Taller del dato al relato / Mundo Nuestro-Ibero Puebla
“Yo tenía desde 12 años empecé a bordar… mi mamá y mis tías también bordaban” nos dice María Teresa, “… si vendo mis bordados pues para mantener nuestra familia, por eso es importante bordar. Repartimos lo que se vende y… de ahí pues ahí parte agarra para la cocina y parte también para el material”.
Su nombre completo es María Teresa Gutiérrez Martínez. Pertenece a un grupo de mujeres bordadoras en la comunidad de Tepanyéhual. Accedió a entrevistarse con nosotros y platicar sobre los bordados tradicionales que ha elaborado a lo largo de sus ya casi 75 años. Está sentada de forma solemne en una silla de plástico color naranja, que contrastas con su reboso negro y su cabello totalmente blanco. Para ella una entrevista es algo serio y trata de hacérnoslo ver así. Ella es la primera de un grupo de seis que entrevistamos, gracias al Misionero Marco Olvera que hizo posible este encuentro y a quien conocimos algunos años atrás en un evento de filantropía.
Sabemos que la práctica de bordar se está perdiendo, no hay nuevas generaciones interesadas en esto. Acercarnos a lo que significa para las mujeres de esta comunidad que se pierda algo tan histórico y presente en sus líneas de vidas es una de las cosas más importantes a narrar y visibilizar para nosotros ya que esa memoria histórica y cultural prevalece hoy solo de forma oral.
El viaje a Tepanyéhual
Recuerdo que todo comenzó un 5 de Febrero del 2024. Salimos del centro de Puebla tempranito, cuando el rocío persistía en empañar los vidrios del auto y el tráfico aún no se desplegaba por las venas de la ciudad. El destino era Tepanyéhual, allá en la Sierra Norte del estado, dentro del Municipio de Nauzontla. Nos dijeron que haríamos dos horas y media. Me habían hablado de un misionero que llevaba 30 años trabajando con esa comunidad, con el que el encuentro se antojaba importante para el proyecto de investigación que iniciamos.
Encontramos la autopista despejada, todo hasta la desviación a Ciudad de Libres es plano. A partir de ahí los ojos se empiezan a llenar de verde, la carretera se hacía más estrecha y fue fácil que las curvas lograran el cometido de marearte. Es como si fueras a Xalapa, pero te sigues derecho hacia Ocotepec, llegas a Zaragoza, sigues por Zacapoaxtla, luego Apulco y llegas a Nauzontla.
Eran los primeros días del mes de Marzo, aún hacía frío en este lado del planeta. Conforme nos acercamos a Tepanyéhual el cielo se fué oscureciendo. Entramos al bosque de niebla, este que alguna vez tuvo luciérnagas recibiendo a los visitantes con sus colas encendidas y ahora está mutilado por la deforestación de los que prefieren los potreros, según ellos para hacer más negocio.


Bosques de Niebla en Tepanyéhual
Durante el viaje, mientras manejaba y disfrutaba del bellísimo paisaje, el resto del equipo se fue durmiendo ¿cómo podían hacer eso y no disfrutar esos parajes? Por fin, a la vista, el letrero “Bienvenido a Tepanyéhual. Casa del Amor”. Aunque el pueblo se llama Tepanyéhual y Casa del Amor es el nombre de la casa “misión” que el misionero tiene donde hospeda a los visitantes, el letrero, es la única señalización que hay para indicar que ya llegaste. Ese lo puso el misionero con la venia de la gente del pueblo, porque los recursos del gobierno que bajan de la cabecera municipal son escasos y yo creo que alguien decidió no señalizar un pueblo pequeño.


Letrero de Entrada a Tepanyéhual


LaIglesia de Tepanyéhual
Nos estacionamos frente a “la misión” como le dice Marco (le Misionero) a su espacio. Un inmueble de dos pisos, color blanco con perfiles azules. En la planta baja tiene un comedor comunitario, una biblioteca a reventar de libros donados y una computadora vieja, tiene también una ludoteca con una vasta colección de juegos usados, con mesas y sillas de madera restauradas.
Un hombre de estatura mediana y complexión robusta bajó las escaleras sin barandal desde el segundo piso mientras iba gritando ¡Hola… llegaron los de la Ibero!. Era Marco, el misionero. Su mirada afable, suspicaz pero bondadosa. Nos abrazó como si fuéramos sus parientes, nos condujo por un pasillo de tierra mojada a un costado de la casa para llegar a otra propiedad que era lo que él llama “el hostal”.


Misionero Marco Olvera
El hostal tiene dos recámaras, una sala, un baño y una cocina. Marco decidió que la madre superiora, apodo que decidió ponerme, creo que en virtud de que iba como la coordinadora del proyecto, quedara en la recámara principal y en las cuatro literas del cuarto contiguo quedarían los demás. Llegamos cuatro en total.
Una vez instalados, nos invitó a su casa en la planta alta de “la misión”, nos ofreció café y pan de dulce, no sin antes hacer una oración. Así comenzó una relación que duraría hasta el día de hoy, ya 4 años.
Conociendo a Doña Tere y el placer de recordar
Al día siguiente, tempranito, llegó Doña Tere a la misión, siempre corriendo de prisa, como dicen que suele ser ella. Tomamos café y pan de dulce. Comenzamos a platicar.
A mí me enseñó una tía, yo la veía, clavaba mi vista mientras ella bordaba y me fijaba bien, a ver cómo contaba los hilos. Después me regaló un pedacito chiquito, cuadradito para que bordara yo y aprendiera a contar las hebras, antes no se desperdiciaba nada. Y así de pedacitos en pedacitos unidos hice mi primer dechado.


El primer dechado de Doña Tere que aún conserva
Era evidente que el bordado había estado presente de forma significativa en toda su vida. Aun así, le pregunté qué tan importante era para ella. Es una tradición, me dijo, también es como un trabajo para un sustento. Las mujeres hacíamos nuestras camisas, hacíamos los ruedos, armábamos las camisas, primero el bordado y luego armábamos ya la camisa cada 8 días domingo. Ya después de que crecí, pues ya me apareció mi novio como si fuera muy obligatorio y ya este, me casé y fui a dar con mi suegra, que ella hacía otro tipo de bordados.
Los ojos de Doña Tere se iluminaron cuando nos platicó el día que terminó ella sola su primera bolsita. Me acuerdo de que no lo hice muy bien y ya mi suegra me fue corrigiendo y me dijo: no, mijita, esto así le debes de contar, esto así le debes de hacer de una, de un solo conteo, toma así, de un solo reconteo debe de ser.
El bordado para ella y su suegra era un motivo de gozo. Era, según nos fue narrando a lo largo de la conversación, levantarse temprano a las 5 de la mañana, martajar y moler en el metate el nixtamal, poner café y, mientras hervía, poner los frijoles también a calentar. Después de repasar la masa o remolerla, se echaban las tortillas para todo el día y ya cuando eran las 8 de la mañana, tocaba darle una barridita a la casa, una casa chiquita con piso de tierra, según aclara ella misma.
Doña Tere nos sigue contando… luego decía mi suegra, se apuran, para que se vean bonitas, tienen que barrer bien bonito su cocina y se peinan bonito. Antes siempre acostumbrábamos trenzas, no como ahorita toda gabanuda; antes eran nuestras trencitas, nos peinábamos, nos hacíamos nuestras trencitas y ya todas nos sentábamos a coser, pero ya la cocina barridita, los trastes guardaditos, eran momentos de gozo, pues estábamos chiquitillas. Yo me casé desde 16 años, no, pues era ahí una pirinola.
Los minutos pasaron, y si bien platicamos de muchas cosas, me hubiera gustado tener mil horas más con ella para charlar, sin embargo, se veía ya apurada, era tiempo de dejarla ir. Le hice una última pregunta: ¿por qué cree que ahora las jóvenes ya no quieren bordar? A lo que me respondió con una firmeza que me sorprendió: No, porque ahorita ya los jóvenes ya no están interesados en el bordado porque todos se dedican a la escuela, llegan con su tarea y el dichoso celular, es ahí que entretienen su mente. El celular es el que borró la mentalidad del bordado.
Por un momento, sutilmente, un gesto de tristeza apareció en el semblante de Doña Tere, recordó cómo su hija sabía y había aprendido a bordar muy bonito, pero ya después decidió irse a la Ciudad de México. Hoy, nos dice ella, se dedica a trabajar en la limpieza de casas, le pagan muy bien dice, tiene un sueldo muy bueno, entonces pues ya dejó de bordar. Doña Tere también cree que, las mujeres que se han quedado debieran saber bordar, porque no sea que se vaya a perder el programa de ayuda a los niños o ayuda a las mujeres con becas y, al menos, si tienen la costumbre de bordar o ese aprendizaje pues pueden vender sus bordados y sostenerse como lo hicieron ellas, su suegra, las abueles, las tatarabuelas y las demás.
Me despedí de ella sintiendo todo el cariño del mundo y el peso de nuestras ancestras en sus bordados, temiendo que esta práctica se pierda como otras cosas que ya se perdieron, por ejemplo su lengua original, el náhuatl, al que llaman “mexicano” los pobladores de por allá.
Lo que la historia de Tepanyéhual nos dice
Tepanyéhual tiene apenas 30 niños en primaria y 8 en preescolar, nos comenta Marco el Misionero tempranito del día siguiente, mientras tomamos café. Cuando llegamos nosotros la población era de 600 habitantes, hoy, 40 años después, apenas llega a 500 y no estoy seguro del dato. La población que está quedando es sobre todo de adultos mayores. Los jóvenes casi no se quedan, salen a trabajar a otro lado. Sin embargo, aunque la población va descendiendo, las casas no descienden, como que, a pesar de estar, lejos quieren conservar y seguir arreglando sus casitas por si algún día regresan.
Terminamos de desayunar y nos dirigimos a casa de Don Juve, uno de los varones de más edad que puede contarnos algo de la historia del lugar. Mientras caminamos, Marco sigue comentando: hace años, aquí en Tepanyéhual, era impensable que las mujeres fueran a la escuela y que los niños fueran a la secundaria. Iban como muy a disgusto porque eran rechazados en Nauzontla, la cabecera municipal. Marco muestra una sonrisa compasiva, y agrega: los rechazaban porque eran de Tepanyehual; eran los más pobres, los más atrasados de toda la zona. Los más discriminados.
Como parte de las investigación documental que hicimos, sabemos que Tepanyéhual forma parte del territorio histórico de Nauzontla, una zona fundada originalmente por grupos totonacos en época prehispánica. Estos pueblos formaban parte de la esfera tributaria de Texcoco, uno de los grandes señoríos del mundo nahua. La región era estratégica por su ubicación en la Sierra Norte de Puebla, un área montañosa con abundantes ríos jóvenes y caudalosos, lo que favoreció asentamientos dispersos y comunidades agrícolas.
En 1521, tras la caída de México-Tenochtitlan, la zona fue sometida por los encomenderos españoles. Para 1575, Nauzontla se convirtió en corregimiento de San Juan de los Llanos, lo que implicó una reorganización administrativa y el establecimiento de estructuras coloniales de control político y religioso. En 1895, Nauzontla quedó constituido como municipio libre, separándose del antiguo distrito de Zacapoaxtla. Según el censo de 2020, Tepanyéhual aparece oficialmente como una de las 10 localidades del municipio de Nauzontla, con una población de 271 habitantes. No existen documentos específicos sobre Tepanyéhual, solo la evidencia histórica de su cercanía con Nauzontla.
Llegamos a casa de Don Juve, ladeando la carretera y subiendo por una de sus brechas angostas de terracería. Sabíamos que había estado enfermo. Su hija más chica lo cuida y el nieto pasa mucho tiempo con él. Lo encontramos sentado en la cama, ya nos estaba esperando. La casa, tenía piso de tierra y maderas amarradas vertical y horizontalmente que formaban las paredes que a su vez soportaban un techo de lámina. Al entrar de frente había un altar con flores y veladoras, a un lado la cama de Don Juve, frente a la cama estaba una mesa pequeña con sillas que funcionaba como comedor y en un cuarto más pequeño al costado estaba la cocina. La hija de Don Juve, de quien no recuerdo su nombre, o no sé si lo supe, nos ofreció café, quesadillas y memelas. Siempre el olor de las tortillas hechas a mano y aroma de las salsas me ha fascinado. Realmente estaban deliciosas.
Al terminar el breve desayuno, le pregunté a Don Juve sobre lo que sabía de la historia de Tepanyéhual y le pedí permiso para grabar la entrevista. Se negó rotundamente, alegando que sus dichos y sus palabras podrían acabar lejos en lugares donde Él no sabía si le harían bien o mal. Le dije que no había problema, que tomaría notas solamente en mi libreta.
¿Sabe usted lo que significa Tepanyéhual? me dijo Don Juve. Bueno, no, no sé. Significa “círculo de pedra”. Y ¿sabe usted quién ayudó a que Tepanyéhual se independizara?, porque esa es la verdad, nos independizamos. De pronto, el nieto de Don Juve, brincó de su silla y le dijo ¡yo les digo abuelo porqué nos independizamos!, a ver dilo… porque “nos explotaban” respondió con voz fuerte el pequeño al que le calculé unos 8 o 9 años.
Don Juve continuó la narración, nos dijo que Pedro Ramírez Reyes, era la persona que los ayudó y que por eso la escuela de Tepanyéhual lleva su nombre. ¿Hace cuánto tiempo fue eso Don Juve?, le pregunté. Mire usted, yo tengo 86 años, súmele 30 años que me llevan mis padres, y 25 años que les llevaban mis abuelos… ¡yo le sumo abuelo! intervino el nieto, mmm… son 141 años. Ahí está ¿ve usted? consintió Don Juve.
¿De quién dice usted que se independizaron? Seguí preguntando. Pues de Santa Lucía, eran 30 jefes de casa los que se independizaron. ¿Jefes de casa? o personas Don Juve. ¡Jefes de casa!, antes no se contaban a las mujeres y a los niños. En ese momento, según los registros históricos de la época calculé que serían entre 120 y 180 personas. Los de Santa Lucía, continuó diciendo Don Juve, siempre nos bloquearon y discriminaron, por eso no quiero que mis dichos salgan de aquí, porque vienen y me matan. Con decirle que apenas hace 30 años tenemos luz en el Pueblo, ¿se imagina usted?, y el camino, la carretera tiene menos.
Me quedé reflexionando un momento sobre lo que Don Juve nos decía y lo que eso significaba. En Tepanyéhual, una comunidad que en ese momento tenía una población de menos 300 personas, más del 80% de ellas de edad avanzada, se estaba perdiendo no sólo la práctica del bordado, sino también su misma población. La mayoría salieron a trabajar a otras ciudades, o migraron porque en el pueblo no hay para donde moverse ni de qué trabajar.
¡Y cómo no! Si cuando se independizó hace 150 años de Santa Lucía lograron una independencia parcial, les dejaron la autonomía administrativa pero no les dieron las tierras, los ejidos, es decir, los medios de producción, solo el pedacito de tierra de su casita y el traspatio. La discriminación y el aislamiento siguió, no les llegaron servicios ni dinero de la cabecera municipal por decenios.
Si el tal Pedro Martínez Sánchez, quien fuera presidente municipal de Nauzontla en esa época y quien puso la escuela con su nombre ahí, hubiera hecho bien las cosas, otra gallo les cantara, pero como el personaje era de esos apellidos de familias acomodadas, es de suponer que fueron ellos mismos los que se quedaron con los potreros. O sea, con una mano te doy, pero, con la otra te quito el verdadero sustento a largo plazo, ese que genera dinero. Y así la marginación por más de 100 años siguió.
Hubo un momento en que me percaté que Don Juve estaba temblando. Mil cosas pasaron por mi cabeza. ¿Se habrá aterrorizado por la entrevista? ¿pensará que queremos hacer algún mal?, pero pronto su hija nos tranquilizó. Era momento de acostarlo, se estaba enfriando y debía taparlo para que descansara, se despidió de nosotros muy alegre. Nos invitó a regresar otro día. Nos dijo al final que él todas las mañanas “mentalizaba”, “mentalizaba mucho” y que había contado en su mente más de 200 personas que el conocía, pero que lo habían visitado ahora que estaba viejo y enfermo, solo unas 30 de ellas. Me sentí conmovida. Tendría que regresar a platicar con él.
De regreso a la misión, mientras caminábamos, Marco nos comentó: Ellos empezaron a tener mucho conflicto con Santa Lucía porque finalmente, como que Santa Lucía era una comunidad que tenía gente como más, se veían ellos como más refinados. Y en Tepanyehual, pues la gente era gente pues, con una cultura más propia, que aunque ellos no se consideran indígenas, pero tienen más asemejanza con este mundo de los pueblos originarios. Entonces Santa Lucía era como más occidental, los rancheros, los que tenían sus potreros y esta gente pues eran como los peoncitos, la gente que trabajaba para ellos. Entonces ellos pues veían esa discriminación muy fuerte y se separaron. Se separaron y se formaron como un pueblo, una comunidad independiente.
Pasados todos estos años en los que hemos estado, agrega Marco, el comportamiento de la gente de Tepanyehual con respecto a la gente de otras comunidades se ha ido refinando y hoy los niños se comportan distinto. O sea, hay algo ahí que marca la diferencia. Han estado como muy acostumbrados al contacto con gente de fuera, porque desde la Misión hemos traído mucha gente que les ha ayudado, y ahora están muy abiertos y les gusta recibir gente. Son muy hospitalarios. Ellos, los pocos niños que quedan, como el nieto de Don Juve, son las generaciones que podrían darle continuidad a Tepanyehual, y eso si encontraran trabajo aquí, por supuesto. Pero, obviamente, nosotros ya no seremos quienes hagan esa labor, porque yo creo que ya estamos como en el momento de que ya no podemos más como misioneros, ya estamos más cansados. Pero justamente se queda la comunidad despierta.
Regresamos a Puebla, con la promesa de seguir hablando pero ahora sobre la obra de los misioneros, y sobre lo que podría ser el destino de los bordados y de Tepanyéhual.


Fuentes
- Registro histórico de presidentes municipales de Nauzontla (Turismo Puebla / Enciclopedia municipal).
- Información geográfica y demográfica de Tepanyehual. México. Pueblos de América.
- Registro de escuela primaria “Pedro Ramírez Reyes” en Tepanyehual. Escuelas de México.
- Testimonio oral de Don Juve (comunicación personal, 2026).
- Testimonio de Doña Tere Gutiérrez (comunicación personal, 2026).
- Testimonio del Misionero Marco Olvera (comunicación personal, 2026).
- Literatura regional sobre el municipio de Nauzontla.
- Contexto histórico del México rural posrevolucionario.













