septiembre 11, 2026, Puebla, México

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A propósito del 11 de septiembre chileno: el nuevo fascismo latinoamericano / Ivanhoe Abraham García Islas

El 11 de septiembre de 1973, el neoliberalismo se impuso a sangre y fuego sobre Latinoamérica. El golpe de Estado en Chile no sólo inauguró una nueva etapa económica en el sur del continente, sino que marcó un parteaguas en el modo en que se empleó y coordinó el terrorismo de Estado, al pasar de la represión militar tradicional al exterminio transnacional de la disidencia a través de la Operación Cóndor. Este aparato de violencia se convirtió en la mano que impuso y protegió, bajo un discurso nacionalista, reformas económicas que beneficiaron a las élites locales y, sobre todo, al capital extranjero, el cual encontró en la dictadura las garantías que la democracia de Salvador Allende le negaba. El golpe contó con el apoyo de la Agencia Central de Inteligencia de los Estados Unidos (CIA, por sus siglas en inglés), que financió la desestabilización previa, brindó apoyo logístico y, posteriormente, ofreció a la dictadura soporte militar y de inteligencia, así como asesoría y entrenamiento. La dictadura de Augusto Pinochet (1973-1990) se declaró abiertamente anticomunista desde el primer día y apeló de forma permanente a la retórica de la reconstrucción nacional para justificar sus crímenes, bajo el argumento de una guerra contra un enemigo interno respaldado por fuerzas oscuras desde el exterior. Esta forma de operar tiene un nombre claro: fascismo.

Llamar fascismo a este proceso genera objeciones, pues buena parte de la historiografía sostiene que el término pertenece estrictamente a una época y estructura determinadas: la Europa de entreguerras. Umberto Eco (1995) ofreció una respuesta a ese reparo dos décadas después del golpe chileno al acuñar el concepto de “Ur-Fascism, or Eternal Fascism”¹, un término que contiene el argumento en sí mismo, ur remite a una raíz primigenia y eternal a algo que no se agota en el periodo histórico que lo vio nacer. Eco explica este mecanismo a través de catorce rasgos que no necesitan presentarse de forma simultánea ni idéntica; basta con que coincidan algunos para justificar el uso del término (así como se habla de las izquierdas, bien podríamos apelar a hablar de fascismos). Esto permite reconocer el fenómeno tanto en la Italia del partido único de 1925 como en gobiernos actuales que llegan al poder por la vía electoral y conviven con la democracia liberal.

Roger Griffin (1991) afinó esa intuición al proponer que el núcleo mínimo del fascismo es “a palingenetic form of populist ultra-nationalism”². Es decir, la necesidad fabricada de un renacimiento nacional combinada con un nacionalismo extremo, según la cual la patria atraviesa una decadencia provocada por un enemigo interno con tentáculos extranjeros, y sólo renace purificada gracias al movimiento o al líder que encarna esa promesa. La dictadura chilena encaja con precisión en la descripción de Griffin: el gobierno de Allende fue presentado como la amenaza marxista que ponía en riesgo la existencia misma de la nación, mientras que el orden militar prometía la restauración. La diferencia radicó en que ese renacimiento no se articuló mediante un partido único ni un Estado corporativo al estilo europeo, sino con el libre mercado como nueva ortodoxia. El lema “Make America Great Again” de Donald Trump condensa exactamente esta misma lógica palingenésica.

De ahí se tiende el puente hacia el presente. Federico Finchelstein (2020) sintetiza ese tránsito al señalar que “populism is fascism adapted to democracy”³, lo que abre la posibilidad de que el mismo núcleo mítico se manifieste sin necesidad de un golpe militar ni de una ruptura constitucional explícita. El fascismo en ascenso en Latinoamérica es, sin embargo, un fascismo periférico: un derivado regional cuyos centros de gravedad están en otra parte. Estados Unidos ha sido, más abiertamente desde 1973, el respaldo directo de las dictaduras y, hoy, el modelo discursivo para sus herederos “democráticos”, desde la desestabilización al gobierno de Allende hasta el America First. A esto se suma el papel del gobierno de Netanyahu en Israel, con acusaciones formales por crímenes de guerra ante la Corte Penal Internacional y una estrecha cooperación tecnológica y militar con varios gobiernos de la región.

Por su parte, Achille Mbembe (2003) aporta la pieza que falta para entender la dimensión actual del fenómeno al sostener que la soberanía contemporánea se ejerce en la capacidad de decidir “who may live and who must die”⁴. Este poder se ejercía antes en las sombras de los calabozos y centros clandestinos de detención; hoy ya no se oculta, sino que se exhibe abiertamente como demostración del poder del Estado. El gobierno colombiano de Abelardo de la Espriella hace gala de esto al justificar la violencia contra las disidencias armadas bajo la premisa de que “la paz en la que cree este gobierno es la que se impone con la fuerza de las armas”⁵. De la Espriella busca encarnar ese renacimiento rodeándose de los cuerpos de sus enemigos como prueba visual del orden restaurado, la misma necropolítica que describe Mbembe. Esta estética, muy cercana a la de Nayib Bukele con los reclusos salvadoreños o a la de Donald Trump transmitiendo ataques a embarcaciones en el Caribe, apela al espectáculo punitivo como muestra del renacimiento nacional.

El régimen de Netanyahu encarna bien estas dinámicas y es el ejemplo a seguir de la derecha latinoamericana: el 7 de octubre de 2023 se convirtió en el “trauma fundacional” para justificar un genocidio, mientras la promesa de seguridad total se sostiene mediante violencia extrema difundida en redes y televisada. La exhibición de cadáveres como trofeos, la transmisión de violaciones tumultuarias contra detenidos palestinos en centros de detención como Sde Teiman⁶ y el uso de bombardeos como espectáculo dejan claro cuál es la escuela de la que abreban estos liderazgos.

José Antonio Kast en Chile, Javier Milei en Argentina y Donald Trump en Estados Unidos encajan muy bien. La estructura es la misma, aunque adaptada a enemigos distintos: el “comunismo cultural” y la migración en Kast; la “casta” y el colectivismo en Milei; el establishment y los inmigrantes en Trump. En los tres casos, la promesa de reconstrucción (la prensa chilena vinculó directamente el lenguaje de Kast con el de Pinochet, la motosierra de Milei opera como símbolo de purificación económica y el America First busca restaurar una grandeza perdida) oculta un programa económico que favorece al gran capital bajo una retórica antielitista que busca el respaldo popular.

Este fenómeno no se explica únicamente por la eficacia y el liderazgo de las derechas emergentes, sino por el terreno allanado que ha dejado la “izquierda” electoral: la corrupción de sus élites, el abandono de las políticas redistributivas a cambio de consignas identitarias y la incapacidad de ofrecer alternativas estructurales ante la inflación y el estancamiento. Ese vacío ha sido ocupado por la promesa de una solución final, y el respaldo de una infraestructura digital trasnacional de desinformación, desde las operaciones con IA vinculadas a la campaña de Milei⁷ hasta el uso masivo de granjas de bots en las candidaturas de Kast⁸ y Trump⁹. Al desplazar la lucha de clases por el reconocimiento institucional de consignas identitarias, la izquierda tradicional perdió el vínculo con gran parte de la clase trabajadora, que hoy expresa su malestar a través del respaldo a estas nuevas derechas.

Cincuenta y tres años después del bombardeo a La Moneda, el fascismo que Eco llamó eterno reaparece con ropajes nuevos: libre mercado en lugar de Estado corporativo, urnas en lugar de golpe y la apropiación por la derecha de banderas tradicionalmente ligadas a la izquierda pero vacías de esencia. El fondo, sin embargo, sigue siendo el mismo: la decadencia atribuida al pasado, el enemigo interno y la promesa de un renacimiento mediado por la violencia. El fascismo se ha incubado por más de medio siglo en la región, desde la Operación Cóndor pasando por el genocidio maya en la Guatemala de Ríos Montt hasta el presente, y México, con un gobierno de “izquierda” desgastado por la corrupción y la opacidad, camina peligrosamente hacia ese abismo.

Referencias

¹ Eco, Umberto. “Ur-Fascism.” The New York Review of Books, 22 de junio de 1995, pp. 12-15. https://www.nybooks.com/articles/1995/06/22/ur-fascism/

² Griffin, Roger David. The Nature of Fascism. Londres: Palgrave Macmillan, 1991, p. 26.

³ Finchelstein, Federico. A Brief History of Fascist Lies. Oakland: University of California Press, 2020, p. 6.

⁴ Mbembe, Achille. “Necropolitics.” Traducido por Libby Meintjes. Public Culture 15, n.º 1 (2003): 11-40, p. 11.

⁵ “Entre cadáveres y con música épica, el show de De la Espriella para hacer gala de su lucha contra las guerrillas.” Head Topics España, 5 de septiembre de 2026. https://es.headtopics.com/news/entre-cad-veres-y-con-m-sica-epica-el-show-de-de-la-87414487

⁶ Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos. Declaración sobre el video que muestra el abuso sexual de un detenido palestino en el centro de Sde Teiman, 8 de agosto de 2024. https://reliefweb.int/report/occupied-palestinian-territory/statement-video-purportedly-showing-sexual-abuse-palestinian-man-israeli-detention

⁷ Norton, Ben. “Al descubierto la red Trumpista que utiliza la IA para manipular elecciones en Latinoamérica.” Geopolitical Economy Report, reproducido en Observatorio de la Crisis, 2 de septiembre de 2026. https://observatoriocrisis.com/2026/09/02/al-descubierto-la-red-trumpista-que-utiliza-la-ia-para-manipular-elecciones-en-latinoamerica/

⁸ Santos, Marcelo, María Luiza Mondelli y Jorge Valdebenito. “Bots x Kast.” Tercera Dosis, 17 de noviembre de 2021. https://terceradosis.cl/2021/11/17/bots-x-kast/

⁹ Shao, Chengcheng, Giovanni Luca Ciampaglia, Onur Varol, Kai-Cheng Yang, Alessandro Flammini y Filippo Menczer. “The Spread of Low-Credibility Content by Social Bots.” Nature Communications 9, artículo 4787 (2018). https://www.nature.com/articles/s41467-018-06930-7

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