octubre 14, 2026, Puebla, México

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Como si fuéramos volcanes / Ángeles Mastretta

Es de noche en el volcán y tengo miedo. Hay una luna tenue marcando el impávido contorno del monstruo que puede ser esa montaña cuando avienta ceniza como si maldijera el país en que tuvo la mala suerte de brotar.

(Columna Puerto Libre publicada por Ángeles Mastretta en la revista Nexos del mes de octubre de 2026. Imagen de portadilla por Daniel Mastretta)

Sé que es de noche allá como es aquí. Y una culpa de navajas se ha metido a mi cuerpo hasta incendiarlo. ¿En qué país vivo? ¿Cómo es que puedo andarlo sin más?

Fue de día en el volcán y me sonrió, como si me llamara a no pensar más que en la claridad de su cumbre, como si sólo existiera en este mundo la dicha de inventar otros mundos, unas personas buenas, una tarde inclemente rescatada sin más por un sol tibio, por la cauda de un cometa ardiendo como una fantasía. Y hubo a mi alrededor gente feliz llamándome como si el cielo cerrado sobre nosotros no fuera sino una fiesta.

Encuentro que el volcán, como el destino, fue responsable de tantas alegrías cuantas tuve en septiembre pasado. ¿Que cómo agradecerlas? No sé. Quizá pidiendo perdón por negarme unos días a la verdad que lastima a tantos. Fue culpa del volcán, juro sobre su nombre de guerrero ardiendo.

Huérfana de maldad por unos días, bendecida por el bien y la belleza llego tarde a la noche para la que no encuentro respuesta y me pongo a temblar con la pasión de unas mujeres que no quieren rendirse. Y les pido perdón por mirar a otra parte, por dormir sin soñarlas, por amanecer sin maldecir, sin nombrar su dolor como nuestro.

Ha de amanecer dice con la voz de sus acantilados la mujer que en apariencia duerme. La otra montaña, la que ha perdido a tantos en el abismo de sus paredes heladas. Brotó en este suelo hace doce millones de años y desde entonces nos acompaña con su desdén de diosa. 

Una amiga de mi corazón se empeña a cada tanto en escalarla hasta llegar a la cumbre. Ella marcha todos los años con las madres buscadoras y se consuela pensando que en algo las ayuda. Yo la oigo cuando baja la cuesta a decirme que esa mujer no está dormida, que ella vigila. Yo dudo que algo le importe, por eso ha de importarnos a nosotros.

nexos dedica este octubre a las personas que aún tienen esperanza y a las desesperadas y a cualquiera que se atreva a oír de su pena hasta aceptar con humildad lo que alguien nombró pecado de omisión. Vivir sin ver. Apiadados, sin duda, pero inermes. No sabemos qué hacer. Y busco el nosotros no para hablar de mí como si fuera muchos, sino para abrigarme pensando que hay quienes, como yo, no saben cómo curar el desconsuelo de tantos como sufren la guerra civil que vive este país. No están solas, decimos marchando junto a las madres que buscan, pero sí que lo están. Sí que las cerca el abandono, la puerta cerrada a sus ruegos y la paz con que otros vivimos viendo la guerra suya como si no tuviera que ser nuestra. La paz de que gozamos otros aun sabiendo que hay zonas de silencio, sitios de espanto, lugares donde se pierden entre moscas miles y miles de personas desaparecidas. Lugares, desiertos, bordes de una carretera hostil, ranchos abandonados entre cuya tierra rascan manos y brazos que aun si vemos, queremos olvidar para seguir viviendo. Como si fuéramos volcanes.

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