julio 10, 2026, Puebla, México

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Amar a gatos… a ratos / Günter Petrak

They climb into my arms / and no matter how depressed I am / they give me love… Charles Bukowski

En 1935 a Erwin Schrödinger se le ocurrió la idea de meter un gato en una caja sellada, con un mecanismo compuesto de una sustancia radiactiva que podía desintegrarse o no, un contador Geiger que detecta la desintegración y un frasco de veneno conectado a un martillo que lo rompe si el contador detecta radiación, matando al gato.

Afortunadamente todo fue un ejercicio de pensamiento y ningún gato fue maltratado durante la realización de la escena.

En 2015, pude salvar a Katara La Belle de una caja parecida, infestada de caca, de moscas radiactivas y otros gatos armados con uñas afiladas como agujas cuánticas… bueno, también esto es un ejercicio de imaginación. En parte, pues sí rescaté a la gatita, de apenas unos días de nacida, de sus agresivos hermanitos y las lombrices que le estaban comiendo la panza.

Me costó trabajo animarme a hacerlo. A lo largo de mi vida he adoptado gatos y perros, pero tras la muerte de la Tacha, a poco de cumplir dieciséis años, pensé, como Truman Capote cuando perdió a su amada Toma, que no sería capaz de atarme a otra criatura felina que se adueñara de mi tiempo y de mi afecto. Me ganó el instinto, y, desde hace once años Katara se apropió de mi casa, de parte de mi tiempo, de mi corazón, de mi hígado y de hartos megabits de memoria de mis cámaras y redes neuronales. Me volví su esclavo complaciente, al grado de sacrificar viajes, paseos y reventones para no dejarla sola. Tal vez sea un apego enfermizo, tal vez sea, solamente, que le ha dado cierta calidez a mi hogar, que ha llenado de música ronroneante (y a veces estridente) los espacios íntimos donde transcurre buena parte de mi vida. Algo así como lo descrito por Juan García Ponce en su cuento “El Gato” (parafraseo): mientras voy de un lado a otro realizando las pequeñas acciones cotidianas cuyo sentido se pierde en el carácter mecánico con que podemos cumplirlas, ella está siempre presente, como si fuera un fragmento de mi cuerpo y se apropiara de mi memoria.

De noche duerme conmigo, a un lado cuando hace frío, en la piesera de mi cama en los veranos calurosos, y ronca y a veces se agita ligeramente y emite suaves gruñidos. No sé qué sueña, tampoco sé de qué colores ve el mundo, le gusta la pechuga de pollo rostizado, el salmón de lata y se ha acostumbrado a comer croquetas desde pequeñita. También tuvo sus momentos de fama en el Facebook cuando compartí con mis amigos algunas fotografías de sus actitudes de diva, de divina diosa delirante, de dubitativa dama, de decorosa doncella destellante, despampanante, deliciosa disonancia de diva disoluta de diáfana delicadeza, digna de devoción… aunque también actuó alguna vez el papel de duende distante de deseos desbordados y desdicha disimulada… dominatrix de mis muebles, atacados a arañazos como si fuesen rascadores de cartón y sin catnip de por medio.

Los días y las noches transcurre casi siempre encerrada entre paredes. Lejos han quedado sus días de aventurera, cuando se trepaba al árbol de zapote o al limonero y cazaba ratones en el jardín. La Pegina, mi perrita, aunque trató de acercarse a ella con buenas intenciones se convirtió en una especie de presencia amenazante. Actualmente, de vez en cuando, gracias a la inteligencia de mi amiga perruna que finge ignorarla, Katara sale a mascar pasto, afilar sus uñas en el cedrón y a imitar el graznido de las urracas, pero sólo cuando yo estoy también afuera.

No sé cómo habrán sido Beppo y Odín, los gatos de Borges; o Flanelle, la mascota de Cortázar; o “Nada”, la felina de Jean-Paul Sartre; o los nueve gatos de Monsiváis, pero estoy seguro de que, además de compañía, fueron motivo de inspiración, como lo es ahora mi bestia peluda, mi amada Katara La Belle.

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