El duelo y el revuelo que despertó en el llamado “mundo árabe”, y también en el otro mundo, el no árabe, el fallecimiento de Mahmud Darwish, sólo confirma lo que ya era un hecho: él es, desde hace muchos años, el poeta nacional de Palestina, una nación que no existe para nadie más que los propios palestinos, y es sin embargo célebre en el boyante mercado de las malas noticias. Su muerte despertó un arrebato popular, lírico y político como corresponde a un cantor que hasta los niños recitan y cantan, un héroe. Pocos casos hay de tal intensidad. Quizá sólo pueda compararse con lo que es José Martí para el pueblo cubano.
Ambos exilados, polemistas, activistas libertarios, líderes, símbolos, y no obstante extraordinarios poetas en su lengua. Llevan una fuerte dosis del “padres de la patria” que nuestro XIX puso al alcance de algunos héroes, y del “maestros de la nación” para escritores como Ignacio Manuel Altamirano o Guillermo Prieto. Pero los Martí y los Darwish brotan de un pueblo herido que resiste, decidido a existir. Poetas así nacen uno cada cien o doscientos años.
Moldeó un noción de “Palestina” ancha, generosa y profunda, que le permitió encarnar la vida y lo mejor de la lucha de ese pueblo heroico que hoy difaman y niegan los poderes occidentales. Hijo de una diáspora, la Nakba (“desastre”), Darwish pulsó en su poesía todas las cuerdas del corazón palestino: fue testimonial, épico, mítico, confesional, descriptivo, panfletario, místico, histórico, amoroso, periodístico, didáctico, humanista, fatalista, guerrero, pacifista. Y a la postre, una sola cosa hizo: cantar desde ahí.
Por cierto, qué mundo es éste donde a la vuelta del tiempo resulta que una “diáspora” y un “holocausto” nuevos deben cargarse a la responsabilidad de Israel, el monopólico “pueblo de Dios” que basa parte de su identidad moral en haber padecido ambas desgracias. Hace unos años escribió Darwish: “No hay nada como un verdugo sagrado”.
En un artículo por los 53 años del cataclismo en Palestina, asentaba: “Los responsables de la Nakba no han conseguido romper la voluntad del pueblo palestino ni borrar su identidad nacional. Ni con el desalojo, ni con las masacres, ni con la transformación de las ilusiones en desengaños, ni con la falsificación de la historia. Tras cinco décadas no han conseguido forzarnos a la ausencia ni al olvido, ni borrar la realidad palestina de la conciencia del mundo mediante su falsa mitología y la fabricación de una inmunidad moral que confiere a la víctima del pasado el derecho a crear sus propias víctimas” (Traducción de Luz Gómez García, quien es, tanto como María Luisa Prieto, intérprete principal de Darwish en castellano).
Nuestro poeta, que en 1988 redactó nada menos que la Declaración de Independencia Palestina que habría de proclamar Yesser Arafat, sabía que “la historia no puede reducirse a una compensación de la geografía perdida”. Padeció la expulsión original siendo niño. Luego la “ilegalidad” en su propia tierra. Como exilado en Líbano presenció la guerra civil donde las milicias paramilitares le masacraron a sus hermanos inermes con la venia de los generales de Israel.
Luego viajó. Pudo volver a enamorarse del mundo, algo que parecía imposible después de Líbano. Y terminó sus días como peregrino en su patria, a la manera de Lope de Vega pero en medio de una guerra sin fin.
Munir Akash y Carolyn Forché, brillantes traductores suyos al inglés con ayuda del propio autor, bosquejan la vida de Darwish en un pasaje inmejorable de la introducción a su antología Desafortunadamente, era el paraíso (Unfortunately, It Was Paradise, Universidad de California, 2003).
“Nació en la aldea de Birwe, en el distrito de Acre, en la alta Galilea, Palestina, el 13 de marzo de 1942. Cuando tenía seis años, el ejército isreaelí ocupó y posteriormente destruyó Birwe, junto con otras 416 aldeas palestinas. Para salvarse de las masacres subsecuentes, la familia emigró a Líbano. Un año después retornaron al país ‘ilegalmente’ y se establecieron cerca de Dayar al-Asad, demasiado tarde para ser considerados entre los palestinos sobrevivientes que habían permanecido dentro de las fronteras del nuevo Estado.
“Los palestinos quedaron bajo dominio militar y fueron sometidos a un complicado amasijo de reglas de emergencia. No podían viajar en su propia tierra sin permiso, ni por lo visto el niño Darwish, de ocho años, podía recitar un poema de lamentación en la fiesta escolar por el segundo aniversario de Israel sin despertar la ira del gobernador militar. En adelante, el niño debió ocultarse cada que aparecía algún oficial israelí. Durante sus años escolares, y hasta que abandonó en país en 1970, Darwish sería encarcelado varias veces y frecuentemente vejado, siempre por los mismos delitos de recitar sus versos en público e ir sin permiso de aldea en aldea”.
Se opuso al terrorismo, al odio, al sacrificio inútil de los jóvenes, pero siempre estuvo con su pueblo. Pasó la última década de su vida en Ramalá, la doliente capital palestina. Crítico de la corrupción y la violencia innecesaria de las fuerzas políticas dominantes, de las cuales acabó deslindándose, fue amado por la gente y viajó mucho por los países árabes para dar recitales masivos, como en su momento lo hicieran Maiakovski, Pasternak o Neruda.
2008
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UNA NUBE EN MIS MANOS/Mahmoud Darwish
Convencidos de la verdad de los mensajes divinos,
igual que sus ancestros, fundieron sus espadas en arados.
La espada no repara lo que arruinó el verano, dijeron.
Oraron y oraron.
Entonaron elegías a la naturaleza.
Ensillaron sus caballos
para bailar la Danza del Corcel en la noche de plata.
Una nube me lastima la mano.
No anhelo de la Tierra más que estas tierras,
el aroma del cardamomo y la paja
entre mi padre y el caballo.
Me duele una nube en la mano,
mas no espero otra cosa del sol
que la semilla naranja,
más que el dorado flujo del llamado a la oración.
Ensillaron sus caballos,
no supieron por qué,
y aún así los ensillaron
al final de la noche, y esperaron
que asomara un fantasma entre las grietas de este lugar.
Versión:
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Un joven Mahmoud Darwish en la foto