noviembre 2, 2026, Puebla, México

noviembre 2, 2026, Puebla, México

Un cuento sobre Día de Muertos

Este texto es ficción, pero está inspirado en una visita a San Gabriel Chilac en Puebla hace un par de años durante el Día de Muertos.

El pueblo al que llegan está desierto. No parece haber absolutamente nadie en las calles, lo que les resulta sumamente extraño, ya que ese día es festivo y normalmente se pensaría que un pueblo tan tradicional se encontraría de fiesta. Es 2 de noviembre y en México se celebra el Día de Muertos, por lo cual se les hace raro no ver gente en las calles; incluso los locales permanecen cerrados y solo se ve, de vez en cuando, a una que otra persona. Por eso deciden preguntarle a uno de los caminantes, que trae cargando un paquete de flores de cempasúchil, en dónde está la gente.

―La fiesta es en el panteón ―responde, y procede a indicarles el camino para llegar.

Su curiosidad aumenta con aquella revelación, aunque el silencio del pueblo comienza a cobrar sentido. Conforme se acercan al panteón, escuchan la música cada vez más fuerte y alcanzan a ver dos grandes carpas en la entrada, donde hay un par de camionetas con bocinas en la parte trasera; de ahí proviene el sonido. Bajo las carpas también hay mesas y algunas personas comiendo. Curiosos, bajan del automóvil en el estacionamiento improvisado junto a las carpas y preguntan si se puede visitar el panteón.

―¡Claro que sí! Estamos de fiesta, celebrando y llorando a nuestros muertos. Pásele, pásele, pero con cuidado: no pise las tumbas.

Entonces, al ingresar al panteón, se quedan mudos de la impresión. Todo el pueblo está ahí, celebrando y reunido frente a las tumbas de sus familiares: algunos lloran; otros ríen mientras bailan canciones populares mexicanas tocadas por mariachis; otros comen frente a las tumbas, como en un día de campo. También se alcanzan a ver ofrendas monumentales.

Los visitantes sonríen al recordar la ciudad; pese a que allá hay fiesta, desfiles y personas que ponen ofrendas en sus casas o en lugares públicos, nada se compara con la celebración que vive el pueblo para conmemorar y recibir a sus muertos.

―¿Esto lo repiten cada año? ―pregunta una de las visitantes al vigilante del panteón, que disfruta de un agua fresca en un vaso de plástico.

―Sí, desde que tengo memoria. Este año hay más gente porque la fiesta se ha vuelto popular y vienen personas de otros lugares a visitarla. Solo los nacionales entienden esta tradición. Los extranjeros nos preguntan cómo podemos estar de fiesta en un panteón y, pues, ni cómo explicarles.

El vigilante se acomoda la gorra y señala una tumba donde una señora regaña a la fotografía de su difunto esposo. ―Mírenla nada más ―dice, casi riéndose―. Cada año le trae mole, tequila y hasta cigarros, pero también le reclama porque en vida nunca arregló la gotera. Aquí los muertos descansan, sí, pero no se salvan de que les saquen sus pendientes.

En ese momento pasa un niño cargando una bolsa de pan de muerto. ―¿Y no les da miedo estar aquí tan noche? ―pregunta una turista. El niño lo mira con toda seriedad y responde: ―¿Miedo de qué? Sí, los que espantan son los vivos cuando cobran la renta.

Luego sigue caminando como si hubiera dicho la cosa más normal del mundo.

Una de las visitantes observa a una familia sentada alrededor de una tumba adornada con flores naranjas, veladoras y platos de comida. Frente a la fotografía de un hombre mayor, alguien sirve tequila en un vaso pequeño mientras otra persona comienza a cantar una canción ranchera con la voz quebrada.

Nadie parece fingir alegría: lloran y ríen al mismo tiempo, como si ambas cosas fueran parte de la misma conversación con los que ya no están. Entienden que el Día de Muertos no es una falta de respeto, sino una manera distinta de recordar: no se trata de olvidar la muerte, sino de no dejar solos a los muertos ni a los vivos.

Tal vez por eso, piensan, en ese pueblo no se dice que están de luto; se dice, con una sonrisa triste y un vaso en la mano, que son tan tristes que van de parranda diario. Al fin y al cabo, si la muerte ya les aparta lugar, lo mínimo es llegar bailando.

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