Férrea memoria
I.- Catrineras: del cine al desfile
La única certeza que tenemos al vivir en este planeta es que vamos a morir. La única permanencia en la Tierra es la de la impermanencia, y la certidumbre es la incertidumbre. Solo un momento aquí, en la tierra, dijo el poeta en náhuatl.
Por ello no es casual que, en México, desde la época precolombina hasta hoy —como en la mayoría de las culturas del mundo, si no es que en todas— tenemos consciencia de que, tarde o temprano, falleceremos, nuestro cuerpo dejará de funcionar y, de acuerdo con las creencias de cada cual, habrá una vida futura, tal vez eterna, tal vez reencarnemos, o que cuanto hubo aquí, en la tercera dimensión, es todo, y no hay más.
Es sabido también que las conmemoraciones de los fallecidos, que inician el 27 o el 28 de octubre, de acuerdo con la región en la que se viva, actualmente son, en el país, una mezcla de cristianismo y algo de la cosmovisión de los, por lo menos, 68 pueblos originarios de lo que hoy llamamos México. Y esas naciones, de origen milenario, en esencia conservan su cosmovisión, por más que utilicen elementos católicos o europeos.
Hoy se ha popularizado el desfile, sobre todo con imágenes monumentales que, supuestamente, muestran a personajes relacionados con la conmemoración de la vida de los difuntos. Así, se ha priorizado a la Catrina como figura central de esa marcha, la cual es una creación de José Guadalupe Posadas en el siglo XIX, y fue rescatada por Diego Rivera en su mural de 1947 Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central.
Ahí, la figura representa a la Muerte, toma de la mano al niño Diego y, detrás de ellos, está el símbolo del ying y el yang: la vida y la muerte, lo claro y lo oscuro: la impermanencia como permanencia.
El desfile monumental de calaveras que hemos visto y veremos en estos días nació hace once años con una —pésima y predecible— película del 007, y un año después, se hizo “realidad” y oficial en Ciudad de México. El cine dictó la norma: en los Estados Unidos Mexicanos, los pobladores hacen mojigangas gigantes, ¿para rendir culto a la vida después de la muerte? A saber: ahora es oficial, porque el cine gringo así lo dice.
Pero la vida y la muerte son más que una marcha que se expande cada año más monumental.
Los llamados “Pueblos mágicos” —otra etiqueta impuesta para decir lo que somos en los municipios y algunas ciudades mexicanas— reproducen desde hace una década, cada vez con más esperpento, el dictado de Hollywood; nada de recordar que vivimos para la muerte.
“Catrineras” es un ejemplo: el festival en la exhacienda de Chautla, en San Salvador El Verde, ha sido un éxito; inició el 9 de este mes y concluirá el 2 noviembre: hay desfiles, se cuentan leyendas en el hotel del sitio. Ahora, en lugar de que los habitantes vayan de visita al panteón, harán de viene-viene para los cientos de visitantes que buscan, alrededor del lago artificial, ser como el cine dice que somos.
II.- Hay que ser bien fuertes, pa´ ver a la muerte…
La mejor canción acompañada por mariachi es, hasta ahora, “Fantasmas”, de Humbe, y a las pruebas me remito: de acuerdo con Spotify, hasta el 23 de octubre de este año, el total de transmisiones de la composición —“liberada” el 6 de diciembre del año 2035— era de 371 millones 148 mil 209, lo cual la colocó en el número 5.868 en una lista de 324 mil 20 canciones.
En YouTube, en menos de dos años; cuenta con más de 232 millones de reproducciones en el canal oficial de Humbe. Otros canales que la han retomado (con la letra, con imágenes sobre el Día de los fieles difuntos, etcétera) suman miles más de vistas diarias.
Lejos, muy lejos está “Fantasmas” de las canciones “tradicionales” de mariachi que se nos han impuesto como “las mexicanas”, las que supuestamente expresan lo que “somos” los mexicanos: aquellas que hablan del desprecio por la existencia y una actitud infantil ante el existir (“la vida no vale nada”, “si me han de matar mañana, que me maten de una vez”; “con dinero o sin dinero, hago siempre lo que quiero, y mi palabra es la ley…”).
Muy apartada está la composición de Humbe también de, por ejemplo, “Amor eterno” que, si bien en diversas plataformas, no solo en la citada, en la interpretación de Rocío Dúrcal suma más de 236 millones de reproducciones; son muy distintas. En “Fantasmas” hay un concepto, no un lamento y arrepentimiento por lo que no se hizo.
Léase una de las partes de la canción “Fantasmas”:
Y aunque te lleve en la sangre,
me duele sentirte tan lejos…
[…]
Lo sigo intentando,
tan cerca el impacto:
hay que ser muy fuertes
pa’ ver a la muerte,
derecho y honrado.
Cansado de pensarlos
(no puedo evitarlo):
quiero estar juntitos,
tomarme contigo
un último trago.
Nada de lamentos infantiles de hombres que han bebido y “agobiados por los humos del alcohol” expresan sus sentimientos
Además, los fallecidos, los muertos hablan con Humbe y, por ende, con el escucha de su canción:
Ya viví lo que pude vivir.
Perdón que me tenga que ir.
Eso dicen los fallecidos.
En esta canción no existen fantasmas, ni catrinas monumentales, ni calaverotas, ni alebrijes gigantes, ni mojigangas de charros negros y catrines; hay, sí, una celebración de la vida de quienes ya murieron.
¿Y quién es Humbe? Humberto Rodríguez Terrazas nació el 11 de noviembre del año 2000 en Monterrey, Nuevo León. En el 2017 presentó su primer disco, Sonámbulo, al que siguió Entropía en el 2021, año en que también ofreció Aurora. Esencia, Armagedón y Dueño del cielo son el resto de sus producciones.
El regio ya era candidato al Grammy a los 20 años de edad como “Mejor nuevo artista”; además, fue premiado en los MTV MIAW y los Kids Choice Awards.
La revista Rolling Stone, en español, lo incluyó en la lista “25 artistas que definen el futuro de la música.”
Firmó con Sony, pero pronto volvió a donde comenzó: graba, produce y promueve su música de manera independiente.
III.- La Odisea, los insepultos, el hogar sólido y La Llorona


En el canto o libro número XI de La Odisea, guiado por Circe, Odiseo hace libaciones y sacrifica animales en una fosa que cava para tal efecto. Entonces, llega al límite del mundo subterráneo, el Hades, y habla con Tiresias, el ciego adivino, quien le anuncia lo que vendrá en su vida; habla con su madre, Anticlea, quien murió esperándolo en Ítaca. Pero destaca en este encuentro un personaje: Elpénor, marinero que, para ese momento, tenía poco de muerto y no había sido sepultado.
El de Elpénor es un caso a destacar porque, como en la cultura mexicana, es un ser que, por estar insepulto su cuerpo, se presenta a los vivos para pedir esa gracia: ser sepultado como corresponde.
Así, más de un mexicano ha hablado con verdad en el campo, en los terrenos suburbanos o las ciudades, de encuentros con muertos que pidieron esa gracia: generalmente no saben cómo murieron, ni sus familiares saben de su fallecimiento, pero necesitan que su alma repose, y lo hará cuando el cuerpo que tuvieron en este planeta regrese a la tierra.
Los participantes o testigos de tales encuentros, generalmente, no han leído La Odisea, ni conocen que un insepulto pidió, hace unos veinticinco siglos, una sepultura. ¿Por qué habría de inventar algo como lo consignado por Homero, seguramente conocido por el pueblo común y corriente de su época?
¿Alguien pone en duda el contacto de Odiseo con los muertos, los diálogos que sostienen? ¿Quién se atreve a dudar de que en México un alma esté en pena y pide sepultura? La antropología ha dado cuenta de que, en muchas otras culturas, estos encuentros también suceden.
Shakespeare lo narró en La trágica historia de Hamlet, príncipe de Dinamarca: el padre del protagonista “se aparece” a su hijo y le pide que vengue su muerte. El hijo finge demencia para poner en evidencia al asesino, aunque esa actitud haga que su amada, Ofelia, al creerle realmente demente, se suicide.
¿Quién ha puesto en duda el encuentro entre el padre e hijo antedichos? ¿Por qué habría de ponerse en duda el que un mexicano ha soñado con un familiar muerto y este le ha pedido algo especial para tener en su ofrenda del Día de los fieles difuntos?
¿Lo primero lo “perdonamos” como ficción y lo segundo lo rechazamos como superchería? Que se atreva el primero que habló con su familiar muerto, quien “vino a despedirse” a pedirle que no se preocupe, y que él o ella están bien, que ya no sufren y ahora descansarán.
¿Pienso, luego existo? ¿O vivo, luego, creo?
La poblana Elena Garro, homérica y shakesperiana, en su primera obra de teatro conocida, Un hogar sólido, entra al mundo de los muertos: una niña de ocho años muere, y se encuentra con mujeres de su familia que fallecieron antes que ella. Ahí transcurre la historia donde, las contertulias aseguran que ahora sí tienen un hogar donde se sienten bien, un hogar sólido: su tumba.
Cuando Coco fue estrenada en el año 2017 por los estudios de animación Pixar, distribuida por Disney, nadie pensó que la historia, basada en encuentros sostenidos por mexicanos con sus antepasados, fuera una tontería, una superchería, cosa del demonio o de gentes ignorantes. No: más de uno, sobre todo en México, citó, abierta o tímidamente, su propia experiencia: “Me desperté a las tres de la mañana, y acababa de soñar con mi padre. Me dijo que estaba bien, que no me preocupara, aunque nadie me había hablado de él ni yo lo había conocido. Horas después. Mi madre me dijo que mi padre, al que no habíamos vuelto a ver, había muerto.”
Algunos de esos encuentros cuentan con su propio Tiresias: los difuntos hablan de algunos aspectos de acontecimientos por venir. Y los testigos afirman: se cumplió como me lo dijeron en el sueño.
La Llorona, todo mundo lo dice, es una leyenda, pero ¿cuántos mexicanos podemos reunir para que nos digan con verdad, pues son de fiar, que han encontrado a “un alma en pena” que se lamenta por haber asesinado a sus hijos? Y no ha sido una sola mujer: son varias las que, en diversos lugares, no pueden dejar el planeta Tierra, aunque solo sea como ánimas o espíritus, porque el remordimiento, la culpa y la autocondena no les permiten seguir más allá de este mundo, trascender.
Ahora viene lo mejor: Platón, siempre hablando de Sócrates, como sabemos, narra en el libro X de La república, la historia de Er, el guerrero caído en combate y el cual, recogido por sus compañeros, tiene el cuerpo casi incorrupto y, cuando va a ser enterrado, dos días después de haber sido levantado del sitio de la refriega, abre los ojos, regresa a la vida y narra con detalle lo que “vivió” y vio en el mundo de los muertos.
Hoy, a ese hecho, se le llama en español experiencia cercana a la muerte: la persona fallece, pero “resucita” y narra lo vivido en otros sitios. Los estudios, los libros serios sobre estos casos, son ahora cuantiosos e incluso populares. Gente digna de crédito, primero con timidez, para que no le tomen a demente, lo cuenta; después, algunos, publican sus historias a través de un podcast en internet, o escriben un libro.
La ciencia es cada vez más cauta para rechazar, sin más, esas experiencias.
IV. La Catrina se pasea en un desfile
La Catrina, esa dama burguesa de finales del siglo XIX que José Guadalupe Posadas “democratizó”, haciendo ver que, en el fondo y literalmente, no era más que huesos, como los desposeídos o desarrapados que la “paz porfiriana” tenía por miles por los Estados Unidos Mexicanos.
Rescatada por Diego Rivera, en su mural que estuvo en un hotel y ahora lo está en un museo cercano a la propia Alameda Central que retrata la obra, a unos pasos de la estación del Metro Hidalgo en la Ciudad de México, reivindica que, desde siempre, estamos tomados de la mano por la Muerte, que ella nos guía hacia el que es nuestro destino final, nuestro encuentro con Ella.
La Catrina, la burguesa, la esposa del dueño de los medios de producción, o ella misma dueña de ellos, sale del museo con su elegante vestimenta blanca, sombrilla en mano: se encuentra en la Avenida Juárez con un desfile; se queda quieta en la orilla del arroyo vehicular, decide y mejor se instala en la banqueta: ve pasar animales fantásticos que, ahora sabe porque lo pregunta, se llaman alebrijes.
Ve cráneos gigantescos, nada que ver con los tzompantli ceremoniales de los antiguos mexicas, ni con la dualidad Ometeotl, dios vida-muerte, cráneo carnoso y descarnado a la vez.
Mira la señora que camina un poco para ver mejor calaveras como las que hizo su retratista, don Lupe Posadas, pero no entiende qué representan esos esqueletos monumentales. Ahora ve a un supuesto “catrín”, que sería su compañero, un burgués decimonónico también democratizado por la Muerte: huesos y no más que huesos es bajo su supuesta elegancia.
Doña Catrina camina un poco hacia donde estuvo la calle San Juan de Letrán, donde recuerda que puso una ofrenda para su hermano atropellado por un carro tirado por caballos. Ya no hay rúa: hay un Eje Central y no sabe dónde podría poner su ofrenda, pues quiere seguir honrando la vida de su hermano.
Gritos, música estridente, mojigangas, calaveras e imitaciones de ella, de la Catrina, pasan frente a sí misma: la huesuda no entiende. Recuerda que su vida concluyó físicamente con su muerte, y que sus descendientes, por lo menos de dos generaciones, le ponían una ofrenda. Le daban un lugar, la consideraban parte importante de su árbol familiar. Pero no entiende qué carajos quiere decir el desfile que contempla.
Doña Catrina no se siente cómoda: abre su sombrilla para que no le dé la luz del sol con sus rayos de otoño en sus blanquecinos huesos, y regresa a su museo. Ahí, toma al niño Diego de la mano después de ver el círculo mitad blanco, mitad negro: a la vida sigue la muerte, a la muerte sigue la vida, y así, hasta el infinito. Sí lo sabrá ella, que recuerda que detrás suyo, debe haber por lo menos trece mil generaciones.
Es la tarde de un domingo en la Alameda Central. Nada permanece, excepto lo que cambia, y esto, siempre está en movimiento, siempre cambia. Entonces: ¿qué permanece?, se pregunta la huesuda que no Muerte: la impermanencia, la incertidumbre. Sonríe, se queda quieta con Dieguito.
V.- Traten bien a sus perros
En La muerte al filo de obsidiana, Eduardo Matos Moctezuma cita, al final de su libro, lo que le contó una anciana en una zona suburbana de la Gran Tenochtitlán: que los antiguos recomendaban tratar bien a los perros, pues cuando murieran, iban a llegar a Escuintla, la perrera, el sitio de los perros, donde uno de ellos les ayudaría a atravesar el río de aguas lodosas que separa la vida de la muerte.
Ya no lo cuenta Eduardo Matos, pero después de cruzar ese río, el alma del muerto debía atravesar nueve vados para llegar al descanso al que sigue la vida; entre esos vados estaban las montañas que chocan y no dejan pasar alma alguna; el valle de las banderas, donde las almas perdidas son zarandeadas como estandartes. Antes, debían haber pasado por el lugar donde el frío corta como frías navajas de obsidiana. Posteriormente, deberían sortear el sitio donde, flechas perdidas podrían insertarlos e impedirles continuar. Fieras como jaguares, deberían devorarles el corazón que tuvieron en el plano terrestre, para poder continuar, ya sin los sentimientos que ese órgano establece.
Por fin el alma estaba lista para desprenderse de su vida terrena, con su cuerpo de por medio, cruzar la laguna de aguas negras para poder encontrarse con Mictlantecuhtli y Mictecacíhuatl, señor y señora del Mictlán, donde por fin descansaría.
¿Después? El mexica sabía que la vida no terminaba, que nada se detenía, que eso llamado Muerte, no es más que un proceso de cambio, para enfrentar más cambios, y cambios posteriores, y cambios y cambios… hasta el infinito.
Que la vida y la muerte son partes complementarias de lo uno, Ometeotl, que nada se detiene, que la vida, a través del cambio, permanece.
Es cuanto.













