Taller del dato al relato / Mundo Nuestro-Ibero Puebla
Es mediodía. El sol se filtra a través de las cortinas delgadas, como si no quisiera irrumpir del todo en la habitación. La luz cae sobre la cama y dibujaba un rectángulo tibio sobre la manta. Ahí, en una esquina, casi inmóvil, está Sofía. Respira lento, su piel —delgada, marcada por las líneas del tiempo— cuenta una historia que no cabe en este cuarto. Una historia hecha de años de esfuerzo, de una vida entregada a otros. Porque Sofía ha sido eso: una mujer que miraba hacia afuera, que resolvía y que sostenía a quien lo necesitara. Siempre había alguien más importante que ella, y en ese gesto —repetido, cotidiano, invisible— fue dejando de verse a sí misma.
Ahora está ahí, en su casa, en su refugio, en ese espacio que conoce de memoria y al que regresa, incluso cuando apenas se ha ido. Sale poco, lo necesario, y siempre vuelve rápido, como si el mundo allá afuera se hubiera vuelto demasiado grande… o demasiado ajeno.
Hubo un tiempo en que no era así. Décadas atrás, Sofía era otra: alegre, ligera, con una energía que parecía no acabarse nunca. Tenía sueños, aunque no supiera nombrarlos del todo; tenía fuerza y urgencia por vivir. El amor llegó… y también se fue. No hubo escándalo ni ruptura estruendosa, solo diferencias que crecieron en silencio: valores que no coincidían, caminos que se separaron poco a poco, hasta que un día ya no hubo nada que sostener.
Y entonces se quedó sola. Sola… pero no del todo: cinco hijos, cinco vidas pequeñas dependiendo de ella.
“Los tenía que sacar adelante”, recuerda.
“Tenían que estudiar… no quería que pasaran lo mismo que yo”.
“Yo me casé muy joven y dejé de estudiar; yo quería que ellos fueran unos grandes profesionistas… y lo lograron”, dice, con una sonrisa que mezcla orgullo y satisfacción.
Y sí, lo logró. Hizo magia con la comida, con el dinero, con el tiempo. Siempre alcanzaba, nunca hubo queja, ni pausa que la detuviera.
Hoy tiene 84 años. Camina despacio, muy despacio. Su cuerpo ha empezado a cobrar factura; algunas enfermedades crónicas la acompañan desde hace tiempo. La memoria, en cambio, se ha ido retirando poco a poco, como si también estuviera cansada. A veces olvida; otras veces repite, en sus breves conversaciones con sus hijos:
“¿Cómo estás?”
“¿Ya comiste?”
“¿Y María cómo está?”
“Cuídate, te quiero mucho… salúdame a todos.”
Las preguntas vuelven una y otra vez, como si en ellas hubiera algo que intenta sostenerse.
Disfruta su espacio e intenta mantenerse activa: mueve objetos, barre, limpia, acomoda una y otra vez su carpeta llena de papeles —muchos que ya son historia.
—Tengo que limpiar, ordenar, hacer la comida… tengo mucho que hacer” –dice, aunque todo ocurre en su mente, como si esas escenas del pasado siguieran siendo presente.
A veces sale a la calle, quizá para seguir haciendo presencia; quizá para no ser olvidada, y al mismo tiempo, para no olvidar.
Ahí, de vez en cuando, se encuentra con su comadre Juanita, su vecina de toda la vida, ahora de unos 90 años, quien también vive sola.
—¿Cómo está, comadre?
—Bien… con mis males —responde Juanita—. Mis hijos casi no vienen… están muy ocupados.
—¿Y tú, Sofía? He visto que a veces vienen tus hijas a visitarte.
—Sí, vienen a verme, pero se tienen que ir… a veces me llevan a comer un rato. También están muy ocupadas.
Y así conversan. Sobre sus hijos, sus nietos, sus enfermedades, sus recuerdos. Hablan con nostalgia de quienes ya no están. Dos mujeres. Dos historias. Un mismo escenario.
El envejecimiento de la población en México es un proceso que se ha acelerado en las últimas décadas, generando transformaciones importantes en la estructura social, familiar y económica. De acuerdo con el Instituto Nacional de Estadística y Geografía, más de 15 millones de personas tienen 60 años o más, y se proyecta que este grupo continuará creciendo en los próximos años. Este cambio plantea desafíos en temas de salud, bienestar y, particularmente, en los sistemas de cuidado.
El 12% de las mujeres adultas mayores viven en situación vulnerable ya que viven solas y con dificultades ante cualquier emergencia o necesidad. Asimismo, padecen más enfermedades incapacitantes y por más tiempo que los hombres: 3 de cada 10 tienen dificultad para realizar actividades básicas de la vida diaria —como comer, bañarse, caminar, preparar o comprar alimentos— frente a 2 de cada 10 hombres.
Uno de los problemas más críticos es la dificultad para acceder a apoyo. De acuerdo con el Módulo de Condiciones Sociales de la ENIGH (2012), una proporción importante de personas adultas mayores percibe que es difícil o incluso imposible obtener ayuda de redes familiares o sociales.
Así, en el día a día de Sofía, la televisión permanece encendida casi todo el tiempo. El sonido llena la casa. Su teléfono —adaptado— está cerca: a veces contesta, a veces no, y otras está desconectado sin que ella lo note. La rutina se sostiene en pequeñas acciones: comer, tomar medicamentos, ver la televisión, tomar el sol… esperar una llamada o una visita.
En México, vivir así no es una excepción. Según el Instituto Nacional de Salud Pública, cerca de una de cada cuatro personas mayores de 65 años vive sola. Pero vivir sola no siempre significa estar sola… y estar acompañada no garantiza sentirse acompañada.
Ahí es donde algo empieza a romperse. Porque el problema no es únicamente el cuidado… es la calidad del cuidado. En nuestro país, la mayor parte del cuidado recae en las familias y, dentro de ellas, en las mujeres. Cuidar implica tiempo, energía, renuncias. Y no siempre hay condiciones para hacerlo de otra manera.
Aparece entonces la culpa, esa sensación constante de no estar lo suficiente, porque cuidar no es solo dar de comer, administrar medicamentos o resolver lo urgente, eso es necesario, sí, pero hay algo más profundo: la presencia, el vínculo.
La historia de Sofía no es única. Se repite en casas distintas, en ciudades distintas, con nombres distintos. Es una historia silenciosa… pero profundamente colectiva. El modelo tradicional de cuidado en nuestro país está en tensión. La reducción del tamaño de las familias, la incorporación de las mujeres al mercado laboral, la migración y el aumento en la esperanza de vida han dado lugar a lo que hoy se conoce como una crisis del cuidado.
La Organización Mundial de la Salud lo señala con claridad: la soledad no depende únicamente de la cantidad de relaciones, sino de su calidad y significado. Porque al mirar a Sofía, algo se aprieta por dentro. Sabes que su independencia es temporal. Que pronto necesitará más apoyo, más presencia, más cuidado. Y entonces aparecen las preguntas inevitables:
¿Quién va a cuidarla? ¿Cómo vamos a cuidarla? ¿Qué está pasando en las familias… en la sociedad… en las comunidades? ¿En qué momento se volvió normal que quienes sostuvieron la vida hoy estén en soledad?
La crisis del cuidado no es solo un problema de recursos. Es una crisis de vínculos, de vidas cada vez más centradas en el individualismo. Sí, hacen falta más servicios, más programas, más espacios de acompañamiento. Pero también hace falta algo más básico… más humano: volver a mirarnos.
Porque cuidar no es solo hacer, no es solo resolver. Cuidar… es estar. Y en esa diferencia —tan sutil como profunda— se juega algo más grande que el bienestar de una persona: se juega la forma en la que queremos vivir… y en la que, inevitablemente, también vamos a envejecer.
Desde una mirada más humana, el cuidado no puede ser únicamente una serie de tareas funcionales orientadas a la supervivencia (alimentación, medicación, higiene); debe ser una experiencia que implique reconocimiento, dignidad y vínculo.
La diferencia entre “estar cuidado” y “sentirse cuidado” radica en la presencia significativa del otro, en la calidad del encuentro y en la construcción de sentido en la relación. Y entonces, la pregunta permanece abierta, incómoda, necesaria:
¿Qué nos está faltando como sociedad para no dejar en soledad a quienes nos enseñaron a sostener la vida?
Referencias
Instituto Nacional de Estadística y Geografía. (2020). Estadísticas a propósito del Día Internacional de las Personas de Edad. https://www.inegi.org.mx
Instituto Nacional de las Mujeres. (2015). Situación de las personas adultas mayores en México. Gobierno de México.
Instituto Nacional de Salud Pública. (2018). Envejecimiento y salud en México.
Organización Mundial de la Salud. (2021). Social isolation and loneliness among older people: advocacy brief.
Instituto Nacional de las Personas Adultas Mayores. (2019). Diagnóstico sobre la situación de las personas adultas mayores en México.














