Escribir México con X y no con J representa mucho más que una preferencia ortográfica: es una forma de sostener, en una sola letra, una memoria histórica, lingüística y simbólica.
Querido lector, querida lectora:
En esta ocasión escribo desde El Paso, Texas, a tan sólo unos cuantos metros de la frontera con nuestra hermosa República Mexicana. Mi familia y yo llevamos pocos días aquí y regresaremos muy pronto a nuestro hogar. Como buenos mexicanos, nuestra visita a suelo gabacho —o al chuco, como dice la gente de Chihuahua— se reduce a comer una buena hamburguesa y querer matar víbora en viernes en tiendas y almacenes, confiados en que el dólar estuvo barato este fin de semana. Sobra decir que quienes salen ganones siempre son ellos, los vendedores; y los desplumados financieramente, nosotros.
En fin, para mi familia y para mí se aproximan momentos de cambio; radicales, diría yo. Mi cabeza ha estado un poco distraída de todo el cacaraqueo político que se ha presentado en las últimas semanas. Sin embargo, entre todas las notas que informan y desinforman, hubo un encabezado que me pareció digno de análisis: “la Señora de la Jota”, en alusión al hábito que tiene la presidenta de la Comunidad de Madrid de escribir el nombre de nuestro país como “Méjico” y no en su forma más nuestra: con la letra “X”.
Sin entrar demasiado en detalles tengo entendido que quien está a la cabeza del gobierno madrileño, la licenciada Isabel Díaz Ayuso, usa deliberadamente la jota en el nombre de nuestra patria, mostrando con ello cierto grado de sofisticación y cultura lingüística —al menos en lo superficial—. Esto no tendría por qué generar una reacción mayor en el noble pueblo mexicano que, pese a quien le pese, tiene bases históricas suficientes para mantener firme el nombre del país tal y como aparece en nuestras monedas, billetes, mapas, documentos oficiales o playeras de la selección; es decir, con equis, con esa tachita que nos heredó el castellano antiguo. El problema es que esta mujer vino a nuestras tierras para mezclarse con algunos personajes que constituyen, hasta la fecha, parte de la clase más intolerante, intransigente, ideologizada y radical de México. Siendo así, su lenguaje y su conducta ya no constituyen hechos aislados.
Según pude constatar en algunos medios, parte de la breve gira realizada por Díaz Ayuso incluyó foros donde fue escuchada y mayormente respaldada. Algunas de sus intervenciones intentaron recolocar el nombre de Hernán Cortés en la narrativa histórica nacional, descafeinando sus yerros y sobredimensionando sus logros. Inevitablemente pisó los callos de muchas personas, pues, más allá de abordar el tema con una perspectiva historiográfica madura y conciliadora, lo hizo desde la postura de quien mira a los indígenas mesoamericanos como verdaderos salvajes condenados al ostracismo y a los infiernos. Según pude entenderle, fue la mano bendita de los reyes de la vieja Europa y, particularmente, la valentía y el amor de sus conquistadores, lo que nos salvó de vivir desnudos y sosteniendo hábitos antropofágicos —o sea, caníbales, pues—.
Como suele suceder: para todo “calcetín roto hay un pie podrido” —aaah, no era así el dicho, ¿verdad?—, sus intervenciones fueron celebradas por diversos públicos. Súbitamente, los amantes de la monarquía y el olor a galeón viejo salieron de sus mazmorras digitales para agitar una inexplicable melancolía por sus raíces castellanas, manchegas, valencianas, asturianas, etcétera —irrelevantes todas ellas—, y ponerse del lado de lo que Díaz Ayuso dejó leer, entre líneas, como civilización, redención y progreso.
Nuevamente, como en la película de Nosotros los Nobles, más de un español de Cholula se convirtió en experto de la comentocracia para declararse franco enemigo de la leyenda negra —esa que le echó la culpa a los españoles de todas nuestras desgracias presentes, de la cual no soy ni tantito partidario— y ponerse del lado de la presidenta madrileña en franca solidaridad conceptual. Lamentablemente, estos trans-europeos —porque ellos se identifican así, aunque hayan nacido en alguna clínica del IMSS o en cualquier hospital mexicano— usaron la coyuntura para fustigar al resto de la población que, por ignorancia, color de piel o enajenación —o incluso por las tres al mismo tiempo—, no opinaba como Díaz Ayuso. Tal vez por eso el peregrinaje de besamanos y agachones que llegó a los pies de la presidenta de la Comunidad de Madrid incluyó a ciertas personalidades que usaron sus cinco minutos de fama para acusar todo lo que no les gusta del país, de sus liderazgos y de sus estructuras.
Querido lector, querida lectora, no quiero que pienses que mi siguiente reflexión se ajusta al axioma de la Chimoltrufia: “como digo una cosa, te digo otra”; pero en columnas pasadas afirmé que el problema del racismo y clasismo en nuestra tierra no fue culpa exclusiva de los europeos, sino también de nuestra propia política liberal. A diferencia de la narrativa oficialista, creo que los principales promotores de la discriminación contra nuestros indígenas no fueron la Corona y sus virreinatos; por el contrario, fueron el México independiente y sus gobiernos los principales responsables de la precarización de la vida de los pueblos originarios, a través de sus leyes de reforma, sus constituciones y sus acciones públicas. Es decir, considero fervientemente que, antes de exigir la vergüenza de los conquistadores barbados frente al ultraje de nuestros ancestros, sería muy apropiado deconstruir a nuestros héroes del siglo XIX y tomar conciencia de sus claroscuros.
Una vez explicado, de manera muy general y al tanteo, mi criterio histórico, quiero manifestar que el discurso de Díaz Ayuso no constituye una ofensa por su negativa a andar ofreciendo disculpas extemporánea —al menos no para mí—, sino por la profunda insensibilidad frente al momento social y cultural de nuestro país, frente a sus símbolos, sus avances y también frente a su herencia mestiza e indígena. Ahí es donde su insistencia en escribir “Méjico” —sí, así, con jota de joder— viene a aderezar el cúmulo de palabras, actos y actitudes que la convirtieron en una visitante polémica.
Escribir México con X y no con J representa mucho más que una preferencia ortográfica: es una forma de sostener, en una sola letra, una memoria histórica, lingüística y simbólica. Aunque “Méjico” puede considerarse válido, esa X viene de la castellanización temprana del nombre náhuatl, cuando el sonido original se aproximaba a “Méshico”, nombre de aquella gran tierra indígena que, según la tradición ortográfica alfonsí —del rey Alfonso el Sabio—, debía representarse con esa letra del alfabeto.
Con el tiempo, en Europa, muchas palabras con equis fueron cambiando su pronunciación hacia el sonido de la jota. Sin embargo, para nuestra cultura, la cantidad de fonemas indígenas que encontraban eco gracias a esa equis —a veces “sh”, otras “cs”, luego “s” y también “j”— permaneció como una especie de raíz visible: una huella de la lengua de los ancestros, de los pueblos originarios, del mundo mexica y de una historia que no quiso ser corregida desde fuera. Por eso, conservar la X también se volvió una cuestión de identidad nacional. México no sólo se escribe con X por tradición, sino porque esa letra guarda una resistencia silenciosa: la decisión de nombrarnos desde nuestra propia historia, con una grafía que recuerda que este país no empezó con la conquista ni se agota en el castellano, sino que sigue llevando en su nombre el eco profundo de sus lenguas originarias.
Incluso ahora que te escribo, querido lector, querida lectora, desde esta frontera que une a Ciudad Juárez con El Paso, Texas, contemplo la gran letra Equis creada por el artista Sebastián, la cual constituye el monumento absoluto que indica dónde inicia la patria. Tal vez por eso no es casualidad que el nombre de aquel gigante rojo de metal sea “Monumento a la Mexicanidad”. Así que, aun cuando desde finales del siglo pasado la Real Academia de la Lengua Española permitió que México se escribiera así o con jota, no dejó de indicar que el uso debía privilegiar la institucionalidad, la historia, la sensibilidad y la tradición que, hasta la fecha, siguen haciendo de la equis la letra más mexicana del alfabeto.
Dicho todo lo anterior, así como en una letra cabe una historia que hermana a dos pueblos y muestra la sensibilidad de los primeros europeos por preservar una de tantas lenguas prehispánicas —que no sé si Díaz Ayuso lo sepa, pero gracias a que los primeros frailes no vieron a nuestros indígenas como bestias incivilizadas, lograron construir un tratado depurado de la lengua náhuatl, con vocabulario, declinaciones y conjugaciones, mucho antes de que existiera uno semejante de la lengua anglosajona—, así también caben la tolerancia, el respeto y la fraternidad por nuestras causas, nuestras heridas y nuestros sueños.
Hernán Cortés, Francisco Pizarro y todos los aludidos por la presidenta de la Comunidad de Madrid no fueron misioneros, evangelizadores, médicos sin fronteras ni miembros de alguna secta budista. Fueron personajes que cumplieron su objetivo, abusaron de su poder, usaron violencia desproporcionada, repartieron un botín entre sus aliados, cobraron muchas vidas y tuvieron que ser frenados políticamente por el monarca. Sin embargo, su huella significó también el inicio de una gran aventura llamada mestizaje, de la cual somos resultado y beneficiarios. La historia no se califica con los criterios del presente: eso es una estupidez; pero tampoco se juzga simplemente como buena o mala. Se tiene. Se acepta. Se aprende de ella. Se preserva. Se sigue adelante.
Finalmente, México va con X porque esa letra nos mestiza y nos cruza. Quienes la escriban con J que la imiten y se sigan arrodillando.
Voy y vengo.