agosto 17, 2026, Puebla, México

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La poesía que se observa, se escucha y se transita en ¡A Sotavento! de Moisés Ramos Rodríguez / Ángel Cabrera y Mendiola

Reseña escrita por Ángel Cabrera y Mendiola en relación a la presentación del libro de Moisés Ramos Rodríguez ¡A Sotavento! 

Presentar un libro de Moisés es, para mí, una tarea particularmente entrañable. No solamente porque hoy tengo de frente una obra que merece ser leída y escuchada, sino porque detrás de estas páginas se encuentra un amigo y, al mismo tiempo, uno de esos maestros que la vida pone en nuestro camino para enseñarnos que la poesía no sólo se escribe: también se vive, se observa y, sobre todo, se escucha y se transita.

Adentrarse en ¡A Sotavento…! es aceptar una invitación a navegar. Pero Moisés no nos invita a buscar tierra firme. Nos lleva hacia el sotavento, hacia ese lugar donde el viento pierde su fuerza y podemos detenernos a mirar lo que llevamos dentro. Y quizá ahí reside una de las mayores virtudes de este libro: en que mientras creemos estar recorriendo mares, costas y paisajes; mientras creemos vivir combates griegos o platicar con aluxes, en realidad estamos entrando poco a poco en la memoria, en la pérdida, en la infancia y en esos lugares íntimos que todos llevamos con nosotros.

Desde las primeras páginas, en este libro el mar deja de ser paisaje para convertirse en presencia. Es organismo, memoria, ritual y espejo. La sal, el agua y la arena aparecen como materia primordial, pero también como símbolos de aquello que somos. Y el agua adquiere aquí una dimensión particularmente poderosa: no solamente es el mar, sino también cualquier corriente que, después de recorrer su propio camino, termina desembocando en él. Como ocurre con la memoria y con la vida: cada experiencia, cada pérdida, cada recuerdo parece encontrar finalmente su cauce en un océano mayor.

En esta navegación aparecen también los antiguos mundos de la mitología. Encontramos ecos de la tradición clásica, pero también una mirada hacia esos seres contenidos y reservados de la mitología maya, pertenecientes a una cosmovisión profundamente mística. Son presencias que parecen habitar ese territorio intermedio entre lo visible y lo sagrado, entre la naturaleza y aquello que apenas alcanzamos a comprender. Moisés consigue que estas figuras no aparezcan como simples referencias mitológicas, sino como parte de una conversación más amplia sobre el misterio, el origen y nuestra relación con el mundo.

Y junto al mito aparece México

La geografía de ¡A Sotavento…! es amplia y profundamente nuestra. El viaje atraviesa cañaverales, parques urbanos, costas y caminos; puede llevarnos desde el desierto hasta el mar. Pero Moisés no utiliza estos lugares solamente como escenarios. Los convierte en memoria. Cada paisaje parece guardar una historia; cada distancia, una ausencia; cada camino, una posibilidad de regreso.

Hay un fragmento que, particularmente, me parece revelador de esa mezcla entre viaje, voluntad y afecto. Moisés escribe:

«Yo / voy al norte / Elvia Flavia: / los bárbaros serán dignos de mi arrojo / ahora que medía el otoño / y el viento helado será capaz de cercenar cualquier ejército / sus más ordenadas formaciones».

En estos versos hay algo más que una marcha hacia el norte. Hay una decisión. Hay esmero y perseverancia frente a la adversidad; hay alguien que avanza aun sabiendo que el camino estará atravesado por el frío, por el viento y por aquello que pueda levantarse en su contra. Y aparece Elvia Flavia, casi como Odiseo aparece para Penélope.

En otro momento del poemario, Moisés construye precisamente ese diálogo con la figura de Odiseo: el hombre que ha viajado, que ha conocido el vacío y que, después de atravesar lo incierto, regresa a Ítaca. Pero el regreso no significa necesariamente el final del viaje. Al contrario: su poema vuelve a arrojarlo al mar, hacia lo incierto, hacia las sirenas y los monstruos, porque parece decirnos que también necesitamos abandonar periódicamente la quietud para recuperar la vida y el valor.

Así, la presencia del ser amado y ese esfuerzo por alcanzarlo convierten el arrojo en algo más íntimo. El amor, en los textos de Moises puede leerse como una forma de redención: aquello que nos da un motivo para avanzar, para resistir, para emprender incluso los caminos más difíciles. El amor no aparece aquí como refugio pasivo, sino como fuerza que exige voluntad, disciplina y perseverancia. Como si amar también significara esforzarse por llegar, vencer el cansancio, atravesar el otoño y enfrentarse a los ejércitos que sean necesarios.

Quizá por eso estos versos dialogan tan bien con el espíritu general del libro. Porque ¡A Sotavento…! está lleno de viajes, pero también de resistencia. Sus personajes, sus voces y sus recuerdos parecen avanzar siempre contra alguna corriente. Y, sin embargo, continúan.

Y hay algo más que acompaña toda esta travesía: la música

Quienes conocemos a Moisés sabemos que su relación con la palabra no es únicamente literaria. Hay en su escritura una conciencia del canto, de la cadencia y de la voz. Sus poemas parecen construirse también desde los silencios, las pausas, los cambios de ritmo y esos distintos rangos vocales que hacen que un poema pueda pasar de un murmullo íntimo a una voz amplia, casi marina.

Esta riqueza se hace todavía más evidente en la variedad de formas que habitan el libro. ¡A Sotavento…! transita tanto por la libertad del verso libre como por la arquitectura rigurosa del soneto. Y esa convivencia no es un simple ejercicio de forma: revela la amplitud de la voz poética de Moisés. Hay momentos en que el poema necesita respirar sin ataduras, extenderse como una corriente que encuentra su propio cauce; y hay otros en que la palabra se somete al ritmo, a la medida y a la precisión del soneto. Entre ambos extremos, el libro encuentra una riqueza musical y poética que lo vuelve particularmente completo: la libertad y la disciplina, el canto que se desborda y el canto que encuentra su forma.

Por eso ¡A Sotavento…! no solamente es un libro para ser leído. Es un libro para ser escuchado y navegado.

Hay poemas que parecen pedir una voz baja, casi confidencial; otros reclaman una voz que se eleve como una ola. Y entre unos y otros aparece el canto como otra forma de transporte. La palabra poética encuentra entonces su música y la música encuentra su cauce en la palabra.

Y es precisamente cuando el viaje se vuelve interior cuando ¡A Sotavento…! alcanza sus momentos más conmovedores.

Moisés escribe sobre la pérdida sin disfrazarla. Se acerca a los afectos, a las fracturas familiares, a los seres queridos que ya no están y a esos duelos que, por distintas razones, alguna vez no pudimos llorar. Hay en sus poemas una tristeza profunda, pero nunca gratuita. Es una tristeza que busca comprender, que busca nombrar, que busca —como el agua— encontrar un cauce.

Y aquí quisiera detenerme en algo que para mí vuelve todavía más personal la lectura de este libro.

En algún momento de mi vida, Moisés me ayudó a atravesar un momento difícil. Y hoy pienso que, quizá, cuando él me tendió la mano en aquella circunstancia, también venía con él su poesía. Porque hay personas que ayudan solamente con sus actos, y hay otras que, sin proponérselo, nos ayudan también con la manera en que miran el mundo. Moisés pertenece a estas últimas.

Pienso particularmente en su poema «Quisiera ser mi padre». Hay en él un pasaje que me ha acompañado de una manera especial: Moisés imagina a su padre frente al mar, enfrentando la muerte de un hijo y ese dolor que nunca pudo ver expresado en lágrimas y que al poeta le preocupaba tanta frialdad porque su hermano no fue llorado por su padre como quería. Años después, cuando el padre está cerca de morir, vuelve a aparecer la ausencia de ese hijo y la posibilidad de un reencuentro y aún así el padre no llora. Entonces el poeta se sitúa frente al mar, en una fría mañana de enero, y mientras se dispone a entrar en el agua imagina que es su propio padre y se concede, por él, la posibilidad de llorar aquello que quedó contenido.

No quiero explicar demasiado ese poema, porque hay textos que pierden algo cuando intentamos agotarlos con nuestras explicaciones. Pero sí quiero decir lo que produjo en mí.

En ese pasaje, Moisés nos muestra de qué está hecho: de sus constelaciones, de sus creencias, de sus afectos, de sus pérdidas y también de esa necesidad de reivindicación que, en algún momento, podemos llevar a cabo como hijos y como poetas para romper un patrón familiar. Porque a veces la poesía no solamente sirve para recordar: también sirve para regresar a aquello que quedó pendiente, para darle una voz a lo que permaneció en silencio; y para reconciliarnos con nuestra propia historia.

Para mí, ese poema me ayudó a comprender muchas de las cosas que alguna vez Moisés quiso enseñarme. Y por eso hoy, frente a frente, quiero darle las gracias por haberme tendido la mano cuando yo había perdido la brújula en el mar.

Quizá esa sea una de las formas más profundas en que podemos entender la amistad y también la poesía: como una mano que aparece en medio de la incertidumbre y nos recuerda que todavía existe un rumbo, incluso cuando nosotros hemos dejado de verlo.

Quizá por eso uno de los grandes temas escondidos de este libro sea el tiempo

La infancia vuelve desde patios abandonados. Los espejos conservan las marcas de los años. Los objetos envejecen mientras nosotros intentamos reconocernos en ellos. Y aparece también esa mesa podrida de «los “Si hubiera…”», ese territorio profundamente humano donde todos, alguna vez, hemos imaginado otra posibilidad para nuestra historia.

Yo he tenido la fortuna de conocer a Moisés no solamente como poeta, sino como amigo y como maestro. Y al leer este libro encuentro también algo de la persona que está detrás de los poemas: su manera de mirar, su sensibilidad frente al mundo y esa capacidad de encontrar poesía donde quizá otros solamente encontraríamos paisaje, recuerdo o silencio.

Por eso, para mí, ¡A Sotavento…! no es solamente un libro sobre el mar. Es un libro sobre lo que llevamos cuando dejamos un puerto; sobre aquello que permanece cuando alguien se va; sobre la memoria que insiste y sobre la necesidad de seguir navegando aun cuando no sabemos exactamente hacia dónde.

Moisés nos propone un viaje que atraviesa la mitología clásica y maya, la geografía mexicana, la memoria personal, el amor, la pérdida y la musicalidad de la palabra, pero que termina desembocando en un territorio que todos conocemos: el de nuestras propias pérdidas, nuestros recuerdos y nuestros afectos.

Y quizá esa sea la mejor manera de acercarnos a este libro: como quien se acerca al mar.

Sin pretender dominarlo.

Sin preguntarle exactamente hacia dónde nos llevará.

Simplemente dejándonos conducir por sus aguas.

Hoy me alegra profundamente poder acompañar a Moisés en la presentación de ¡A Sotavento…! Me alegra como lector, como poeta, pero sobre todo como amigo y como alguien que ha tenido la fortuna de aprender de él.

Que este libro encuentre muchos lectores.

Y que cada uno, al abrirlo, encuentre también su propio sotavento: ese lugar donde el viento amaina, donde la memoria encuentra su cauce, donde la voz se convierte en canto y donde el amor, el esmero y la perseverancia nos recuerdan que incluso después de la pérdida, después del frío y frente a cualquier ejército, la poesía todavía encuentra agua para vivificarnos.

¡A Sotavento…!, Moisés!

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