julio 23, 2026, Puebla, México

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De Cuetzalan a Nuremberg / Luis Gerardo Ortiz Corona

Cuando aún estudiaba para abogado, quizá en cuarto o quinto semestre, me encargaron realizar un proyecto de investigación sobre algún tema relevante para el Derecho. Pasé largas horas preguntándome cuál de todos los problemas del mundo podía servirme como punto de partida para elegir el rubro correcto. Te adelanto, querido lector, querida lectora, que no fue una decisión sencilla. Hablar de justicia no es lo mismo que hablar de leyes, normas o instituciones. Esta parece encontrarse en un territorio más profundo: es menos memorística, más humana y, quizá, mucho más vocacional.

Con frecuencia soñamos con un mundo sin criminales, villanos ni maldad. En su tiempo, hasta Marx creía que, tras el caos de una revolución y la consecuente dictadura del proletariado, podía obtenerse una sociedad plena, solidaria, consciente, trabajadora, humanista y hasta ecológicamente sostenible. Dicha necesidad de un mundo bien portado que prescinde de la imagen de “la chancla”, como herramienta acechadora y punitiva, ha permeado en nuestra cultura de muchas maneras.

En el plano del futurismo, películas como Gattaca imaginaron sociedades impolutas que habrían de garantizar la perfección mediante la selección genética de los seres humanos desde el momento de su concepción. Seguro, con semejante avance, se erradicará cualquier posibilidad de de que un niño nazca y ande haciendo berrinche a diestra o siniestra, o bien que ande queriendo meter los dedos a los contactos de luz. Todo programado, planeado y sin sorpresas. Pura ingeniería, nada de selección natural. En Un mundo feliz, por otro lado, Aldous Huxley describió una sociedad en la que la manipulación biológica también determinaba las clases sociales, las profesiones y las identidades. En ambos casos, la paz, el equilibrio y el progreso se construían entre matraces, pipetas y tubos de ensayo.

Regresando a la rechiflada tarea que el profesor seguro no peló, y que tampoco leyó, esa misión se convirtió en un juego de vida o muerte vocacional. Si te he compartido lo que decía Marx, o lo que la onda futurista y distópica de las artes supuso, es porque no encontraba inspiración suficiente para abrazar un tema y convertirlo en un gran proyecto; francamente vi ocioso cualquier esfuerzo. Miraba a mis profesores: los trajes brillosos de tantas visitas a la tintorería -o bien por tantas asoleadas afuera de los juzgados-. Pobrecitos. Su día a día tampoco me motivaba. Creí que ni el compadre de Engels, ni la película ni la lectura sobre eugenesia que antes mencioné, podían alimentar mi curiosidad. Digo, si al final toda mi devoción académica iba a parar en un tribunal donde empujaría expedientes acompañados de tortas de tamal (de verde, son las buenas) para que el oficial viera con ojos más favorables el caso de mis representados, nada importaba.

Así iba, querido lector, querida lectora, arrastrando la cobija, con un corazón nihilista que hacía recordar al de aquel personaje de Héctor Suárez que a cualquier pregunta se limitaba a responder: “ya ni modo, ya ni modo”. Nada consolaba mi falta de creatividad y mi nulo interés por lo que hasta ese momento sabía de mi carrera. Nada. Sin embargo, Dios aprieta, pero no ahorca, y la luz terminó emergiendo frente a un par de orbis (globos terráqueos, para los cuates). No fue en un cine, y tampoco leyendo el Manifiesto del Partido Comunista. Fue frente a una colección de libros muy antiguos sobre las costumbres de los indígenas en la Biblioteca Palafoxiana, imaginando como dos mundos que no se conocían terminaron unidos bajo un mismo estandarte, compartiendo interpretaciones muy diferentes de lo bueno, y lo malo. Ese era el camino: seguirle el rastro a alguna de esas visiones.

Como si fuese nombre de serie gringa, me lancé “en búsqueda de la justicia”, o al menos de testimonios vivos de dicho mestizaje ancestral. No sabía por dónde comenzar, si en un juzgado cerca de mi colonia o en medio de algún paraje remoto donde no hubiesen llegado, aún, ni la carrera de Derecho con sus libros, ni sus egresados pretensiosos. Tenía que ser lo más natural posible, “orgánico” dice la chaviza. Algo libre de sugestiones doctrinales, de expertos jurídicos citadinos, de jueces con ceguera de taller. Quería algo más tradicional, más espontáneo. Me incliné por irme lejos, a donde los políticos sólo van a vacacionar o a sacarse fotos para sus campañas de desarrollo social -y eso si es que van-.

Así llegué a la Sierra Nororiental de Puebla, concretamente a Cuetzalan del Progreso, donde se había constituido un juzgado indígena. Quería saber si las comunidades de la región habían desarrollado maneras distintas de preservar la paz y resolver sus conflictos, lejos de la rigidez, la solemnidad y el lenguaje incomprensible de algunas de nuestras leyes. Mi sorpresa fue enorme: sí existía un más allá, lejos de los expedientes y las sentencias.

Nuevamente cito a la tristemente recordada Chimoltrufia: “como te digo una cosa, te digo otra”. Pese a que la apuesta de la tarea era retratar los hábitos de un pueblo originario, no toleré, ni tolero, la visión indigenista del siglo veinte que romantizó a los indígenas sólo por descender culturalmente de tradiciones antiquísimas, creyendo que todo lo que decían o hacían era incuestionable o inapelable, o peor aún, asumiendo que sus convicciones y conocimientos gozan de cierta superioridad respecto a los del resto de la gente. No. Aquí atesoramos la diversidad, pero valoramos la equidad y el respeto.

Dicho lo anterior, debo reconocer que las audiencias que observé en dicho juzgado mostraban una forma particularmente cercana de entender la justicia. No era perfecta ni estaba libre de contradicciones, pero parecía partir de una idea que con frecuencia olvidamos en los tribunales ordinarios: resolver un conflicto no siempre significa declarar un vencedor y un vencido.

Parafraseando a Jorge González Galván: el Derecho no existe; a lo que llamamos así sólo se trata de una intuición por un orden imaginario, determinado en un tiempo y en un lugar específicos. Esa intuición es humana y antecede a las leyes: le llamamos “justicia”. Consiste en la capacidad de reconocer que ciertas conductas lastiman a una persona, rompen la convivencia o ponen en riesgo a la comunidad, aun antes de que exista una norma escrita que las prohíba.

Cada sociedad ha intentado convertir esa intuición en códigos, constituciones, tratados, etc. Algunos pueblos hicieron leyes rígidas y jerarquizadas. Otros buscaron universalizar valores, derechos y jurisdicciones. Hay quienes consideran que la justicia es una sola y que fue concedida por Dios. También existen comunidades que la identifican como un proceso destinado a restaurar relaciones. Al final, esa intuición es más poderosa que cualquier institución y eso se traduce en la necesidad constante de equilibrar ante la disparidad, o aliviar frente al caos.

Cuando una persona juzgadora se encuentra frente a quienes esperan una decisión, no debería aplicar únicamente artículos y procedimientos. Su verdadera labor debe consistir en interpretar, desde su formación, su cultura y su propia idea del mundo, aquello que considera necesario para recuperar la paz.

En una de las audiencias que presencié en el Juzgado Indígena de Cuetzalan, advertí que tanto la persona ofendida como quien había causado el daño eran tratadas con respeto, cercanía y familiaridad. No importaba si el conflicto estaba relacionado con un robo, unas lesiones o un despojo. La autoridad les hablaba con serenidad, permitía que los niños escucharan las audiencias y procuraba que las partes expresaran lo que sentían antes de buscar una reconciliación.

Durante mi estancia en ese tribunal, no escuché verborrea jurídica ni términos rimbombantes. Odio que en los juzgados de la ciudad los litigantes se expresen con formalismos que terminan diluyendo el sentido de sus causas; me fastidia ver hojas y hojas que repiten el mismo agravio, sólo para que al juez no se le olvide, como si éste fuese un imbécil. En el centro de justicia indígena, tampoco se utilizaron constantemente palabras como “delito”, “culpabilidad” o “violación a la ley”. La conversación giraba alrededor del daño, la cooperación y la necesidad de continuar viviendo juntos.

De todo lo vivido, lo que más llamó mi atención fue que, después de que el juez pronunció sus últimas palabras, la audiencia concluyó con un abrazo entre la autoridad y las personas involucradas. La idea era sencilla pero poderosa: un corazón herido, ya fuera por una ofensa que no se atendió correctamente o por un castigo desproporcionado, podía terminar envenenando a toda la comunidad: “Ellos se irán de esta casa de justicia, pero tienen que entender que se necesitan, porque nacieron y morirán aquí”, explicó la autoridad.

Inicialmente, mi escepticismo frente a estas prácticas fue grande. No era casualidad. Durante mi formación me enseñaron que todo debía estar escrito y producir consecuencias objetivamente verificables; de lo contrario, difícilmente podía considerarse legalmente relevante. En Cuetzalan vi y escuché cosas que no coincidían con lo aprendido. Pensé que dicha discordancia era tema exclusivo de los pueblos originarios o, quizá, de la herencia de los viejos reinos europeos que se gobernaban por usos y costumbres. Pero no era así: el asunto iba mucho más allá. Lo descubrí tiempo después, cuando estudié a fondo los Juicios de Núremberg durante el posgrado, y me percaté que su desarrollo también desafiaba mis conocimientos y dogmas. Luego de eso, llegué a preguntarme si el Derecho, en realidad, existía.

La forma de justicia que nos enseñan en las universidades suele presentarse como una estructura racional, previsible y completa. Nos dicen que nadie puede ser juzgado por una conducta que no esté prevista por la ley. Sin embargo, la historia ha demostrado que existen episodios en los que las normas disponibles resultan insuficientes para responder a la magnitud de lo ocurrido.

Después de la Segunda Guerra Mundial, jueces provenientes de las naciones vencedoras juzgaron a distintos dirigentes del régimen nazi en la ciudad de Nuremberg. La intención era exponer sus actos ante el mundo y determinar su responsabilidad por las atrocidades cometidas. No obstante, el problema jurídico era enorme. No existía todavía un sistema penal internacional plenamente desarrollado, ni un catálogo universalmente aceptado de delitos y sanciones. También había dudas sobre la jurisdicción del tribunal, la legitimidad de los vencedores para colocarse en la posición de jueces y la posibilidad de que los acusados alegaran que únicamente habían obedecido órdenes superiores.

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A pesar de esas dificultades, resultaba imposible ignorar su participación en políticas de exterminio, persecución y odio contra millones de seres humanos ¿Qué debía hacerse? Los jueces recurrieron entonces a una convicción que parecía encontrarse más allá de la letra estricta de las leyes: existen conductas tan graves que ofenden a la humanidad entera y que no pueden quedar impunes sólo porque el Derecho todavía no ha encontrado las palabras adecuadas para nombrarlas.

En Núremberg se articularon y consolidaron palabras nuevas en el mundo de la justicia: los crímenes contra la humanidad, los crímenes contra la paz y los crímenes de guerra. El Derecho Penal Internacional comenzó a adquirir una estructura propia y el mundo aceptó, al menos en principio, que ciertas atrocidades no podían considerarse asuntos internos de los Estados.

Si eres litigante, probablemente pienses que esos Juicios fueron una gran obra de teatro en la que todos conocían el desenlace, pero necesitaban escribir una narrativa convincente capaz de conducir, mediante un proceso judicial, una ruta hacia la conclusión que la historia ya parecía exigir. Lo mismo sentí en Cuetzalan, cuando advertí que el juez no tenía facultades para imponer sanciones y que los sellos usados en las resoluciones no cumplían con los formalismos más básicos; sin embargo, las audiencias se desahogaban, las partes hablaban y el juez concluía. Claramente, el Derecho que nos enseñaron no se impuso, pero la justicia prevaleció.

Hay un punto de encuentro entre ambos mundos. En contextos profundamente distintos, los dos ejemplos muestran que la norma escrita no siempre basta para resolver una herida. En ocasiones, quienes juzgan deben mirar más allá del molde jurídico en el que fueron educados y regresar a esa intuición humana que nos permite distinguir entre aquello que conserva la convivencia y aquello que la destruye.

Esto no significa que debamos abandonar las leyes, los procedimientos o las garantías. Por el contrario, necesitamos normas claras para evitar la arbitrariedad y proteger a las personas frente al poder. Pero también debemos recordar que el Derecho no es un fin en sí mismo. Es apenas una de las herramientas que hemos construido para perseguir algo mucho más antiguo y difícil de alcanzar: la justicia.

Aquel joven de 19 años viajó a Cuetzalan buscando un tema para aprobar una materia. Regresó con más preguntas que respuestas, pero también con una certeza que todavía lo acompaña: la justicia no nació en un código, en un parlamento ni en un tribunal. Probablemente nació cuando una persona comprendió que ninguna comunidad puede sobrevivir si permite que sus heridas se conviertan en odio.

Voy y vengo.

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