vista y sometido sin legítima defensa.

Ese invento extraordinario e increíble de la televisión no es que sea malo, por supuesto que no lo es, pero ya sabemos que en el mundo globalizado que todo vende no es muy distinto a un revolver. Este sirve para defender la vida o asaltar un banco.

Es claro que los mundiales tienen su encanto, aunque esta división tripartita de países sede les haga perder ese festejo descomunal que metía a toda una nación, y con ella al mundo, a un festival inolvidable con un balón como estrella.

La vida me llevó a presenciar dos mundiales desde la sede Puebla en el “Cuauhtémoc” y ver desfilar junto y gozar con las estrellas de selecciones como las de España, Italia, Argentina, Perú, Uruguay, Holanda y muchas más. Además, sin gastar un solo peso por ser parte de la estructura de apoyo a los medios de comunicación en 1970 y 1986. Sin duda experiencias inolvidables.

Es sumamente difícil sustraerse a la cadena consumista ya se sabe, pero ojalá, pasado el carnaval, una corriente de inspiración quedara en gobiernos, medios, empresas y público, para ver más el deporte como camino fundamental, coadyuvante de la salud, que sólo como un espectáculo pasivo que lleva a las masas al engañoso mundo del consumo.

En un país como el nuestro, con indisputables primeros lugares en obesidad, sobrepeso y diabetes, la realidad nos lo grita todos los días.

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