agosto 18, 2026, Puebla, México

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La concepción de la cultura en la 4T en Puebla: breve crónica de un encuentro / Ivanhoe Abraham García Islas 

El pasado viernes catorce de agosto, tuvo lugar un “encuentro” en la Casa de Cultura de la ciudad de Puebla, entre la titular de la Secretaría de Cultura del gobierno de México, Claudia Curiel de Icaza, el titular de la Secretaría de Arte y Cultura del estado de Puebla, Fritz Glockner Corte, con creadores y trabajadores culturales locales. A esta reunión fui invitado, con la aclaración de que se buscaba un auditorio apacible, y del cual no surgieran reclamos hacia los funcionarios presentes, de modo que de entrada cualquier diálogo quedaba acotado y condicionado a no pedir ninguna rendición de cuentas a los funcionarios allí presentes.

El diálogo prometido resultó prácticamente imposible de realizarse ante las largas intervenciones de los funcionarios, a las que se sumaron las de algunos beneficiarios de programas culturales que, previsiblemente, alabaron tanto la gestión federal, como la estatal, de manera que el evento terminó por convertirse en una reunión típica de la 4T, hecha de autoelogios y de declaraciones de buenas intenciones sin que mediara compromiso concreto alguno con los pocos creadores que, por el diseño mismo de la reunión, alcanzaron a intervenir; se trató, en suma, de un ejercicio de promoción de ambas secretarías, disfrazado de espacio de escucha.

Entre los temas que sí lograron colarse estuvo el del Foro Cultural Karuso, que en estos momentos enfrenta un embate por parte del gobierno municipal, también morenista como el estatal; sus integrantes se hicieron presentes con una lona de protesta y señalaron el carácter cerrado de la reunión, a la que no fueron invitados, pero gracias a que se filtró la información de la misma, pudieron llegar y exponer la problemática que padecen, que tiene que ver con la persecución a un proyecto independiente y crítico contra el cual el gobierno municipal actúa de manera sectaria y clasista obedeciendo a intereses empresariales, ante lo cual Glockner optó por reducir el problema a un asunto de licencias municipales, evadiendo con ello la responsabilidad de la secretaría que encabeza, ya que, palabras más, palabras menos, sostuvo que ese tema no le correspondía a él sino que podría, en todo caso, coadyuvar a buscar una alternativa para el foro, una fórmula que equivale prácticamente a deslindar a la secretaría a su cargo de lo que suceda con los centros culturales independientes del estado.

Más adelante, después de que se me intentara impedir participar, manifesté lo poco congruente que resulta, en un gobierno que se reivindica de izquierda, y en particular en un secretario que, a decir de su propia trayectoria, debería representar una visión crítica desde esa misma izquierda, el hecho de que esta secretaría se escude en no tener recursos, pero al mismo tiempo impulse proyectos como el de la película “Canas al aire”, protagonizada por la cantante de pop Belinda, con una inversión estatal de más de 30 millones de pesos, mientras los proyectos de creadores locales no reciben el mínimo impulso; a lo que se sumó el hecho de que la directora de Museos Puebla, cuya titular carece de la mínima capacidad y experiencia que el cargo exige y al parecer responde, como otras muchas designaciones en este gobierno, al pago de cuotas políticas; con el consecuente llamado al secretario a no prestarse a blanquear al gobierno morenista de Armenta.

Ante mi intervención, Glockner respondió, no sin antes reírse, con una afirmación que amerita ser citada textualmente: “la cultura más que política es ideología, es educación sentimental, la cultura como tal per se no es político no es partidismo, es acción del desarrollo de las pasiones humanas” (sic), una afirmación que, lejos de resolver el cuestionamiento, expone una comprensión pobre de la categoría que pretende invocar, pues la ideología no es, como afirma el funcionario, un simple sinónimo de sentimentalismo despojado de intereses, sino, siguiendo la formulación clásica de Althusser, es la relación imaginaria de los individuos con sus condiciones reales de existencia, es decir, el modo en que un sujeto asimila, como si fueran naturales e inevitables, las relaciones que en realidad lo insertan en una estructura concreta de reparto desigual; y es precisamente ese mecanismo el que permite leer con exactitud lo ocurrido en la propia reunión, porque cuando el secretario define la cultura como “pasión” o “educación sentimental”, no intenta dar una definición neutral, sino que reproduce la ideología que le permite a su secretaría presentarse como ajena a sus propias decisiones, esas mismas que, en los hechos, destinan más de 30 millones de pesos a un proyecto con una estrella pop mientras argumentan falta de recursos para los creadores locales, reducen a un trámite de licencias el embate ideológico y político del gobierno municipal contra el Karuso; de modo que separar “cultura” de “política” es, en sí misma, una operación política de primer orden, la misma que históricamente han empleado las gestiones tecnocráticas conservadoras para blindar sus decisiones del escrutinio, presentándolas como asuntos ajenos al poder.

Y es aquí donde Glockner incurre en su contradicción más evidente, porque si la cultura es, según sus propias palabras, “acción del desarrollo de las pasiones humanas”, cabría preguntarle qué es entonces la política sino ese mismo desarrollo de las pasiones humanas trasladado al terreno del poder y de la disputa por su ejercicio, siendo el ser humano, como ya lo advertía Aristóteles, un animal político por naturaleza, de manera que la pasión cultural y la pasión política no son dos órdenes separables sino la misma sustancia humana observada desde ángulos distintos; y si a esto se suma que existe, como categoría de política pública, aquello que se denomina “política cultural”, entonces la premisa del secretario se desmorona por definición propia, pues toda política cultural implica, entre otras cosas, una jerarquización de prioridades (con su respectiva asignación de fondos) y una visión del mundo que, en el caso del gobierno actual, responde a la del partido en el poder, Morena, con un funcionario que, en los hechos, funciona como parte de la maquinaria estatal que blinda el statu quo.

Tampoco la funcionaria federal estuvo a la altura del intercambio, porque ante los cuestionamientos se limitó a responder, de manera evasiva y también entre risas, que nada tenía que decir y que mejor se arreglara el tema en un café, porque ella ya no podía opinar de un tema local, una salida que resulta cuando menos inconsistente si se considera que momentos antes había opinado, sin reparo alguno, sobre otros temas locales, de modo que la reticencia a pronunciarse no obedeció a un principio de no injerencia sino, más bien, a la conveniencia de no comprometerse frente a un señalamiento incómodo.

Lo ocurrido en la Casa de la Cultura de Puebla, más que un diálogo entre las autoridades culturales y el gremio artístico poblano, terminó por ser un ejercicio de contención, en el que la promesa de escucha se disolvió entre autoelogios, evasivas y una concepción teórica de la cultura pobre y conveniente. Por mi parte, no volveré a asistir a este tipo de encuentro pues está claro que la política cultural en Puebla está supeditada a la cultura política, la del gobernador, y ante la prepotencia, la opacidad y la megalomanía no hay diálogo posible.

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