septiembre 22, 2026, Puebla, México

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Unidad partidaria a la manera del viejo PRI / Víctor Reynoso

La elección o designación de candidatos de un partido político suele ser un momento tenso: muchos quieren ser, y pocos pueden ser. Morena resolvió en muchos casos este problema con la elección por medio de encuestas. Convocar a toda la ciudadanía, o a toda la militancia, puede dar lugar a conflictos. Una encuesta puede evitarlos: gana el mejor posicionado.

En algunos casos la solución no es tan clara. ¿A quién preferir, a un candidato más conocido o a uno mejor evaluado? Y muchas veces las encuestas se dejan de lado, se ocultan, y se designa a los candidatos con otros criterios. Lo que puede generar conflictos en lugar de evitarlos.

El riesgo en esto es perder la unidad del partido. Que los perdedores crean que su derrota es injusta y busquen la candidatura de otras fuerzas políticas, cuando existe esa posibilidad.

El PRI hegemónico tuvo una unidad excepcional. Por varias razones, pero quizá la principal es la que puede expresarse en un principio: “los candidatos del PRI siempre ganan”. Lo que implicaba que los candidatos de la oposición siempre pierden.

Este principio desalentó las escisiones: salir del partido en el poder significaba la muerte política. La lección tardó en aprenderse. Se vivió en varias elecciones presidenciales: 1929 (con Vasconcelos; 1940 (con Juan Andrew Almazán), en 1946 (con Ezequiel Padilla), y en 1952 (con Henríquez Guzmán).

Todos ellos salieron del grupo en el poder para contender desde la oposición. Todos perdieron y murieron políticamente. Este sistema terminó en 1988, con la salida de Cuauhtémoc Cárdenas, que no ganó como opositor, pero siguió vivo políticamente. Él y sus numerosos acompañantes.

Hacer que los candidatos propios siempre ganen, implica que se controlan los resultados electorales. Sea como sea. Con métodos legales o no. Eso le funcionó al PRI por décadas.

El tema es actual, pues si los no favorecidos por un partido con posibilidades de ganar no aceptan su derrota y se disciplinan, y eligen dejar su partido y contender por otra fuerza electoral, la unidad de la organización quedaría fragmentada.

No será algo generalizado, ciertamente. Las simpatías por Morena siguen siendo mayoritarias, y no hay posibilidades en la oposición. Por sí pueden darse algunos casos, en estados donde la designación del candidato fue controvertida y los derrotados tiene capital político suficiente para derrotar al partido en el poder.

Todo está por verse. Pero no hay duda de que el modelo priista clásico, que asegura el triunfo al grupo en el poder, tiene su atractivo. Más de alguna estará pensando en adoptarlo, cerrando las puertas a cualquier opción opositora, controlando y “administrando” los resultados de las elecciones.

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