Este texto es una severa critica al extractivismo cultural y folclorización de las prácticas culturales originarias de México. Víctor Hugo Andrade González (https://www.facebook.com/hugo.andfreak) escribe desde Espinal, Veracruz, a la orilla del río Tecolutla en la frontera con la sierra norte poblana, una severa crítica a la folclorización del ritual de muertos en su comunidad. La crítica vale para la excesiva turistificación de una celebración fundamental en la cultura de nuestro país.
Víctor Hugo Andrade González trabaja actualmente en la elaboración de un acervo para el resguardo de la cultura ancestral, no como ejercicio estético, sino como estrategia de documentación ante la pérdida acelerada de la música ritual de los pueblos serran-costeños originarios.
Nuevamente como su personaje incomodo de confianza voy a escribir sobre la folclorización y la Xantolización en Espinal, Veracruz.
Como espinalteco, he guardado un irresponsable silencio frente a la introducción paulatina del Xantolo huasteco y el desfile de catrinas como política cultural oficial de mi municipio. Entiendo la influencia nacional, pero ayer se cruzó un límite que me obliga a hablar.
Incorporar la ritual del Matarachín al desfile de catrinas o como le llamen es un error y falta grave.
Yo hago lo que me toca. Me la he pasado documentando, ilustrando, fotografiando, registrando audiovisualmente el ritual del Matarachín para tener el registro y que no se pierda. Como una manera de arraigarnos a lo que es nuestro. Porque es UNA DE LAS POCAS PRÁCTICAS CULTURALES QUE NOS QUEDAN COMO ESPINALTECXS. De lo poco que nos da arraigo e identidad.
Lo que vivimos es descontextualización pura. Es sacar una práctica de su tiempo, de su espacio y de su porqué para volverla escenografía.
El Matarachín en el pueblo no es de octubre. No es de Todos Santos. No es un disfraz para un desfile de catrinas. Tiene su tiempo y tiene su respeto: es de diciembre, de las posadas. Sacarlo en octubre es vaciarlo de sentido.
En la cabecera municipal de Espinal aún se interpreta el son de costumbre como parte viva del ritual, no como una representación escénica, sino como un acto profundamente vinculado a la dimensión comunitaria, simbólica y espiritual. En contraste, en diversas comunidades de Papantla este mismo ritual ha experimentado un proceso de transformación que responde más a lógicas folclorizantes que a su función ritual original.
En fechas como Todos Santos, el ritual se presenta incorporando el “baile” como demostración cultural, utilizando sones ajenos al contexto ritual local, como los sones de Xantolo. Tal es el caso de la comunidad de Miguel Alemán Poblado. Eso mismo nos están haciendo aquí: meterle sones de Xantolo a lo que es de Posadas.
Si bien gran parte de la tradición oral asociada al ritual se ha ido diluyendo con el paso del tiempo, Espinal conserva testimonios vivos de más de cien años, así como un registro sonoro realizado en la década de los ochenta, que permanece bajo resguardo personal. Este archivo da cuenta de sones antiguos que ya no se interpretan en otros territorios del Totonacapan, y constituye una evidencia material de continuidad cultural hoy amenazada.
Otro elemento que ha sufrido una pérdida significativa es el ritual del enredo. En las comunidades donde se ha introducido en otro contexto esta práctica se ha reducido a una acción meramente física, desvinculada de su dimensión simbólica y espiritual. El uso de máscaras huecas, similares a las empleadas por danzantes de otros contextos rituales, telas fluorescente, evidencia este desplazamiento.
En Espinal, por el contrario, las máscaras continúan elaborándose en tablón, con medidas y peso específico que responden a un conocimiento técnico y ritual transmitido generacionalmente. Existe también un registro de este proceso, el cual no se ha hecho público por respeto a los acuerdos comunitarios y al carácter sagrado del ritual.
Actualmente se trabaja en la elaboración de un acervo, no como ejercicio estético, sino como estrategia de documentación ante la pérdida acelerada de la música ritual. Esta situación evidencia la urgente necesidad de acciones de salvaguarda, las cuales, hasta el momento, no han sido asumidas por ninguna institución cultural. Lejos de ello, la política cultural dominante ha contribuido a la descontextualización del ritual al presentarlo como espectáculo folclórico en festivales, vaciándolo de su sentido ritual y comunitario gracias a estos proyectos como PACMYC.
Una vez vi un video grabado como en un salón, como coreografía, por alumnxs de la facultad de etnocoreología en la BUAP, me pego también, sé que han escenificado otras danzas de la región y lo entiendo, pero ver el ritual del Matarachín así, fue distinto. Creo que le tengo tanto respeto y lo siento tan mío, tan de nosotrxs, que me causó mucha indignación. Fue otro coraje que me hicieron pasar y dármelo solo.
Esto también me recordó a alguien y algo que ocurrió mas alla en la sierra, que se le ocurrió inventar un “huasteco coyuteco” folclorizando lo cotidiano y comunitario.
Y sobre Día de Muertos también hay que decirlo claro: En Espinal nunca usamos Ninín como festival, siempre dijimos Día de Muertos, Todos Santos. Así nos enseñaron nuestros abuelos. Xantolo, Mihcailhuitl, Ninín, Santujni, como le llamen en cada pueblo, son festividades para honrar a Mictlantecuhtli, a nuestros muertos. En Papantla es Ninín y está bien, en el totonacapan poblano es Santujni y también tiene muchísimo arraigo. Cada pueblo tiene su nombre y su forma. ¿Por qué en Espinal nos quieren imponer Xantolo y festivalizar el Ninín? Si de por sí ya es imposición el Xantolo, también lo es querer festivalizar el Ninín aquí. No necesitamos importar ni Xantolo ni disfrazar de festival lo que aquí siempre fue Todos Santos.
Esto es lo que llaman extractivismo cultural y folclorización: tomar una práctica, quitarle su sentido ritual y volverla espectáculo bonito para la foto sin investigación ni consentimiento comunitario. Y lo más grave es el desplazamiento. Es gravísimo que se desplace una cultura por otra. Que lo nuestro estorbe y lo de fuera se imponga como lo oficial.
Esto no es contra quien baila. Es responsabilidad institucional de quienes diseñan proyectos culturales sin trabajo de campo. ¿Cuándo hemos visto a las instituciones realmente comprometerse con la salvaguarda de lo que llaman patrimonio? ¿Cuándo han respaldado, organizado y otorgado recursos para el ritual del Matarachín en diciembre y la danza de los viejos, para los sones, que es cuando es? Nunca. Pero sí hay recursos, logística y difusión para un desfile de catrinas y un Xantolo que se ve bonito y que vende.
Y hay algo más profundo: a mucha gente el ritual del Matarachín en diciembre le genera asombro, incluso incomodidad. A mí me han dicho: “parece algo pagano”, “parece cosa del demonio”, “da miedo”. Y es natural que cause asombro. Imaginen una especie de gusano o serpiente de pie, bicéfala, de dos cabezas, moviéndose en contorsión frente a los santos peregrinos en plena festividad católica, junto a danzantes, con sonidos que se escuchan afros, con ruidos y gritos graves por la voz de los danzantes rebotando en las máscaras de cedro. Es normal que impacte, y más de madrugada, ya que este personaje siempre suele aparecer a las 12 de la noche. Ahí está justamente la incidencia del ritual. Es una danza que incomoda porque nos confronta con nuestro pensamiento colonizado. Nos enseñaron a ver lo nuestro como feo, como atrasado, como del demonio, y a ver lo de fuera como bonito, como culto. Tal vez por eso es más fácil desplazarlo. Tal vez por eso ahora lo sacan de su sentido y lo meten a un desfile de catrinas, para volverlo digerible, para quitarle lo que incomoda. Pero si le quitamos lo que incomoda, le quitamos su historia.
Y por eso hay que defenderlo, porque hay que entender verdaderamente qué es:
Porque el Matarachín no es solo bailar. Es todo lo que hay detrás y que no se ve en un desfile: Es la gente preparándose en sus casas para poder recibir las posadas. Es el trabajo de todo el año para recaudar los fondos para la comida, para la fiesta. Es el danzante que hace su oración, que hace sus promesas. Es el caporal que se organiza, es el Matarachín que hace lo suyo para prepararse. Eso es organización comunitaria. Eso es lo que hace comunidad.
En su sentido más profundo, su origen está en los procesos de transculturización donde nuestros antiguos no solo fueron receptores, también disfrazaron sus creencias de forma ingeniosa para que prevalecieran. Las posadas que trajeron de Europa coinciden con la fiesta del nacimiento de Huitzilopochtli. El Matarachín encarna esa dualidad vida-muerte, día-noche, bien-mal, masculino-femenino, que encarnaba Ometéotl. El joven que es apartado a un lugar íntimo, acostado boca arriba sobre un petate, amarrado con cinturones, con dos máscaras -una seria y otra alegre- en muñecas y tobillos que representan el bien y el mal, hoy sincretizado como San Miguel contra el demonio, y que al quebrarlas con brincos y dobletes derrama la bendición para la casa que dio la posada y para las cosechas del pueblo. Dicen los abuelos que si no cumples la promesa o faltas al respeto, los dioses castigan.
La palabra Matarachín puede venir del náhuatl Matlatzin: Matlat es red y tzin es reverencia, “el enredado”, porque antes lo envolvían en una malla. Aunque también puede ser una deformación de Makglakgkgolanín.
Finalmente, a partir del diálogo directo y la investigación de campo en comunidades del Totonacapan poblano, se ha identificado que en Ixtepec subsiste la otra parte del ritual, la cual se complementa simbólica y funcionalmente con la que se conserva en Espinal. También hay un registro de este personaje dual en la danza de Lagkapiskuyu en Coxquihui, mismas que coinciden en fechas con Espinal y con elementos simbólicos como el atole agrio. Este hallazgo refuerza la idea de que el ritual no puede entenderse de manera fragmentada ni territorialmente aislada, sino como un sistema cultural intercomunitario que hoy se encuentra en riesgo de ruptura.
Por eso es urgente la revaloración, volver al pasado dialogando con los abuelos y exigir al municipio gestiones reales para salvaguardar una de las pocas tradiciones indígenas que aún nos dan identidad a los espinaltecos.
Defendamos lo nuestro sin necesidad de disfrazarlo de lo ajeno. Tenemos que defender, no dejar, no ceder lo poco que nos hace pueblo.
Y bueno entre quejarme y quejarme también hice una ilustración mas desde lo que entiendo es mi forma de sentirme orgulloso siempre de lo que soy y de donde vengo.
Si están de acuerdo pueden compartirlo, comentar su punto de vista o darle un me gusta para que el algoritmo no nos pierda este extenso senti-pensar que seguro a algunxs ya les parece choro jeje.













