Me jodió.
Gabo me jodió.
Leer su cuento “La otra costilla de la muerte”, hizo resurgir, sin contención, el dolor más grande que he tenido en mi vida hasta hoy.
Gabriel García Márquez escribió este cuento para el suplemento literario “Fin de Semana”, del diario “El Espectador” de Bogotá. Vivía entonces en Bogotá, pero después del asesinato de Jorge Eliécer Gaitán, el 9 de abril de 1948 —el Bogotazo—, se fue a Cartagena. Eduardo Zalamea, editor de “El Espectador”, lo invitó a escribir un cuento. Gabo aceptó más como un favor que como un deseo y rescató de sus borradores la idea para esta historia. Según él mismo contó, no tenía un argumento previo: lo iba inventando mientras escribía.
Pues con ese argumento que iba inventando, según su propio dicho, me jodió. Porque hizo sangrar mi alma al poner frente a mí a un personaje obsesionado con la muerte, ese estado atemporal e inmaterial que el cuento construye a partir de una imagen bíblica.
Gabo, Gabo, me jodiste.
Porque me trajiste a Dios.
Y me aventaste hasta el Génesis: Dios crea a Adán del polvo de la tierra, conectándolo con el mundo físico. Después sopla en él el aliento de vida y le otorga espíritu: razón, conciencia y libre albedrío.
Pinche libre albedrío.
Ese que nos mete en el sí y el no de la vida, en la elección, en la posibilidad de equivocarnos profundamente mientras creemos que precisamente eso es lo que nos hace libres, cuando es lo que nos condena.
Después Dios ve que Adán está solo. Y entonces ocurre algo que, leído hoy, me parece extraordinario: lo duerme, toma de su costado una costilla y crea a Eva.
De su costado.
No de arriba. No de abajo.
De su costado.
Dos seres que nacen de un mismo cuerpo y que, sin embargo, quedan separados: son complementarios.
El problema es que quizá, desde entonces, quedó instalada en nosotros una idea desmedidamente poderosa: la existencia de “el otro”. Ese otro que me completa. Ese otro que parece venir de mí misma y que, al mismo tiempo, está separado de mí.
Y aquí empieza el tinglado que hoy voy a tocar.
Porque este cuento de Gabo, absurdo, irracional, casi onírico, pertenece al territorio del inconsciente, lugar en el que yo me la vivo intentando comprenderme, por lo que podría ser yo misma en ese amanecer, acostada en mi cama, en el umbral extraño entre lo absurdo del sueño y las divagaciones de la vigilia, oliendo y escuchando a mi alrededor, el ambiente mientras me acechan sensaciones oscuras y extrañas.
Porque de pronto me doy cuenta de que la muerte está cerca.
Y recuerdo mi sueño.
Y veo a mi hermano.
Moncho.
Que sigue en mi hogar interior, en la misma habitación que yo, aunque todos dicen que está muerto.
Nunca lo vi en su ataúd.
Yo era muy niña.
Él era mayor que yo y murió en un accidente de bicicleta.
Y ahora, desde mi cama, puedo volver a absorber el fresco aroma de aquellas tardes en las que jugábamos horas enteras en el jardín de la casa, nuestro paraíso, y, cuando nos llamaban, subíamos corriendo a bañarnos.
Los episodios de nuestra vida juntos son muchos, y memorables, porque siempre fluimos inseparables. Yo era su mejor e incondicional compañía para jugar todo lo que él quería, porque me gustaba lo que a él le gustaba jugar como niño.
Y nunca mezclé sus últimos momentos con la imagen de su muerte.
No hubo agonía para mí.
Sólo recuerdo haberlo visto feliz salir en su bicicleta, -la que papá le compró en Estados Unidos-, acompañado por dos de sus amigos.
No vi su dolor.
No vi sus circunstancias.
No vi su rostro en el momento de morir.
Y quizá por eso su muerte quedó suspendida en algún lugar de mí.
Su rostro ahora también es casi el mío.
Porque nunca hubo una diferencia clara entre él y yo.
Éramos como gemelos.
Y ahí aparece una triple carga: genética, familiar y de identidad.
Una carga que, tantos años después, todavía me arrastra a traerlo de vuelta a la vida, aunque sea dentro de mi mente.
Porque no ha habido separación.
Y no ha sido sencillo, ni fácil.
Él, aún en su ausencia material y con el paso del tiempo,
No me resulta extraño y no me es ajeno.
Está presente.
No lo concibo otra persona.
No lo siento muerto.
No está muerto.
Es mi hermano.
Mi gemelo.
Mi propia identidad desde pequeña.
Y cuando percibo nuestra separación en esta dimensión, aparece una pregunta que me persigue:
“¿Qué quedó de mí cuando lo perdí, si yo lo sentía parte de mí?”
Y todavía hay otra.
Más incómoda.
Más profunda.
Más difícil de responder:
“¿Dónde termina él y dónde empiezo yo?”
Aquí fue donde Gabo me jodió: cuando me arrastró hasta la idea de “mi otra mitad”. Dos almas inseparables, donde Moncho es mi espejo.
Y yo me miro a mí misma a través de él, aunque él ya no esté.
Su muerte hizo visible algo que quizá mientras estábamos vivos podía permanecer oculto: Su identidad estaba entrelazada con mi existencia.
Y Gabo me regresó un duelo que nunca termina, aunque yo lo olvide por temporadas.
Porque el duelo no es únicamente:
“He perdido a mi hermano”.
También es:
“He perdido una parte de mí.”
Y quizá por eso sigo buscando pertenencia.
Sigo preguntándome dónde quepo.
Acaso por eso la pregunta que hoy vuelve a aparecer, tantos años después, no es solamente dónde está Moncho.
Es otra.
Mucho más mía:
“Si aquello que me definía ya no está… ¿Quién soy yo ahora?”
Este es el verdadero tinglado que hoy vine a tocar.
No la muerte de mi hermano.
Sino la mujer que quedó viva después de ella.
“¿Quién soy cuando ya no puedo encontrarme en el otro?”
















