En lo alto de las montañas donde el viento parece custodiar cada pliegue del paisaje, Hierve el Agua se revela como un territorio que nunca ha dejado de hablar
No lo hace con estridencias, sino con la persistencia de sus manantiales, con la memoria mineral que se acumula en cada capa de travertino y con la forma en que sus habitantes antiguos moldearon el entorno para hacerlo parte de su vida espiritual.
Allí, donde la piedra parece fluir y el agua petrificada cae en silencio, se dibuja un escenario que obliga a reconsiderar la relación entre las comunidades prehispánicas y el paisaje que eligieron habitar.
La presencia de terrazas, canales y plataformas no responde únicamente a una lógica productiva.
La complejidad del sistema, su ubicación en un anfiteatro natural y la manera en que los manantiales fueron integrados a la arquitectura sugieren que el sitio funcionó como un espacio donde la naturaleza y la vida ritual se entrelazaban.
La montaña, el agua y la roca no eran recursos: eran entidades con las que se establecía un vínculo.
La construcción del complejo hidráulico no se explica solo por la necesidad de subsistencia, sino por la voluntad de apropiarse simbólicamente del territorio y convertirlo en un espacio de identidad.
En ese marco, es posible imaginar que las comunidades que ocuparon el lugar no solo buscaban aprovechar los manantiales, sino también dialogar con ellos.
Las terrazas pudieron haber sido escenarios de prácticas rituales vinculadas a la fertilidad, la lluvia o la renovación del ciclo agrícola.
Los pocitos, los canales y los domos calcáreos pudieron funcionar como marcadores de un orden sagrado que organizaba la vida cotidiana.
La montaña, convertida en un cuerpo vivo, ofrecía agua que emergía, se desplazaba y se transformaba en piedra, un proceso que difícilmente habría pasado desapercibido para quienes habitaban el sitio.
Si se observa el entorno desde la perspectiva actual, el deterioro de la cobertura vegetal, la erosión y la presión turística plantean escenarios que exigen decisiones responsables.
La fragilidad del sistema natural y la importancia cultural del sitio obligan a pensar en estrategias que integren conservación ambiental, manejo comunitario y turismo regulado.
La recuperación de la vegetación, la protección de los manantiales y la delimitación de zonas sensibles permitirían evitar que el desgaste avance.
La participación de las comunidades locales, que históricamente han sido parte del territorio, resulta indispensable para garantizar que cualquier intervención respete la memoria del lugar.
Hierve el Agua no es solo un atractivo turístico ni un vestigio arqueológico.
Es un territorio que conserva la huella de quienes lo transformaron con intención y respeto.
Su permanencia depende de reconocer que el paisaje no es un recurso inagotable, sino un archivo vivo que exige cuidado.
En un tiempo donde la prisa amenaza con borrar lo esencial, este paraje recuerda que la relación entre humanidad y naturaleza puede ser más profunda que la utilidad inmediata.
Allí, donde el agua se convierte en piedra, el pasado sigue reclamando su sitio.
A unos kilómetros de Mitla, tras las montañas que cierran la cuenca suroriental del valle de Tlacolula, se levanta Roaguía, y junto a ese poblado emergen los manantiales y las formaciones minerales que dieron fama al paraje conocido como Hierve el Agua.
El sitio, hoy convertido en un concurrido balneario y punto turístico, debe su aspecto a las aguas cargadas de sulfatos y carbonatos que, al escurrir durante siglos, dejaron capas de travertino que descendieron por los acantilados como si fueran cascadas detenidas en el tiempo.
Desde mediados del siglo XX, la singularidad del paisaje y la presencia de estructuras dispersas atrajeron a especialistas interesados en descifrar su origen.
La evidencia más notable —hoy casi destruida— fue un complejo sistema de plataformas y acueductos construido por antiguos habitantes, quienes aprovecharon la topografía y las propiedades de los manantiales para transformar el entorno y dejar una huella arquitectónica que aún permite reconstruir parte de su relación con el territorio.
—
Redacción de Misael Sánchez / Reportero de Agencia Oaxaca Mx