La fe inicia con una pregunta que se hace cimiento. Comienza cuando vivo el abismo vacío y profundo del “no sé qué es sentir fe”. Y descubro que la duda no es necesariamente lo contrario de la fe; a veces es precisamente desde donde la fe comienza.
Porque la duda me obliga a buscar:
“¿Hay algo más grande de lo que puedo ver?”
“¿Puedo confiar en la vida?”
“¿Existe Dios realmente?”
Preguntas que no puedo responder con certeza, pero tampoco puedo dejar de hacer.
Y entonces, en algún momento, ocurre algo: Puede ser una coincidencia extraordinaria, una amabilidad inesperada, un momento de profunda paz, una intuición, una sensación de estar siendo sostenida por la vida o, simplemente, ese instante en que algo dentro de mí parece decir: “No entiendo esto, pero siento que puedo confiar.” Lo que todavía no es certeza. Es apenas una pequeña experiencia de confianza. Pero la confianza crece con la repetición. Crece cuando, una y otra vez, descubro: “Confié y estuvo bien.” “Sin saber qué pasaría, algo me ayudó a salir adelante.” “Me solté y la vida siguió.” “Escuché dentro de mí una voz tranquila que me dio sentido y dirección.”
Cada una de esas experiencias se convierte en una pieza más de evidencia. No evidencia intelectual. No una demostración que pueda explicarle a alguien. Es evidencia vivida: una especie de prueba existencial. Y poco a poco, la confianza va despojándose de su fragilidad hasta convertirse en una certeza interior que resulta difícil compartir porque, precisamente, no puede demostrarse: sólo puede vivirse.
Entonces mi fe comienza a convertirse en una relación. Dejo de preguntarme únicamente: “¿Dios existe?” Y empiezo a vivir desde otra certeza: “Confío.”
La fe no intenta tener una respuesta para cada pregunta. Se trata de poder decir: “No sé lo que va a pasar, pero no necesito saberlo para dar el siguiente paso.” Y entonces la fe deja de ser una idea y comienza a convertirse en una forma de mirar. Una manera distinta de percibir la vida. Porque puedo perder algo sin concluir que la vida me ha abandonado. Puedo experimentar dolor sin pensar que todo carece de sentido. Puedo atravesar la incertidumbre sin necesitar, con desesperación, una explicación. Puedo decir: “Todavía no entiendo esto. Pero confío en que no estoy sola en ello.”
Quizá la forma más profunda de fe no sea decir: “Sé que todo saldrá como quiero.” Sino: “Pase lo que pase, lo enfrentaré. Porque hay algo que me sostiene que es más grande que mi miedo.”
Y quizá ahí se encuentre uno de los grandes propósitos de estar vivos: Sentir que somos vistos.
No necesariamente observados.
Vistos.
Reconocidos en nuestra existencia.
Porque hay una diferencia enorme
Entre estar vivos
Y sentir que nuestra vida ha sido mirada.
Buscamos sentir: “Alguien sabe que estoy aquí.”
Quizá la fe sea, en su forma más íntima, precisamente eso:
La experiencia de descubrir que, aun cuando yo no puedo ver con claridad, “hay una Presencia que me ve”.
Y entonces algo dentro de mí deja de preguntar:
“¿Dónde está Dios?”
Y comienza a sentir:
“Aquí está.
Me está mirando.
Siempre estuvo aquí.”















