junio 15, 2026, Puebla, México

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Crónica futbolera: ¿Por qué amo el mundial? / Ana Mastretta Yanes

¿Por qué celebro esta fiesta que encarna todo lo que digo odiar? El patriarcado, el nacionalismo, el capitalismo. 

Entro sola vistiendo la verde a un bar de Londres, con los nervios de encontrar más mexicanos para ver el partido contra Sudáfrica. Voy saliendo de una clase de la maestría en la que conté los minutos para que acabara, deseando estar de nuevo en quinto de primaria, tener 11 años, ver la inauguración de Sudáfrica 2010 en la escuela, y después en la tarde irme a entrenar con todas mis amigas a las canchas del Alpha 2. 

Esta mañana en Londres, a mis 27 años, amanecí sintiéndome sola, extrañando con toda el alma mi casa. Al despertar, por primera vez desde que llegué a estudiar al Reino Unido, siento que ahora sí ya llevo mucho tiempo fuera. Cada día aquí es un inmenso regalo, y a la vez, hoy lloro un poco sabiéndome lejos de mi familia, sabiendo que comerán pozole y chalupas, aplaudiéndole y mentándosela al tri. 

En este clásico pub inglés, mientras pido mi cerveza irlandesa Guiness, busco a alguien más con algún símbolo mexicano. Pero me invaden las tristezas morales de cada mundial, la corrupción de la FIFA, el colapso de los países anfitriones, el elitismo de las entradas. Tristezas que siento desde Brasil 2014, y que en este mundial duelen más al ser México anfitrión por tercera vez (récord histórico, por cierto). 

¿Seré acaso una hipócrita? ¿O soy una falsa porque me da pena postear en Instagram que estoy coleccionando el álbum? 

¡Encuentro a otras dos mujeres usando la verde!

Una chica de Mérida con un paliacate rojo y otra chica de Nuevo México, les pregunto si vemos juntas el partido, y acompañamos a la yucateca a la terraza donde están sus amigos ingleses. Comienza el partido y me encanta ver a todas las diferentes personas apoyando a México, celebrando los goles. Los chicos locales están muy metidos en el juego, y aprovechan para hablar mal del futbol americano y decir que es una copia del rugby. 

Nosotras gritamos como locas durante el partido y platicamos un poco de nosotras y de qué hacemos aquí en Londres, cuánto tiempo llevamos en la isla, qué vinimos a hacer. Hablamos de lo difícil que es encontrar mexicanos por acá. Celebramos el país contrastante que tenemos, desde el territorio perdido del desértico Albuquerque a la calurosa y caribeña Mérida, y en medio, mi ombligo, Puebla de los volcanes.

Regreso feliz a mi casa, pero en redes sociales me entero de noticias respecto al desprecio de la FIFA hacia el pueblo mexicano, la crisis de los desaparecidos, las protestas. Me siento tan culpable de amar esta fiesta, de cada cuatro años ser la más feliz. Quizás por eso en Rusia 2018 y en Qatar 2022 me distancié un poco de la alegría futbolera, aunque fui inmensamente feliz cuando la Argentina de Messi se coronó campeona. Todo lo que tiene que ver con Messi me hace sentir la niña más feliz e ilusionada del mundo (pese a que las correctas de mi hermana y mi mamá le fueran a Francia bajo el hecho de que mi ídolo cometió evasión de impuestos). 

Vivo un fervor tal que las últimas semanas me la he pasado desayunando, comiendo y cenando fútbol. Me la paso viendo análisis, predicciones, datos curiosos de los mundiales. Al estar tan lejos de casa, el mundial de nuevo me hace sentir como una niña, como esa Ana de 11 años con tacos color naranja, como esa Ana de 17 años que entrenaba en las canchas de San José Mayorazgo y veía el atardecer sobre el Popocatépetl mientras practicábamos los penales en el equipo Mater Soccer, con el profe Emilio y mi amigo Alfredo.

Al mismo tiempo, mientras escribo esto, The Guardian publica una serie de videos de las protestas de los familiares de los desaparecidos en mi tierra. ¡México campeón en desaparición! Corean los manifestantes en el video, y mi corazón se me rompe un poco más cada día, perdiéndome en la cadena de malas noticias y desesperanza.

Vivo mi alegría futbolera en medio de esas contradicciones, porque para mí el deporte más hermoso del mundo siempre ha sido eso, contradictorio. El fut me conecta con la alegría y felicidad más profunda de mi infancia al jugar con mis amigas, y con la enorme tristeza y frustración de la falta de opciones para jugar fut siendo mujer en México.

Entre alegrías y tristezas, entre felicidad e impotencia, amo el mundial, no tengo remedio. Espero poder llenar el álbum (¡casi no tengo con quién intercambiar!), y procuro que esa pequeña Ana de tacos naranjas sepa que está en buenas manos, que la cuido muchísimo porque estamos muy lejos de los volcanes. El fucho me acompaña hoy y siempre, me lleva a lugares inesperados como ese pub lleno de cerveza irlandesa, de sidra de manzana y de copas rotas ante los goles de Julián Quiñones y Raúl Jiménez. 

Como diría Juan Villoro, Dios es redondo. 

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