¡Súbale, súbale, hay lugares!
De mi cantón a Cantón
En 2017 emprendí junto a mi padre un viaje hacia India. Entre vuelos, escalas, encuentros y algunos temores, China fue la primera parada del recorrido. En esta serie de crónicas recupero las impresiones que escribí entonces. Te invito a viajar por mis recuerdos.
Escucho a Silvio Rodríguez mientras la aeronave se prepara para dejar el Aeropuerto Internacional de Baiyun, en Cantón, rumbo a la India. El cielo es gris, pero tiene ese semblante mañanero que me recuerda mis trayectos rumbo a la preparatoria, hace ya diez años. En aquellos ayeres, cuando caminaba hacia la parada del “Directo” —la ruta Cholula-Puebla y anexas—, mi rutina resumía los amaneceres decembrinos en los cinco pesos que costaba el pasaje y en el breve itinerario necesario para llegar puntual a las aulas del Centro Escolar Morelos.
Frente a mí, un video de la tercera aerolínea más grande de China advierte sobre la importancia de la seguridad en el aire. Resulta extraño: desde que abordé en Ciudad de México, estos ahijados de don Mao Zedong no han dejado de recordarme cuánto les gusta combinar los tonos grises, cerezas y rojos en sus materiales informativos. Por momentos, parece que estamos dentro de una película que narra las proezas de bestias, magos y extranjeros en tiempos de las antiguas dinastías.
Pese a que voy de salida luego de una estancia de dos días, para llegar hasta esas latitudes chinas y hacer escala en Cantón, tuvimos que volar muchas horas. Quizá la parte más difícil del viaje fue atravesar el cielo de Alaska. Las turbulencias nos recordaron que las nubes y el viento sí se mueven, aun cuando parezcan estáticos a través de la ventanilla. Sentimos miedo de morir, puedo asegurarlo. La nave tuvo que descender vertiginosamente, pues una corriente empujó la cola hacia donde no debía estar. Durante algunos minutos ni los pilotos ni las azafatas dejaron de hablar. El terror de no entender mandarín y de saber que aquellas sacudidas obedecían a algo fuera de lo ordinario nos llevó a cuestionarnos si viajar había sido una buena decisión. Nuevamente lo digo, aunque ahora en otro escenario: sobrevivimos.
Ya en tierra, el país de Mao y yo no comenzamos bien. Intenté conectarme, pero las redes de wifi gratuito eran complejísimas. Los datos de mi celular dependían de un proveedor ilegible —por estar su nombre en mandarín— que se ufanaba de querer cobrarme sesenta pesos mexicanos por cada megabyte consumido. No, no y no. Mejor apagué la conexión móvil.
Después, ya frente a migración, me enteré de que el permiso concedido a los mexicanos para permanecer cierto tiempo sin visado solo aplicaba dentro del aeropuerto. La situación nos pronosticaba un guion similar al de la película La terminal, protagonizada por Tom Hanks. Con mucha humildad, miedo a una negativa y un poco de fe mexicana, solicitamos una autorización extraordinaria ante las muy, muy estrictas autoridades locales.
Una hora después recibimos noticias: la solicitud había sido aceptada. Para mí, aquello representaba un empate entre la falta de conectividad y la espera migratoria, que finalmente había rendido frutos. Sin embargo, aquella nación buscaría sacarnos una sonrisa definitiva cuando nos enteramos de que la aerolínea nos regalaría la noche de hotel, el transporte y el desayuno, debido al enorme número de horas frente al vuelo de conexión hacia Delhi. ¡Bien por ti, gigante asiático: nos cobijaste con hospedaje de clase mundial!
Ya acomodados, con internet limitado y sin ningún traductor, nos dirigimos en tren ligero hacia el distrito de Beijing Lu, donde encontramos restos arqueológicos: fragmentos de puentes construidos durante la dinastía Ming. Eran francamente imponentes, tanto o más que la publicidad del régimen socialista desplegada por todas las avenidas; casi tan grandes como la tecnología presente en cada esquina y tan impresionantes como los callejones cantoneses que pululan y nos recuerdan que esta ciudad, su gente, su basura, su cocina y sus tradiciones se superponen entre aromas confusos y ventanas infinitas.
Entre cajas cerradas de mercancía, marcas impronunciables y precios indescifrables, se nos escurrió la noche entre las manos. Mi papá, niño irreverente que toma fotos y más fotos, capturando con su lente lo que mis ojos todavía no pueden creer, alargaba los pasos de un rincón a otro mientras trataba de averiguar dónde cenaríamos.
Esta región es famosa por su comida callejera. De changarro en changarro se dejan ver toda clase de alimentos sumergidos en aceite: tripas, albóndigas, panes capeados, caracoles, patas de pollo deformes y gigantes, pescados y muchas cosas más. Ahora confirmo lo que un chavo decía en los medios: los chinos se comen todo lo que quepa en una brocheta. No importa qué sea ni de dónde venga; cuando algo puede ser ensartado en un delgado mástil de madera, se convierte de inmediato en otro elemento del folclor cantonés.
Ya con los pies entumidos de cansancio y el jetlag, finalmente nos decidimos por uno de tantos lugares que garabatearon nuestra atención. Lo que perfectamente pudo haber sido una fonda o pozolería en Amalucan era, aquí, un pequeño cuarto a media avenida, donde se suministraban enérgicas dosis de fideos acompañados de toda clase de proteínas fritas sazonadas, en un ingenioso acto, por aceite y más aceite que llovía copiosamente desde los cucharones.
Aunque el platillo principal de aquel negocio lucía como una interpretación involuntaria de nuestros poblanísimos “Caldos de la Tía Angelita”, lo cierto es que a la hora de hincarle el diente terminó por parecerse más a una Maruchan con pan duro que muy probablemente ningún Firulais envidiaría. Hicimos un esfuerzo mayúsculo para afrontar ese primer reto gastronómico asiático. No obstante, como diría mi abuela: “barriga vacía no tiene alegría” y nosotros, al menos, ya no teníamos hambre: todo lo demás fue ganancia, o eso creí. Más tarde, en un noticiero cantonés con subtítulos en inglés, me enteré que las diarreas y las fiebres suelen servirse en el mismo tipo de platillo que horas antes osamos degustar. Ante tal revelación, sentí un macabro placer de ser un sobreviviente, junto con mi padre, de aquellos calderos malsanos.
Silvio Rodríguez sigue cantando en mis audífonos, ya va en el estribillo de …mi unicornio azul ayer se me perdió, pastando lo dejé y desapareció… Quién diría que esta mañana, antes de partir, fui testigo de un milagro que ya hubiese querido este intoxicado trovador cubano con su caballo imaginario. La mano amarillenta de este gobierno chinome entregó mi pasaporte minutos después de que lo di por extraviado. Sucede que el cansancio, la burocracia y los controles de seguridad me distrajeron durante lapsos suficientes para perder el documento en el que no sólo cargo mi sellote rojo de internamiento, sino también la visa estadounidense planchada (así me la dieron en la Embajada, no en credencial). Pasé cerca de una hora con los nervios hechos sonaja, rogándole a los santos asiáticos que se acordaran de un cristiano con déficit de atención.
Imagina la escena, querido lector, querida lectora. Ahí estaba yo, con cincuenta yuanes en la bolsa —o sea nada—, ya en la puerta de embarque con destino a Nueva Delhi y a punto de abordar, cuando de repente, confiado y sólo por no dejar, rasqué las entrañas de mi mochila para confirmar lo que sospechaba: mi pasaporte se había ido de pinta y me había dejado a mi suerte. La situación ponía en peligro nuestro itinerario y mi salud intestinal, pues me vino un ataque de colitis digno de un almanaque médico.
Con un inglés catatónico —ante la notoria incapacidad de la mayoría de los habitantes para entenderme—, a señas y con un billete de veinte pesos como único fedatario de mi nacionalidad, logré que la dependiente de una tienda de regalos me ayudara. Marcó desde su celular, habló al hotel —del cual, por milagro, conservaba una tarjeta de acceso— y, tras esperar unos minutos, me informó que no habían podido auxiliarnos: la habitación estaba limpia, sin rastro alguno de objetos olvidados.
Ya triste, pero agradecido con la joven, que no quiso cobrarme y a quien retribuí con aquel retrato de Benito Juárez hecho papel moneda, me dispuse a abordar. A punto de ingresar al túnel que conduce a la aeronave, bloquearon mi pase de acceso y me separaron de la fila.
—Excuse me, but we have an old passport that belongs to you. (que traducido sería: Oiga asté, ha de estar enamorado porque olvidó su pasaporte allá atrás. Ya ni la friega.)
Así de simple. Así de bello. Antes de irme, la tierra de las antiguas dinastías tuvo conmigo un gran gesto que, ahora que sobrevuelo lo que creo que es Nepal, no dejo de agradecer. Estoy tan conmovido que he dejado de lado la colitis y busco redención en el sabroso plato de curry de cordero que me ha dejado la sobrecargo.
Les cuento más cuando aterrice en el Indira Gandhi international airport. ¿O cómo le dirán los indios? ¡Sepa la bola!
Voy y vengo.