Julio Glockner, en este texto para un conferencia reciente ante estudiantes universitarios, retoma ideas del filósofo coreano Byung-Chul Han para reflexionar sobre la inteligencia artificial, la comunicación digital y el neoliberalismo. El punto de arranque de su reflexión es la disminución de la lectura como un fenómeno global que afecta a todas las clases sociales. El interrogante de fondo es por el significado de la verdadera libertad.
A mi querida amiga Rosi Roveglia
Recordando a nuestro querido Jorge.
“La inteligencia artificial no piensa.
A la inteligencia artificial
no se le pone la carne de gallina”.
Byung Chul Han
Esto que será una conversación con ustedes surgió a propósito de un video que me envió mi amigo Alberto Cordero, donde una joven expone la información publicada en el NYT planteando lo que me pareció una verdad a medias: que la lectura de libros está desapareciendo en los E.U., lo que es cierto, aunque no sólo en E.U. sino en el mundo entero. Pero lo que me parece un desatino en esa nota periodística, es pretender que esta disminución de la lectura sea una forma de discriminación maquiavélicamente concebida por las clases dominantes para que las clases populares se queden sin memoria, limiten sus conocimientos y pierdan la capacidad de profundizar en sus pensamientos, todo ello debido al uso cada vez más intenso de los celulares y al entretenimiento que proporcionan.
Pienso que esto no es verdad, que el actual fenómeno de comunicación digital no es una estrategia contra las clases populares, sino que comprende a toda la población mundial sin distinciones de clase, nacionalidad, etnia, religión o edad.
Quiero dejar claro que no se trata de descalificar los beneficios que el mundo digital ha traído en la comunicación humana, sobre todo en lo que se refiere a su amplitud, a la velocidad y a la precisión de la información. Lo que voy a exponer aquí es, digamos, su lado oscuro, adictivo, tramposo y falsificador de la realidad, que, desafortunadamente está moldeando una nueva forma de mentalidad y de vida entre nosotros.
Lo que está ocurriendo en nuestros días, y todo hace pensar que se incrementará cada vez más, es el ejercicio de una psicopolítica, como la llama Byung-Chul Han, un interesante pensador coreano, formado filosóficamente en Alemania, en la corriente heideggeriana. Alberto me propuso que preparara algunos de sus planteamientos para exponerlos con ustedes y aquí me tienen.
Chul Han ha sabido explorar el mundo contemporáneo neoliberal con profundos conocimientos y una singular inteligencia, en la que se entrelazan pensadores de Oriente y Occidente. Vamos a dar un rodeo que me parece indispensable para llegar al tema de los celulares.
La libertad del sujeto
Uno de los temas centrales que trata Chul Han es el de la libertad del sujeto. A partir de ahora voy a leerles casi literalmente lo que él plantea para que podamos conversar después sobre estas ideas.
La sensación de libertad -dice- se ubica en el tránsito de una forma de vida a otra, hasta que, una vez concluido el tránsito, se muestra como otra forma más de coacción.
La libertad, entonces, es un episodio, un entreacto, de modo que a cada liberación le sigue una nueva sumisión. Este es el destino del sujeto, que, literalmente significa “estar sometido”.
Hoy creemos que no somos un sujeto sometido, sino un proyecto libre, que se reinventa constantemente.
Creemos que tenemos un proyecto de vida propio, orientado a lo que hemos llamado “superación personal”, y a este proyecto nos entregamos afanosamente.
Pues bien, el tránsito del sujeto al proyecto va acompañado de la sensación de libertad. Sin embargo -y esto es importante resaltarlo- el propio proyecto se muestra como una coacción muy eficiente de sometimiento.
Veamos cómo sucede esto:
El Yo como proyecto, que cree haberse liberado de las coacciones externas (podemos decirnos “Soy libre, nada me obliga a hacer lo que hago) se somete, sin embargo, a coacciones internas y a coerciones personales bajo la forma de una coacción de rendimiento y de optimización. De modo que nos decimos: “Soy libre y elijo superarme constantemente”; “quiero mejorar día con día”, “Yo puedo hacerlo; debo lograrlo”.
Es decir, estamos viviendo un periodo histórico en el que la libertad misma da lugar a coerciones autoimpuestas.
Chul Han hace una distinción muy importante entre el “deber”, impuesto desde fuera por una autoridad externa, y el “poder hacer”, que genera más coerciones autoimpuestas que el deber.
El poder hacer no tiene que cumplir con un deber externo, que siempre tiene un límite, como cuando decimos “he cumplido con mi deber”, de este modo, el cumplimiento pone fin al deber.
Por el contrario, el poder hacer pone en acción una coacción voluntaria que es ilimitada, pues la libertad que tengo para superarme no tiene límites.
Nos encontramos entonces en una situación paradójica, pues la libertad, que debería de ser lo contrario de la coacción, genera más y nuevas coacciones. Y esta situación tiene consecuencias nerviosas en nuestro tiempo, pues la ansiedad y la depresión son la expresión de una crisis profunda de la libertad. Son un signo patológico de que hoy la libertad se convierte, por diferentes caminos, en una coacción permanente.
A este sujeto, voluntariamente sometido a coacciones personales, Chul Han lo llama el Sujeto del rendimiento; que se cree libre, cuando en realidad es un esclavo que se explota a sí mismo, en forma voluntaria y con toda libertad.
Es un sujeto neoliberal, empresario de sí mismo, incapaz de establecer, con otros, relaciones que sean libres de cualquier finalidad, pues entre empresarios no hay amistad sin una finalidad.
Ser libre -dice el filósofo- significa estar entre amigos.
“Libertad” y “amigo” tienen en las lenguas indoeuropeas la misma raíz. La libertad es una palabra relacional, un concepto abierto a las relaciones amistosas.
El aislamiento al que nos conduce el régimen neoliberal no nos hace libres. Uno se siente libre en una relación lograda, es decir, en una compañía satisfactoria con otros seres libres. Ser libre no significa otra cosa que realizarse mutuamente. La libertad es un sinónimo de libertad lograda.
Con estas ideas podemos comprender ya lo que significa la psicopolítica que mencioné al principio.
Byung-Chul Han la define como la forma de poder propia del neoliberalismo. Se trata, como hemos visto, de un poder que ya no se ejerce mediante la represión o la coacción externa, sino a través de la coacción interior, que genera la auto explotación y el control interiorizado de la mente y las emociones.
El neoliberalismo, como forma evolutiva del capitalismo, ya no se ocupa primordialmente de lo biológico, lo somático y lo corporal, sino que descubre la psique como fuerza productiva. Este giro a la psique y con ello a la psicopolítica, se relaciona con las formas de producción del capitalismo actual, que está determinado, sobre todo, por formas de producción inmateriales e incorpóreas. Es decir, ya no se producen principalmente objetos físicos, sino objetos no-físicos, como informaciones y programas. Chul Han tiene un libro titulado No-Cosas donde profundiza en este tema.
De manera que el cuerpo como fuerza productiva ya no es tan importante como lo fue en la sociedad disciplinaria, dominada por la biopolítica que examinó a fondo Michel Foucault. En la actualidad, para incrementar la producción, ya no se trata de superar resistencias corporales, sino que se optimizan procesos psíquicos y mentales. La disciplina corporal cede ante la optimización mental.
La técnica del poder neoliberal adopta una forma sutil. Ya no se apodera directamente del individuo, al contrario, se ocupa de que el individuo actúe de tal modo que reproduzca por sí mismo el entramado de dominación que es interpretado por él como libertad. Es decir, la psicopolítica neoliberal explota la libertad misma y en lugar de oprimirla, la instrumentaliza, la pone a su servicio. De este modo, el sujeto del rendimiento ya no se siente explotado por otro, sino que se explota a sí mismo creyendo realizarse.
Quisiera resaltar la idea de que las técnicas de dominación de la psicopolítica no provocan oposición ni resistencia. Sólo un régimen represivo provoca la resistencia. Pero el régimen neoliberal no oprime la libertad, sino que la explota a su favor, no es represor sino seductor. Entonces, la dominación se hace completa en el momento en que se presenta como la libertad.
La ideología neoliberal del “supérate constantemente”, de la optimización personal, ha desarrollado características religiosas. Representa una nueva forma de subjetivación. El trabajo sin fin en el propio yo, exigiéndose un mayor rendimiento, es semejante a la introspección y al examen de conciencia de las religiones, que implican una técnica de subjetivación y dominación y autocontrol. Con la diferencia de que en lugar de buscar pecados se buscan pensamientos negativos que van contra la optimización del rendimiento. El yo lucha consigo mismo como un enemigo. Aquí anidan los malestares emocionales de nuestra época: la ansiedad, la angustia, la frustración, la depresión. Y en lugar de pastores y sacerdotes, los nuevos clérigos son hoy todos esos managers, y entrenadores motivacionales que predican el Nuevo Evangelio del rendimiento y la optimización sin límite, con la retórica de la superación personal, el buen desempeño empresarial y demás estrategias de la mercadotecnia. Este culto a la productividad lo analiza, entre otros libros, en La sociedad del cansancio.
El teléfono celular es hoy un lugar de trabajo digital, pero también es un confesionario digital, dice el filósofo coreano. Todo dispositivo, toda técnica de dominación genera artículos de culto que son empleados para la subyugación. Así se afianza la dominación. El celular es el artículo de culto de la dominación digital. Como aparato de subyugación actúa como un rosario y sus cuentas; así es como mantenemos el móvil constantemente en la mano. El me gusta es el amén digital. Seguimos confesándonos. Nos desnudamos por decisión propia. Pero lo que pedimos no es perdón, sino que nos presten atención.
Veamos las ideas de Chul Han sobre
El mundo digital y la Inteligencia Artificial
De acuerdo con su planteamiento sobre el mundo digital, expuesto sobre todo en sus libros No -cosas, En el enjambre, La sociedad de la transparencia y otro llamado Infocrácia. La digitalización y la crisis de la democracia, el mundo material de las cosas, aquellas que podemos tocar y oler, se está desvaneciendo en un mundo de información, en un mundo de no-cosas.
El mundo digital cada vez se mezcla y confunde de manera más notoria con el mundo material, haciendo de la existencia algo cada vez más intangible y fugaz.
Esto no quiere decir que no exista una hiperinflación de objetos materiales, de mercancías a la venta, pues, finalmente, el neoliberalismo convierte al ciudadano en un consumidor compulsivo, pero se trata generalmente de objetos desechables, con los que no establecemos lazos afectivos. Cuando Chul Han se refiere a las cosas, se refiere sobre todo a aquellos objetos cuya durabilidad le proporcionan estabilidad a nuestras vidas al relacionamos con ellos. La larga duración de estas cosas, nuestra cama, los muebles y todos los objetos que nos son queridos, nos ponen los pies en el mundo. Su continuidad en el tiempo crea un hogar en el que nos sentimos cómodos y seguros. En las cosas que nos duran, que permanecen con nosotros por largo tiempo se depositan, además recuerdos, son como refugios de nuestra memoria. Sin embargo, hoy estamos obsesionados no con las cosas, sino con informaciones y datos fugaces, casi instantáneos, es decir, con no-cosas. Hoy todos somos infómanos, adictos a la velocidad de los mensajes.
Las cosas, como los rituales, son apoyos que dan tranquilidad a nuestras vidas, Chul Han tiene un muy interesante libro sobre La desaparición de los rituales, considerando, con toda razón, que los rituales crean comunidad sin comunicación, mientras que en nuestros días tenemos un exceso de comunicación sin comunidad, pero no me puedo extender en este punto que sería motivo de otra plática.
Chul Han dice que el celular NO es una cosa, más bien lo caracteriza como un infómata que produce y procesa informaciones. Las informaciones son todo lo contrario a los apoyos que dan tranquilidad a la vida. Viven del estímulo de la sorpresa. Nos sumergen en un torbellino de actualidad.
Necesitamos -dice- que se acalle la información. Si no, acabará explotándonos el cerebro. Hoy percibimos el mundo a través de las informaciones. Así se pierde la vivencia presencial. Nos desconectamos del mundo de forma creciente. Vamos perdiendo el mundo. El mundo es algo más que información. La pantalla es una pobre representación del mundo. Giramos en círculo alrededor de nosotros mismos. El celular contribuye decisivamente a esta pobre percepción de mundo. Un síntoma fundamental de la depresión es la ausencia de mundo.
El celular se ha convertido hoy en día en una especie de prótesis de nuestro sistema nervioso que nos es indispensable para ubicarnos y comunicarnos; difícilmente podemos salir a la calle o alejarnos demasiado tiempo del celular, esto nos inquieta y padecemos una suerte de síndrome de abstinencia.
La inmaterialidad de las no-cosas también tiene efectos en el erotismo, que Chul Han atribuye al narcisismo y exhibicionismo actuales que proliferan hasta la saciedad en las redes. La obsesión por uno mismo -dice- conduce a que los demás desaparezcan y el mundo sólo sea un reflejo de nuestra persona. Se ha llegado ya a hablar de datasexuales, es decir, personas que recopilan y comparten obsesivamente información sobre su vida personal. El creciente narcisismo digital conduce a la desaparición del otro, convertido, en todo caso, en un simple destinatario, generalmente anónimo.
Impacto en el mundo laboral
Otro gran tema son las consecuencias que la Inteligencia Artificial tendrá en el mundo laboral, desplazando cada vez más a una infinidad de personas que se están quedando y se quedarán sin empleo. Hace unos días, durante la transmisión de un programa de televisión titulado ¿Me quitará la IA mi trabajo? en el Canal 4 del Reino Unido, la periodista Aisha Gaban declaró lo siguiente: “La IA afectará la vida de todos los próximos años y a muchos les hará perder sus trabajos, como a los empleados en los Centros de Atención Telefónica, a los agentes de servicio a clientes, e incluso a conductoras de programas de televisión como yo”, dijo. Después de que el público había visto a la conductora dar información periodística desde distintos lugares, al final de la transmisión Aisha dijo: “No estuve en estos lugares para cubrir la noticia, mi imagen y mi voz se generaron mediante Inteligencia Artificial: NO EXISTO”. Presentadores semejantes, creados por la IA han aparecido ya en agencias de noticias en India y Kuwait. (La Jornada, 21 de octubre de 2025).
Cuando un periodista de diario español El País le preguntó
¿Cómo se combina una sociedad que trata de homogeneizarnos y eliminar las diferencias, con el creciente deseo de las personas por ser diferentes de los demás y ser, en cierto modo, únicas?
Respondió que todo el mundo quiere hoy ser auténtico, es decir, diferente a los demás. Así, estamos comparándonos todo el rato con los otros. Precisamente es esta comparación la que nos hace a todos iguales. O sea: la obligación de ser auténticos conduce al infierno de los iguales.
En su libro Elogio de la inactividad BCH plantea que es necesaria, una política de la inactividad, que podría servir para liberar el tiempo de las obligaciones de la producción y hacer posible un tiempo de ocio verdadero.
Todos nosotros hemos sido educados, hemos crecido y creído que “El ocio es la madre de todos los vicios”, esta idea exige, “por nuestro propio bien”, claro está, que uno debe permanecer siempre ocupado, haciendo algo “de provecho”, es decir, produciendo algo. Esta idea del ocio proviene de una mentalidad productivista. Pero el “ocio verdadero”, como lo llama Chul Han, tiene que ver con una idea del taoísmo y el budismo zen, y nada que lo relacione con la holgazanería y la pereza apática, sino, más bien, con la idea del No-hacer, que significa distanciarse de toda actividad que nos impide ser creativos, reflexivos y contemplativos para estimular y enriquecer nuestro espíritu. Sin el No-hacer no existiría la pintura, ni la música ni las artes en general que, como dicen quienes asumen plenamente la mentalidad productivista: “no sirven para nada”. Yo puedo decirles, con todo énfasis: ¡Bendita sea la inutilidad del arte!
Desde luego que están naciendo nuevas formas artísticas generadas desde la Inteligencia Artificial y hay que celebrarlo, pero desafortunadamente no se utiliza solo para la creatividad artística. El gran problema es su utilización como forma de dominación en lo que Chul Han llama psicopolítica neoliberal. Y pone como ejemplo la compañía Acxiom en EU, que comercia con datos personales de 300 millones de personas y los clasifica en 70 categorías.
En los extremos están, por un lado, los waste, la basura, que no tiene poder adquisitivo. Por otro lado, los Shooting Star, los compradores dinámicos de 35 a 45 años.
Es decir, se ha creado una sociedad de clases digital en la que funciona un dispositivo llamado Bannopticum, que es un panóptico digital que identifica a las personas hostiles al sistema y las excluye.
En el Panóptico el poder se ejerce vigilando y ese ojo que vigila se interioriza y tiene como efecto la autocontención.
El control, desplegado en lo que hemos llamado la biopolítica, se basa en la disciplina, la internalización de la vigilancia y la normalización del comportamiento. A todo esto Michel Foucault lo llama la modernidad sólida. Son las escuelas, las fábricas, los hospitales, el ejército quienes moldean los cuerpos y las conductas.
En cambio, en el Bannopticum, el poder no observa a todos, sino que selecciona a quienes considera útiles e invisibiliza o desecha a los demás.
En un mundo globalizado y móvil, que Zigmund Bauman llama la modernidad líquida, ya no se trata de encerrar y disciplinar, sino de dejar fuera, de desechar gente. Esta modernidad líquida opera en las fronteras, los campos de refugiados, las reservas de indios en EU, los guetos, los cinturones de miseria, y en general entre los marginados del sistema. En lugar de disciplinar se desconecta, se rechaza a quienes se considera poca cosa, personas desechables.
Veamos una descripción del Bannopticum digital que hace Zigmund Bauman:
El Bannopticum identifica a los humanos sin valor económico como basura y la basura es algo que hay que eliminar:
Son superfluos, basura humana, los rechazados de la sociedad, en una palabra: desecho. Desecho es todo aquello que no es útil… la aportación más significativa que puede hacer el desecho es ensuciar y bloquear los espacios que, de otro modo, se podrían utilizar para generar beneficios. El fin último del Bannopticum es asegurarse de que el desecho es separado del producto valioso y arrumbado para el transporte al vertedero de basura. Esto es precisamente lo que hacen Netanyahu y Trump tanto en Palestina como entre los migrantes en EU.
En la sociedad de control, en lugar del prisionero que obedece -dice Gilles Deleuze- surge el usuario que se conecta o que es filtrado, para ser aceptado o rechazado.
Además de las instituciones cerradas que modelan los cuerpos (fábricas, prisiones, escuelas, ejércitos) ahora hay redes abiertas de control: bancos, tarjetas, algoritmos, contraseñas… el poder ya no se basa en la vigilancia directa, sino en la modulación continua del acceso y el movimiento.
Pero la Inteligencia Artificial es útil, aun para analizarla a ella misma. Consulté al Chat GPT sobre el Bannopticum de Zigmund Bauman y me hizo esta síntesis:
“Podríamos decir que el panóptico vigila, el bannoptico excluye, la sociedad de control filtra y la psicopolítica seduce. Son cuatro fases del mismo desplazamiento: del poder coercitivo al poder fluido, algorítmico y psicológico”.
Si bien es cierto que la IA no piensa ni se le pone carne de gallina, debemos reconocer que, con la información de la que dispone, se puede ejercer una inteligente crítica de ella misma. Inducirla a la autocrítica, no obstante, todo seguirá no sólo igual, sino empeorando lentamente si no cambiamos de dirección.